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FOTOS RUTA66: UNAI ONA

La carretera conecta cualquier lugar con el resto del mundo. Siempre ha sido así. En cuanto un paraje se ha visto cruzado por cualquier tipo de senda el trasiego de gentes y mercancías ha cambiado la faz del sitio. Ocurrió con la Ruta de la Seda, las calzadas que siempre llevaban a Roma, las grandes caravanas con destino a Tombuctú… A lo largo de la Historia cualquier senda más o menos señalizada ha sido sinónimo de apertura al exterior.

No obstante, esas rutas no siempre han sido de carácter internacional. Aunque claro, cuando hablamos de un país con proporciones continentales volcado a dos océanos… No hace falta salir del mismo para enlazar mundos muy diferentes. Ése es el caso de la Calle Principal de América: la Ruta 66. Construida durante los Felices Años 20, sus casi 4000 kilómetros se pensaron para enlazar la región industrial de los Grandes Lagos con la siempre prometedora California.

Sus primeros años fueron testigos del febril desarrollo del país, impulsado por una burbuja económica en forma de ola sin visos de romper nunca. Su pavimento conectaba dos de los principales focos de crecimiento en Norteamérica, dando columna vertebral a territorios encerrados en sí mismos como Kansas, Texas o Arizona. De repente, en aquellos lugares donde nunca pasaba nada… Sólo había que asomarse a la Ruta66 para adivinar que al final de la senda todo era más vibrante.

Ruta 66 guía viaje

No obstante, cuando se llega a lo más alto hay que tener cuidado. Las caídas desde la cima nunca son buenas, más aún si no están planificadas. Por eso mismo en 1929 muchos de los apóstoles de la bondad financiera acabaron saltando de sus oficinas, dando con sus sesos sobre el asfalto. El Crack bursátil fue como encender las luces en una discoteca a las seis de la mañana. Lo que a oscuras parecía la promesa de la mejor noche de tu vida, bajo la inclemente luz de los focos se tornaba en una masa bélica de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.

Entonces fue cuando la Ruta66 acogió a familias enteras de parias. La carretera ya no era la promesa de un mundo más divertido, sino, sencillamente, la única opción de supervivencia. Miles de campesinos echaron sobre sus camionetas lo poco que lograron esconder de los acreedores. Una vez más, el mito del oeste alimentaba el rumbo de la epopeya norteamericana. Sólo que esta vez no la protagonizaban colonos en carretas masacrando bisontes, sino parados a lomos de furgonetas pidiendo una oportunidad en los frutales de California.

Huyendo del paro y la miseria los Okies desfilaron por la Ruta66, la cual no acabó de asfaltarse hasta bien entrados los años 30. Hasta entonces la grava se mezclaba con el asfalto y la tierra compactada en una carretera que se ganaba el apodo de “Sangrienta 66”. Sin embargo, poco a poco las obras de mejora ampliaron la anchura de la misma e hicieron más amables algunas de las temibles curvas.

Los días duros de la Gran Depresión iban quedando atrás. Lentamente la Ruta66 recuperaba un aire de alegría, dotándose de nuevos comercios que vertebraron el desarrollo de las zonas por donde pasaba. En otro momento de encrucijada nacional, esta vía sirvió para el transporte de armamento desde las industrias de Michigan e Illinois hasta los puertos del Pacífico. Pero tranquilos, luego sólo llegaría un ejército más.

UN EJÉRCITO DE VIAJEROS HACIA EL OESTE

¿Algún otro contingente con millones de campesinos en los huesos? ¿Otro regimiento de cachetudos mozos de Kansas listos para cantarle un atómico Enola Gay a los kamikazes del Sol Naciente? Nada de eso. Esta vez la invasión no llevaba bota militar, sino calcetín blanco y chancleta. La Ruta66 se convirtió en el parque temático de la iconografía americana envasada para el turista. Carretera, motores, grandes llanuras, el Gran Cañón, los antiguos territorios de los indios y todo ello como una previa a la centelleante Las Vegas y el deslumbrante océano en las costas de California.

Durante los 50 y 60 la Ruta acogió a familias en busca de un viaje de veraneo y peregrinos de la contracultura rumbo a San Francisco y Los Ángeles. Mientras unos leían en el motel un cómic de Capitán América después de zamparse un perrito caliente, otros se convertían en personajes de Miedo y Asco en Las Vegas tras ventilarse un ácido. Las contradicciones del país más vigoroso de nuestra historia reciente comulgaban en un mismo escenario: la carretera.

Contradicciones que se manifestaban también en el destino de la Ruta66. Y es que si bien para aquellos años estaba viviendo su momento de mayor simbolismo… Justo en ese instante fue cuando se agitaba una tormenta que acabaría por condenarla a la cuneta de la Historia: la Ley de Autopistas Interestatales.

