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TEXTO: MARIO LAGUNA / FOTOS: M.L., UNAI ONA Y J. ROMAGOSA (PIES)

El mundo de los concursos de elegancia internacionales de prestigio es muy restringido, en cuyos límites sólo caben los mejores. Muchos son los intentos, pero pocos los resultados de llegar a ese pináculo que se disputan los tres mosqueteros de la elegancia mundial, como son Pebble Beach en la costa oeste de los EE.UU., Amelia Island, en la costa este y Villa d’Este en otra costa más corta y de agua dulce, pero no menos interesante, la del lago Como, en Italia.

No quiere esto decir que el mundo de la elegancia se limite a los concursos mencionados y que no hayan otras manifestaciones en las que concurra la crema y nata de la producción automovilística de prestigio, con una afluencia de público cada vez más importante.

Alemania no se resigna a no figurar entre los grandes concursos de la especialidad, como los citados americanos e italiano. Tampoco se resigna Francia, caída en la banalidad después de una época de esplendor antes de la guerra. Francia se está organizando con el concurso de elegancia de Chantilly para escalar de nuevo aquella cima perdida, pretendido sucesor del recordado de Bagatelle a las puertas de París que no fue muy longevo, pero ese asunto debe tratarse en otra ocasión.

Cabría preguntarse dónde se encuentra nuestro país en esa escala que mide la elegancia mundial, el estado del coleccionismo y la dimensión del patrimonio histórico industrial en el ámbito del transporte individual.

A pesar de contar con un gran abanico de posibilidades en cuanto a la elección de un marco prestigioso apropiado, España no se encuentra en el lugar que le correspondería con sólo hacer algunos esfuerzos en materia de organización.

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Schloss Dyck pone a Alemania en el mapa

Alemania, el gran motor de la industria del automóvil mundial, echa en falta un escaparate, aunque sea nostálgico y en cierto modo decadente, como son los concursos de elegancia, en el que se refleje su poderío antiguo y actual en el campo de las carrocerías y mecánicas de prestigio.

Uno de los intentos más serios en ese sentido lo esté realizando desde hace algunos años, once para ser precisos, Schloss Dyck que, aunque fonéticamente suene como una marca de whisky no tiene parentesco alguno con la conocida bebida de Segovia.

El palacio fortificado de Dyck se encuentra próximo a Neuss, no lejos de Düsseldorf y es un paraje de gran belleza natural que se presta a la organización de un concurso de elegancia que cumpla con los requisitos necesarios para ello.

Los edificios, construidos sobre varias isletas en la región de Renania del Norte, se armonizan en una zona pantanosa inundable que favorece tanto la defensa de la propiedad en la llegada de intrusos, como la diversificación paisajística en la disposición de jardines y zonas de recreo. Precisamente son esos jardines los que sirven de marco botánico y natural al concurso y a la disposición sobre el terreno de los coches en distintas categorías.

No sólo paños y gamuzas, también gasolina

Pero más que su localización geográfica precisa, lo que llama la atención es que Schloss Dyck se encuentre emocionalmente fuera del mundo real. Al menos esa es la advertencia que encuentra el viajero que pasa por sus dominios, delimitados por rótulos que así lo indican.

El concurso de Schloss Dyck no es un acontecimiento congelado y estático. Se autoriza al palacio a cerrar al tráfico una carretera comarcal de circunvalación que posibilita la admiración dinámica de los coches en distintos desfiles o pruebas de aceleración, aportando un aliciente más a su simple exposición inanimada.

Aunque naturalmente no se trate de carreras propiamente dichas ni de marchas contra reloj, la carretera interior sirve de demostraciones en que los más atrevidos hacen rugir sus motores sin preocuparse mucho del cuentarrevoluciones.

Se demuestra así que los coches de prestigio más elegantes no sirven sólo para que se les saque lustre con gamuza. Figuras como Hans Stuck, Jochen Mass, Stirling Moss y otras celebridades son habituales del concurso, invitados a firmar autógrafos y a contar sus experiencias a los numerosos admiradores, además de ponerse al volante de los coches que utilizaron en su vida activa.

Jutta Benz, última descendiente viva de Carl Benz, recordaba a su antepasada Bertha Benz, primera mujer y primera persona del mundo en haber realizado un viaje conduciendo su coche con motor de explosión. Jutta conducía en las avenidas del palacio una réplica del triciclo motorizado de Bertha Benz.

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Bajo los auspicios de la UNESCO

El concurso, celebrado los días 6 y 7 de agosto de 2016, atrajo a Dyck buena cantidad de marcas y modelos dignos de figurar en cualquier catálogo de la historia del automóvil. La lista de clubes que se reúnen en los aledaños del palacio en una extensa área cultivable de los productos de la región sería interminable de detallar. Baste decir que pasear durante horas por el aparcamiento de clubes resulta casi tan interesante como el contenido de puertas adentro de los fosos inundables.

La presente edición se ha celebrado bajo los auspicios de la UNESCO y se ha dotado del premio Preservación de la FIVA. Resulta reconfortante que una institución de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura se interese por un acontecimiento mundano como podría considerarse que lo es un concurso de elegancia de automóviles que, además, echan humo si consiguen ponerse en marcha y ponen las plantas en su proximidad de color pardo.

Celebrando su decimoprimera edición, para muchos observadores resultaba oportuno que se dedicara una clase especial al “Elfer”, once en alemán, como se conoce en ese país al Porsche 911. En la clase se admitían modelos 911 y 912 de la serie “cero”. Como es sabido, los primeros Porsche 911 se denominaban 901, con el famoso cero en el centro prohibido por Peugeot, que obligó al cambio de denominación del modelo alemán.

Schloss Dyck no tiene ‘Best of Show’…

Al contrario de lo que resulta más frecuente en otros concursos, en Schloss Dyck no se concede un premio “Best of Show” sino premios por clases, además del Premio Preservación de la FIVA y el premio otorgado por elección del público asistente, que pueden considerarse los dos premios mayores, sin intervención del jurado que se ocupa de los coches seleccionados a participar en sus clases respectivas.

El Premio Preservación de la FIVA lo ganó un Porsche 911 de 1968 y el del público (‘People’s Choice’) fue a manos del propietario de un 1959 Borgward Isabella TS Cabriolet de 1959, que militaba en el grupo C.

Otros vehículos galardonados fueron los siguientes:

  • Grupo A – Rolls-Royce Silver Ghost de 1914.
  • Group B – Buick Open coupé Série 40 de 1937.
  • Grupo D – Porsche 356 SC Cabriolet de 1965.
  • Grupo E – Thurner RSR de 1971.

Las marcas raras y los modelos interesantes, difíciles de admirar fuera de los concursos de elegancia más importantes, no faltaban, como un bonito FIAT 1100 TV Boano Giannini de 1956 (Boano por la carrocería de aluminio y Giannini por la preparación del motor); un Chalmers 35 de 1920 sin restaurar; o un Laurin & Clement 110 de 1925, por sólo dar algunos ejemplos.

Jaguar Heritage, siempre presente en el concurso, se desplazaba de Coventry con varios coches de su museo, entre ellos un interesante XJ13 con un motor central de 12 cilindros, resultado de acoplar dos de sus famosos 6 cilindros, con una carrocería reconstruida por Abbey Panels Ltd.

Con las entradas a 30,00 euros, 3,00 euros por el aparcamiento de un coche y 10,00 euros por el completo y necesario programa, el presupuesto está más que justificado para pasar una jornada memorable en un acontecimiento de primera fila mundial.

La señal de tráfico en los lindes del palacio nos recuerda que al abandonarlo volvemos al mundo real.

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