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Crónica de un viaje en seis coches clásicos por Italia

En octubre de 2022 un grupo de seis amigos vivió una experiencia inolvidable con los coches clásicos como protagonistas: recorrer gran parte de Italia a bordo de sus automóviles. Con el fin traerse de vuelta un Fiat 500 Giardiniera, dos SEAT 600 y dos Renault Sie7e recorrieron más de 3.000 kilómetros en apenas una semana.

El día es el 12 de octubre de 2022, coincidiendo con el día festivo, cuatro coches clásicos esperan en el puerto de Barcelona a subir a un ferri que los llevará a Italia. El viaje estaba previsto para unos días antes, pero la cancelación repentina trayecto en barco de otra compañía hace que el grupo cambie sus planes.

La aventura ya había comenzado previamente, pues el único coche que no tuvo que desplazarse era el SEAT 600 blanco de Erik, mente pensante tras estas vacaciones. El otro 600 de color granate es de Javi, quien va acompañado de Laura, y cuya matrícula de Granada indica la procedencia del vehículo y sus ocupantes. 

Lo mismo ocurre con el Renault Siete TL amarillo Eresma de Omar, presidente del club dedicado a este modelo exclusivo de FASA y que venía de Elda, provincia de Alicante, como indica su matrícula. El otro Renault, que ya es R7 pero con número, tiene matrícula de Oviedo, y es con el que Dani y un servidor salimos desde Madrid. 

Tras un viaje largo emprendido por los distintos integrantes, todos los vehículos se reunieron en la ciudad condal en la noche del 11 de octubre, pudiendo sortear así las restricciones de la zona de baja emisiones del municipio. Aunque estábamos eufóricos por volver a vernos, y algo nerviosos por la aventura hacia la que nos dirigíamos, había que descansar para hacer frente al trayecto en barco del día siguiente. 

Génova – Milán, 13 de octubre

Apenas había empezado a amanecer cuando un aviso por megafonía nos avisó, debíamos dejar los camarotes porque ya estábamos llegando al puerto de Génova. A escasos minutos de las ocho de la mañana los cuatro coches pisaban por primera vez suelo italiano. 

Lo primero que llamó la atención, y a lo que nos tendríamos que acostumbrar durante el resto de kilómetros era el peculiar estilo de conducción de los italianos. Era hora punta en Génova, e inmediatamente tras desembarcar nos incorporamos en una autopista colapsada, en la que los conductores no dudaban en recortar unos segundos adelantando por el arcén.

Los primeros minutos en el país fueron un tanto estresantes. La comunicación se realizaba por walkie-talkies, pero ni con estos aparatos logramos conseguir que los coches se mantuviesen juntos en el desesperante tráfico genovés. No fue hasta pasado un buen rato, que un camión con matrícula española cedió el paso a los cuatro coches para que estos se reuniesen de nuevo. 

Aunque hace unos minutos nos encontrábamos a nivel del mar, la autostrada pronto nos hizo subir por elevadas montañas. Tras una breve parada para desayunar algo en un área de servicio, nos dirigimos hacia la región del Piamonte donde visitamos una primera colección de coches clásicos. 

Después de comer pusimos rumbo hacia Milán, primera gran ciudad del viaje, a la que llegamos a las 7 de la tarde, justo cuando comenzaba a oscurecer. Tras visitar una segunda colección, y cenar nuestras primeras pizzas nos fuimos a dormir tras casi 300 kilómetros recorridos. 

Milán – Lago di Como, 14 de octubre 

Tras despertarnos y desayunar tocaba parar en una gasolinera para repostar y afrontar el nuevo día. En una estación de servicio de Milán Javi comprobó que su 600 había tenido un pequeño problema, el tornillo del soporte de la dinamo se había partido.  

Mientras intentaba buscar una solución, el dueño de la gasolinera salió a ver los coches y felicitarnos por la hazaña. Tras comentarle el problema del 600, se apresuró a llamar por teléfono a un amigo que tenía un taller a la vuelta de la esquina que estaría encantado de ayudar. Allí un mecánico que quedó prendado del SEAT arregló el percance de manera altruista. Como recuerdo y muestra de agradecimiento nos hicimos una foto con Ivano en su gasolinera.

Fotografía junto con Ivano, después de que nos ayudase a solucionar la avería.

El plan para ese día era bastante ajetreado. La primera parada era visitar el museo histórico de Alfa Romeo, situado en una localidad próxima a Milán. Aunque pudiésemos haber pasado horas y horas en el museo, contemplando las maravillosas piezas que allí se muestran y el gusto con el que se integran con la arquitectura del edificio, nuestro paso fue más breve de lo que nos hubiese gustado.