Tras la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos eran la potencia incontestable. Aunque la Unión Soviética hacía enormes esfuerzos por adelantarse en materia espacial e industrial… Lo cierto es que Rusia andaba con el agua al cuello en lo que se refiere a términos de hegemonía. Tras la debacle del Imperio Británico la gran pistola humeante seguía empuñada por gentes de habla inglesa, pero esta vez eran los chicos de la antigua colonia quienes se aferraban al gatillo. Los Estados Unidos de América se encontraban en plena fase imperial.

Y como todos los imperios necesitaba de una moderna red de comunicaciones. La Ruta66 quedaba ya anticuada y su trazado se veía suplido por nuevas vías adaptadas a mercancías más pesadas y automóviles más rápidos. Un sistema de circunvalaciones y autopistas copiado, paradojicamente, de las Autobahnen de Hitler.

Durante los 70 el declive de la Ruta66 ya era definitivo, provocando el cierre de numerosos locales y talleres que crecieron al calor de sus cunetas. Una decadencia que tuvo su puntilla cuando en 1985 salió de la Red de Carreteras de los EE.UU., quedando no pocos tramos sin utilidad ninguna bajo la consideración de “ruta histórica”. En fin, todo cambio de época deja muertos por el camino.

Por fortuna en La Escudería tenemos a nuestro propio “arqueólogo”. Unai Ona ha recorrido esta espina dorsal de América con su cámara al hombro, presentándonos un reportaje que te iremos desgranando capítulo a capítulo. Es primera hora de la mañana en Chicago, así que vamos a llenarnos los dedos con el azúcar de unas rosquillas. Aún nos quedan miles de kilómetros hasta California. ¡Empezamos!

CHICAGO – WILMINGTON. INICIO A RITMO DE BLUES

Chicago es una ciudad condenada a ser enérgica. Cuando los emigrantes de los campos de algodón del Mississippi llegaron hasta aquí pelearon por la oportunidad de ser ellos mismos, de tener un nuevo comienzo. La Proclamación de Emancipación de 1863 abolió la esclavitud en los EE.UU., pero el KKK seguía colgando de los árboles sus “extrañas frutas”. Venidos hasta aquí comprobaron que no es oro todo lo que brilla, pero también que como ya se decía en la Edad Media “el aire de la ciudad te hará libre”.

En las calles de asfalto y acero electrificaron sus guitarras. De repente el Blues, aquella vieja música que exorcizaba las miserias cotidianas -y en el Sur eran muchas-, adquiría una garra nunca vista. Sonaba a metal. Raspaba. Tenía tanto vacile como potencia. Y además lucía muy sexy. Algo parecido a lo que había ocurrido poco antes en la cercana Detroit… Pero con las carretas.

De repente los transportes a cuatro ruedas se habían motorizado, y la producción en serie de modelos como el Ford T puso al alcance de millones las bondades de una nueva era a partir de 1908. Estados Unidos vivía unos tiempos fascinantes. La música de los esclavos saltaba de las penas al “mueve mueve” y el viejo traqueteo de las carretas campesinas se transformaba en el automóvil de las clases urbanas.

América era como un enorme Frankenstein. Hecho a partir de oleadas de emigrantes procedentes de lugares tan diversos como Irlanda o China, aquel amasijo de miembros amputados cobró vida gracias a la chispa de la electricidad. El transporte, la música… Todo se electrificaba y motorizaba en una amalgama de elementos que terminaron por definir mitos nacionales como la Ruta66.

De todo aquello seguimos teniendo no pocos testimonios en Chicago. La ciudad que sirve como inicio de la Ruta66 cuenta con museos de clásicos como el Chicago Vintage Carriage, el Gateway Classic Cars o el Klairmont Kollections. Visitarlos te puede llevar un par de días, y si además por las noches te da por seguir las huellas de Muddy Waters o Buddy Guy… Quizá no estés puntual a la cita con la señal de la calle Adams.

Allí se encuentra el poste que da pistoletazo de salida a la Ruta66. Muy cerquita de la mítica cafetería Lou Mitchell’s. Abierta en 1923 es referencia para el goloseo que caracteriza a un calórico desayuno a la americana. Si la noche de antes hiciste como John Lee Hooker y te pasaste con eso del “one bourbon, one scotch, one beer”… Seguro que te vendrán bien sus tortitas.