 

Aunque todas las de las piezas expuestas son de gran interés, personalmente la parte que más me gustó del museo fue la sala en la que un proyector muestra algunas de las escenas más icónicas de la historia del cine en las que ha aparecido un Alfa Romeo. Mientras suena el “Mrs Robinson” de Simon and Garfunkel mientras Dustin Hoffman conduce un Spider 1600 Duetto, en la sala se contempla un coche idéntico.

El Alfa Romeo Spider 1600 Duetto fue icónico en la película «El Graduado».

Después del museo nos apresuramos para dirigirnos hacia el norte hacia el Lago di Como, un hermoso paraje natural repleto de opulentas villas italianas, y en la que a nuestro paso nos cruzamos fugazmente con coches clásicos de todo tipo, desde un Fiat 126 hasta un Lancia Stratos. 

Cuanto más nos acercábamos al norte más bonito era el paisaje, y aunque la niebla nos acompañó durante aquel rato en la frontera italiana con Suiza la vista era preciosa. Tras encontrar una estrecha calle sin salida a la orilla del Lago, improvisamos un picnic de los de antaño sobre los maleteros de nuestros coches.

 

Cuando comimos aprovechamos el paisaje para tirar unas cuantas fotografías de nuestros coches, pero teníamos que regresar de nuevo a Milán. Tras hacer el check-in en un hotel cercano a la ciudad aparecieron Nathan en su Fiat 850 Coupe blanco acompañado de su amigo Marco. 

Aquí fue cuando empezó uno de los momentos más surrealistas del viaje. Los cinco clásicos recorrieron las calles de Milán de manera más gamberra posible, y tras aparcar en la acera junto a un monumento céntrico, contamos con la aprobación de la policía para poder dejarlos estacionados ahí mientras cenábamos tranquilamente. 

Durante la cena hablamos bastante, con el tema principal no siendo otro que los coches que tiene cada uno. Una vez cenados, subimos de nuevo a los coches para que Nathan y Marco liderasen el convoy hacia algunos de los monumentos y calles más céntricas de la ciudad, con el Duomo de Milán como parada obligatoria con fotografía grupal incluida.

Milán – Piacenza – Parma, 15 de octubre 

Aquel día dejamos la región de Lombardía para adentrarnos en Emilia-Romaña, con rumbo a su capital, Piacenza, ciudad cuya traducción literal al español es Plasencia. Allí nos recibió de nuevo Nathan con su Fiat 1100 matriculado en dicha ciudad.

Tras comer y ver tranquilamente la ciudad repetimos el mismo procedimiento que en Milán e hicimos fotos con todos los coches en algunos de los lugares más turísticos de la ciudad.

Después, visitamos la envidiable colección de coches clásicos de Nathan, y en la última de las naves que nos enseñó nos esperaba el souvenir que Erik se traería de Italia, una Fiat 500 Giardiniera. La compra de este icono italiano había sido la excusa perfecta para organizar el viaje, y tras haber visto el coche solamente en fotos, en persona nos encantó, especialmente tras el buen trabajo que Nathan hizo en chapa y pintura.

Erik recorrió los primeros metros con su nuevo juguete, pero durante ese viaje fue Laura quien se encargaría de ir tras el volante de “Fausta”, que es como se bautizó a la pequeña Fiat. Entonces nos dirigimos hasta Parma, donde pasaríamos la noche, y Nathan nos acompañó a cenar, tras cambiar su Fiat 1100 por un flamante Volvo 144.

Al llegar a nuestro hotel nos sorprendió ver un clásico español con matrícula italiana en el aparcamiento, un Ibiza MK1 de los últimos que aún estaba en uso diario. 

Parma – Florencia, 16 de octubre 

Aquella mañana de domingo madrugamos para adentrarnos en la región de Toscana. Ese día la mayor parte del recorrido lo haríamos por carreteras secundarias, realizando muchas paradas por el camino. 

Aprovechando también que el Fiat 500 era descapotable resultaba el vehículo perfecto para realizar fotos en movimiento de los demás coches, por lo que, desde entonces, un servidor equipado de su cámara iría de copiloto en la pequeña ranchera.

Pasamos al mediodía por la puerta de la factoría de Ferrari en Maranello, donde en el sentido opuesto de la carretera nos sorprendió una caravana de una veintena de Fiat Ritmo que no dudaron en saludar a los turistas españoles a su paso.

A la hora de comer nos encontrábamos en una carretera envuelta en un precioso paraje natural, pero en el que se avistaban pocos lugares en los que llevarse algo a la boca. Paramos entonces en un pequeño pueblo ya colindante con la frontera con la Toscana llamado Vado.

El panorama allí era casi desértico, con todos los establecimientos cerrados. Tras aparcar los coches en el centro de la localidad, vimos una pizzería que estaba a punto de cerrar, que alargó su horario un ratito más con tal de atender al grupo de viajeros. 

Después de comer comenzó una de las etapas más complicadas de todo el recorrido. La carretera nos llevó hacia unos puertos de montaña que no parecían terminar nunca y por las que los pequeños motorcitos de nuestros coches se tuvieron que esforzar al máximo, hasta tal punto que el Fiat 500 tuvo que retroceder en una gran cuesta, meter primera y subir con carrerilla.

Tras ese tramo tan exigente como bonito recorrimos los últimos kilómetros hasta Florencia por la autopista. Con un paisaje ya propio de la Toscana realizamos la entrada en la ciudad al atardecer.

Nos dirigíamos a la Piazzale Michelangelo para echar un primer vistazo a Florencia desde su mirador más icónico. Ya por la carretera que nos dirigía hasta allí no salíamos de nuestro asombro ante las primeras muestras de la belleza florentina que se podía divisar entre los árboles.

Una vez en el mirador, que estaba repleto de gente, logramos robar, al menos momentáneamente, el protagonismo a la ciudad, pues todas las miradas estaban ahora ante nuestra peculiar caravana de coches clásicos. 

Casi como recompensa ante la agotadora etapa de aquel día, el atardecer sobre Florencia fue de los que quitan el habla, y que hizo que aprovechásemos al máximo la luz para tomar todas las fotos posibles, algo que varios turistas también hicieron.

Tras las fotografías, e incluso un momento de baile tras escuchar temas de King África que salían de los altavoces de una limusina que estaba dando servicio a unos recién casados, emprendimos la marcha hacia un parquin de la ciudad entre los vítores y saludos de los peatones. 

Luego dimos un largo paseo, pero ya a pie, por el centro de la ciudad prácticamente hasta la medianoche, para apresurarnos hasta un camping cercano en el que pasaríamos esa noche. 

Florencia – Pisa – San Gimignano, 17 de octubre 

Esa mañana teníamos la obligación de estar todos en pie antes de las nueve. El motivo era que a esa hora salían unas entradas para visitar la nave A122 de SEAT el sábado 22 de octubre, coincidiendo con nuestro regreso a Barcelona. Por desgracia cuando tan siquiera había pasado un minuto ya se habían agotado las entradas.

Amanece en el camping.

Un tanto apenados por este hecho nos centramos en seguir disfrutando del viaje, evitando pensar en lo que haríamos el último día. Antes de las diez ya estábamos poniendo rumbo hacia Pisa, con una parada previa en Lucca. 

Inmersos en plena Toscana el paisaje próximo a Pisa me resultaba extrañamente familiar, una carretera rodeada de árboles que proporcionan sombra a los conductores hacía que la estampa fuese muy similar a la entrada a Aranjuez.

La ilusión se rompió una vez entramos a Pisa, donde tras una muralla brevemente se distinguió la punta de la que inconfundiblemente era la torre más famosa de Italia. 

Como no podía ser de otra manera, no nos íbamos a quedar sin ver de cerca el monumento, por lo que Erik se había adelantado a pedir unos pases para poder entrar con los coches al casco histórico de la localidad. 

Nos acercamos el máximo posible a la Torre de Pisa, y esta joya arquitectónica parecía en esta ocasión que se inclinaba para hacer la reverencia a estos viajeros que parecían salidos de otra época.

La llamativa escena atrajo también a los turistas, de los que en Pisa hay en abundancia, que se acercaron en masa a nuestros coches, dejando el conjunto histórico en segundo plano. Aquel día llevábamos más prisa de lo normal, y el aluvión de gente que rodeaba los clásicos no nos permitían continuar la marcha, una situación que se vio agravada cuando el R7 de Dani comenzó a calentarse y a perder anticongelante. 

A las afueras de Pisa continuaba el caos con una pequeña retención en la carretera. El motivo de nuestra prisa era visitar el museo de Piaggio en Pontedera, cuyas instalaciones cierran los lunes, pero con motivo de nuestro viaje, abrieron sus puertas expresamente para nosotros, y del cual hay un reportaje escrito en detalle en esta web.

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Después de la agradable pero apresurada visita y tras haber tomado fotos en grupo junto a la puerta del museo, improvisamos un picnic en esa localidad por la tarde, pues la falta de tiempo había hecho que aún no hubiésemos comido. 