GRANUJAS A TODO RITMO

Si te gusta el Blues, bien. Y si no te gusta, pues también. ¿Por qué? Porque estás en la Ruta66 y aquí es parte de lo que suena. La chispa que dio vida a las guitarras fue la misma que dio vida a los motores, y si hay una película -con permiso de Easy Rider- que junte ambas cosas a la vez… Ésa es The Blues Brothers. Un film que se inicia en una de las primeras paradas de la Ruta66: la penitenciaría de Joliet donde Elwood recogía a su hermano Jake tras tres años de condena.

A lomos de su Dodge Monaco del 74 lo primero que espeta Joe Belushi a Dan Aykroyd es “dónde está el Cadillac”. Segundos después el Dodge salta por encima de un puente levadizo como si nada. Alguien deja de acordarse del viejo “Cadi”… De todos modos, sí tú sí te acuerdas de aquellos viejos grandullones podrás ver varios de ellos muy cerca de la prisión. En realidad están por todos lados. Las cunetas de la ruta son un cementerio de viejos clásicos americanos acumulando óxido. Una especie de “barnfind” modo barra libre.

Por cierto, para llegar hasta aquí saliendo de Chicago podemos ir por la Interestatal 55 o por la Old Route66. Como siempre, la opción clásica es más lenta aunque tiene más sabor mitómano. Una pena que haya cerrado el museo Romeoville. La exposición de Ford A y T que ponía un perfecto pistoletazo de salida a los talleres y colecciones automovilísticas que nos encontraremos en los próximos días.

EL ÓVALO DE LA DESTRUCCIÓN

A tan sólo 200 metros de la bluesera prisión -la cual ya no alberga presos pero sí turistas- tenemos un lugar muy especial para los amantes de la grasa y el óxido. Se trata del Ashley’s U-Pick-A-Part situado en el 1102 de Collins Street. Muy cerca de la puerta aparece un tipo con máscara y soplete circundado de amasijos de hierros a lo “Mad Max”. Visto fríamente todo esto parece salido de la mente de un maníaco, pero en realidad se trata de un taller que prepara coches para las carreras de destrucción que se dan en el circuito oval de la ciudad.

Bueno, la verdad es que sabiendo de qué va esto… Nosotros seguimos apostando por lo de la mente de un maníaco. Aún así el sitio es fascinante, y al fin y al cabo muy representativo de esa cultura automovilística dada a las explosiones, saltos imposibles, aplastamientos… Estamos en la patria del cine de acción, y se nota.

A lo largo de la Ruta66 nos encontraremos con bastantes sitios así. Y si tienes cierto espíritu de reportero puedes disfrutar de lo lindo entablando conversación con los mecánicos y entusiastas que trabajan en ellos. Eso sí, recuerda que ejercer la curiosidad en los Estados Unidos tiene que ir acompañado de una cierta prudencia. Este en un país donde adquirir un arma es casi tan fácil como comprar una botella de Jack Daniel´s. Y algunos combinan las dos cosas… Así que cuidado.

A las afueras de Joliet encontramos el Chicagoland Speedway. Sitio donde muchos de los coches que acabamos de ver acabarán sus días hechos añicos. Una instalación con circuito oval -ya sabes que para los americanos éste es el trazado soñado- y milla de aceleración para dragsters. Desde luego es un choque respecto a la forma que tenemos de concebir la competición automovilística en Europa. Pero a nivel de potencia y diversión… No está nada mal.

Rematando la visita a Joliet tenemos el taller Dick’s Towing -911 de Broadway Street- y el Dodge réplica del de los Blues Brothers ensartado en un poste del Route 66 Food and Fuel -2401 Chicago Street-. Es hora de hacer como ellos y salir de aquí a todo ritmo. “¡Estamos en una misión!”

WILLMINGTON: UN REGRESO A LOS 50

Elvis, Marylin, James Dean… Parece que los americanos tienen cierta preferencia por los iconos de la cultura popular con mal final. Chicos y chicas con un gran talento individual, capaces de generar cierta incomodidad en el “status quo” de su época antes de acabar estrellados contra un poste, una botella o unos barbitúricos. En la entrada del restaurante Lauching Pad Drive-In -810 E Baltimore Street- tienes estatuas de todos ellos.

Éste es uno de los primeros locales de comida rápida tipo “años-dorados-del-rockabilly” que nos asaltan en la Ruta66. Un lugar donde por 7 centavos puedes escoger en su jukebox la canción que quieras. Puedes sentarte ahí, con tu gran refresco, escuchar 10 veces en modo bucle el Chain Gang de Sam Cooke -está junto a éxitos de Fast Domino o The Everly Brothers-, cosechar una mirada de mosqueo general y acto seguido salir pitando en tu Cadillac. Cosas así justifican no sólo el día, sino la semana.