Para el día siguiente estaba planeado visitar Siena, pero el diagnóstico del R7 no era para nada alentador, y la situación parecía empeorar por momentos para este coche, por lo que tuvimos que improvisar un lugar en el que pasar la noche casi sobre la marcha. 

Ya había anochecido, y estábamos con un coche que se sobrecalentaba en mitad de ninguna parte. Tras una consulta rápida en internet vimos que el camping más cercano estaba en un pequeño pueblo medieval llamado San Gimignano. 

Tendríamos que darnos prisa de nuevo, pues, aunque habíamos hecho la reserva online, solo teníamos hasta las diez de la noche para hacer el check in. Llegamos a tiempo, pero sin mucho margen, y ya en plena oscuridad nos dirigimos al bungalow al que había que acceder bajando una empinada cuesta. 

San Gimignano, 18 de octubre 

Inmersos en plena naturaleza, los coches amanecieron completamente empañados. Aquel día trataríamos de solucionar los problemas que el Renault 7 blanco estaba teniendo. Pero antes, los coches tenían que subir la inclinada pendiente por la que habían descendido unas horas antes, hazaña que lograron sin mucho esfuerzo.

Durante aquella mañana nos instalamos en una explanada situada frente al camping, con los más entendidos en mecánica tratando de dar con la avería. El problema del sobrecalentamiento parecía ser una bomba de agua defectuosa, por lo que encontrar un recambio a tiempo para poder continuar con el viaje parecía misión imposible 

Con tal de no darlo todo por perdido, Erik llamó a su amigo Nathan preguntando si conocía algún lugar donde conseguir repuestos para un Renault antiguo en el corazón de la Toscana más rural. La más pura casualidad quiso que la mayor casa de recambios dedicada a esta marca de toda Italia, De Marco Parts, estuviese a escasos 15 kilómetros en coche.

El Renault Siete de Omar serviría como muestra para señalar las piezas que harían falta, mientras que Erik haría de traductor. Al llegar al almacén los trabajadores se quedaron enamorados del Renault alicantino, pues era la primera vez que veían uno de estos clásicos únicamente españoles, y aprovecharon la ocasión para hacer un rápido reportaje fotográfico que subieron a sus redes sociales. 

Tras un rato en el que Javi, Laura y yo aprovechamos para picotear algo frente al camping, apareció el Siete con las piezas necesarias para reparar a su “hermanito” y unas gorras de regalo. Tras una mañana dedicada a la mecánica y a inmortalizar el momento en imágenes, decidimos tomarnos un respiro y comer en San Gimignano, un pueblecito que nos encantó.

La entrada a San Gimignano desde el Fiat 500.

A nuestra vuelta al camping continuaron las labores de reparación del coche. Como escena entrañable del día señalar el señor mayor que con su Piaggio Ape se acercó a ver nuestros coches. Aquella tarde Erik y yo aprovechamos para tomar algunas fotos de la Giardiniera aprovechando el fondo idílico de la Toscana.

Al regresar nos encontramos con la peor noticia para el R7, el problema de la bomba del agua estaba solucionado, pero había más, se había ido la junta de la culata y no podría continuar el viaje. 

San Gimignano – Roma, 19 de octubre 

Era nuestro penúltimo día en Italia, y tras haber descartado visitar Siena por el contratiempo con el Renault 7 esa mañana estuvimos gestionando el tema de la asistencia para ese coche. Con unos tiempos de espera que se alargaron hasta el mediodía decidimos continuar la marcha de casi 300 kilómetros que nos separaban de Roma. A Dani mientras tanto no pasaría a recogerle un taxi hasta bien entrada la tarde.

El viaje estaba siendo muy tranquilo, con la Giardiniera encabezando el convoy. Sin embargo, a mitad de camino Laura y yo comenzamos a percatarnos que el sonido del coche había cambiado mucho desde que habíamos salido de San Gimignano, siendo ahora mucho más ruidosa. 

Paramos a comer en un restaurante de carretera a unos 100 kilómetros de la capital. Allí revisamos el problema del ruido, el escape del Fiat estaba en mal estado, y conseguimos hacer una reparación casera como bien pudimos. 

Cuando ya faltaba poco para llegar a Roma yo iba echando una cabezada en el asiento del copiloto del 500, cuando de repente nos adelantó un camión a toda velocidad y se escuchó un ruido espantoso que sonaba como una caja de cambios a la que le rascan las marchas. 

Tras preguntarle a Laura si aquel estruendo venía del camión o del 500, Erik nos dio la respuesta por el walkie talkie, habíamos perdido el escape. Justo al haber recibido el aviso nos habíamos quedado sin arcén en el que poder parar, así que continuamos hasta la siguiente gasolinera.

Minutos después aparecieron el resto de los coches, con el 600 de Javi con el escape atado en la baca portaequipajes. Tuvimos suerte de que la pieza saliese disparada hacia el arcén y no hacia a los otros carriles.

En aquella gasolinera, el dueño nos ayudó a conseguir los tornillos que nos hacían falta para sujetar el escape de nuevo. En el mismo establecimiento apareció un sombrero blanco a la venta, un complemento que llevaba diciendo que me compraría para pasear por Roma.

Sobre las seis de la tarde llegamos finalmente a la ciudad, pero allí el tráfico era el más agobiante que hasta ahora. Siguiendo ahora a Erik que hacía de guía los clásicos permanecimos juntos en el caos de la capital. 

Tras girar a la izquierda en una avenida, nos encontramos de frente con el Coliseo, último gran monumento que veríamos a bordo de nuestros coches y que simbolizaba que la aventura estaba llegando al final. Nos tomamos unas fotos fugazmente mientras que varios turistas españoles se sorprendieron por ver estos coches procedentes de su país.

Buscamos un aparcamiento cercano donde los coches pasaron la noche, y nos dirigimos a nuestro alojamiento en transporte público. Dani llegó por la noche, ya agotado y decidió por descansar, mientras que el resto del grupo aprovechó para conocer la Ciudad Eterna. 

Roma – Civitavecchia, 20 de octubre 

Aquel día nos dispersamos para perdernos por la ciudad y hacer turismo, esta vez a pie. Quedamos a la hora de comer en el barrio del Trastévere. Después de la comida, dimos un último paseo para regresar al parking. 

A las seis de la tarde los coches estaban listos con todo el equipaje para llegar a Civitavecchia, ciudad portuaria más cercana y desde donde partía el ferry que nos llevaba de vuelta a Barcelona. Salimos con bastante prisa, encontrándonos de nuevo el mismo tráfico que nos había recibido en Roma. 

Realizamos también una parada rápida en un supermercado para cargarnos de provisiones y poder así afrontar las casi 24 horas en barco que teníamos por delante. Allí nos encontramos con nuestra última sorpresa en Italia, un chico joven acompañado de dos chicas en un Fiat 500, que paró para hacerse unas fotos con nosotros.

Finalmente, a las nueve de la noche los coches ya estaban listos para embarcar, y nos despedíamos, con mucha pena del país por el que habíamos recorrido tantísimos kilómetros y en el que vivimos experiencias inolvidables. 

De vuelta a Barcelona, 21 y 22 de octubre 

Con la pena del viaje que se acababa, Erik nos dio una gran sorpresa que sería el broche final a esta aventura, había conseguido entradas para la nave A122 de SEAT el sábado, por lo que ya no nos daba tanta pena el volver a casa.

Llegamos al anochecer a Barcelona, y directamente nos dirigimos a guardar dos de los coches en el garaje de Erik, nos llevaríamos su 600 y el Siete de Omar esa noche a cenar. Para celebrar nuestra hazaña nos fuimos de fiesta por la ciudad condal, aunque a la mañana siguiente teníamos que madrugar para visitas la colección de SEAT. 

Para la ocasión sacamos de nuevo todos los coches a la calle, y recorrieron una vez más juntos las calles de la ciudad condal. Tras la visita que resultó del agrado de todos, y la comida el grupo de amigos volvió a sus respectivas casas, y llevan planificando la siguiente aventura desde entonces, aunque cierto es que el listón pueda ser difícil de igualar, la compañía es insuperable.

Fotografías de Javier Ramiro, Erik Alarma, Javier Molina, Laura Moles, Daniel Ramiro, Omar Ibáñez y Nathan Schiavi.

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Escrito por Javillac

Esto de los coches le viene a uno desde niño. Cuando otros críos preferían la bicicleta o el balón yo me quedaba con los cochecitos de juguete.
Recuerdo aún como si fuese ayer un día en el que nos adelantó un 1500 negro por la A2, o la primera vez que vi un Citroën DS aparcado en la calle, los paragolpes cromados siempre me han gustado.

En general me gustan las cosas anteriores a la época en la que yo nací (hay quien dice que estoy reencarnado), y en el top de esa lista están los coches, que junto a la música, hacen la combinación ideal para un rato perfecto: conducción y una banda sonora acorde al coche correspondiente.

En cuanto automóviles me gustan los clásicos de cualquier nacionalidad y época, pero como mi debilidad están los coches americanos de los 50, con sus exageradas formas y dimensiones, razón por la que mucha gente me conoce como "Javillac".

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