A la salida tienes uno de los muchos gigantes publicitarios que veremos en la Ruta66. Se trata del Gemini Giant. Hecho en fibra de vidrio alcanza los casi 8 metros de altura y resume a la perfección la obsesión espacial que también se plasmó en los coches de los cincuenta. Por cierto, muy cerquita tienes un museo con varios de ellos: el Midwest Classics On 66 -706 W Baltimore Street-.

Una cosa, si son importantes las cafeterías para saciar el hambre del viajero… Más aún son las gasolineras para alimentar a los sufridos automóviles. Avanzando hasta Dwight nos encontramos con la más longeva de todas las que salpican la 66. Se trata de la Ambler´s Texaco, la cual estuvo en servicio durante 66 años hasta 1999. Imagina las historias que podrían contar estas paredes… Por suerte hoy en día es un centro de visitantes en el que merece la pena parar.

Una muestra de cómo se valora la herencia del patrimonio industrial en los EE.UU, más aún si hablamos de la Calle Mayor de América. De hecho, unos kilómetros más adelante -en Odell- nos topamos con otra estación de servicio recuperada por los mismos vecinos del pueblo, quienes la compraron hace unos 20 años salvando así a este edificio construido en 1932 de la ruina más certera.

HIERBA CONTRA EL ASFALTO. RUMBO A PONTIAC Y ATLANTA

Talleres, garajes, desguaces… Según avanzamos por la Ruta66 todo son constantes referencias al mundo del motor. Incluso los nombres de las ciudades que vamos pasando. Es el caso de Pontiac, una pequeña localidad aún en Illinois en la que lo suyo sería pasearse en un Firebird. Antes de llegar podemos encontrar tramos originales de la 66 ya casi invadidos por la hierba.

Muchos pensarán que rodar por estos tramos es un mero alarde nostálgico, pero lo cierto es que poner el coche en uno de ellos resulta un ritual obligado para todo buen viajero de la Ruta66. La verdad es que seguir el trazado original es como rastrear hoy en día las ruinas de una calzada romana: se entremezcla con vías actuales, va paralela en otras ocasiones, la naturaleza la ha devorado en otras… Por algo calificábamos de “arqueólogo” a nuestro fotógrafo al comienzo del artículo, ¿verdad?

Seguimos hacia Atlanta. La de Georgia no, claro está, sino la pequeña localidad de menos de 2000 habitantes donde encontramos calles al estilo de las películas de pistoleros tipo Bonnie & Clyde. Con su pequeño banco, su biblioteca, su taller… No es difícil imaginar el clima de intrigante gente de paso que se podría respirar aquí en los años 30. Y es que, durante la Gran Depresión, a las carreteras no sólo se echaron familias desesperadas, sino también la que sería una de las dos generaciones de atracadores bancarios más reconocidas del siglo XX. La otra actuó sin dar un sólo tiro durante la década anterior.

Además en Atlanta podemos encontrar el segundo gigante publicitario de nuestro viaje, en la 112 SW Arch Street.

WILLIAMSVILLE Y SPRINGFIELD. RESTOS DE LA RUTA Y ESTACIONES FANTASMA

Por muy poco ya no podremos ver otra de las estaciones originales de la ruta. Estamos hablando de la Hilarious Route 66. Un establecimiento cerrado el pasado 2016 y del que ya poco queda tras su desmantelamiento. Sin embargo, y en el mismo lugar -107 S Elm Street-, se ha creado una recreación en la que se incluyen coches clásicos. Aunque si quieres verlos en cantidad… Lo suyo es que vayas al cercano Route66 Dream Car Museum.

Una deliciosa montonera de clásicos americanos junto a todo tipo de parafernalia de la ruta, como surtidores, carteles, máquinas expendedoras… Otro de los muchos museos improvisados en los que los apasionados de la 66 almacenan los hierros que más nos gustan.

Llegados a Springfield tenemos el mismo caso que antes, pero con otra estación. Se trata de la Shea’s Gas Station Museum situada en el 207 de la Peoria Road. No te afanes demasiado en buscarla porque ya no está, aunque en su lugar podemos ver dos Jaguar acumulando polvo. ¿Qué hacen aquí dos Jaguar? No pega mucho con la mitología americana de la Ruta66, pero en fin, viajar es justamente dejarse sorprender.

Algunos de los elementos de la gasolinera fueron a parar al cercano Fulgenzi’s Pizza & Pasta -1168 Salgamon Ave-, aunque lo normal en este punto de la ruta es recargar fuerzas en el Cozy Dog Drive. En él los perritos calientes cubiertos de masa de maíz son la estrella, y por lo que estamos viendo lo normal es acabar la ruta con algún kilo de más. Por cierto, para reposar encontramos el Route 66 & Conference Center. El primer hotel de Holyday In. abierto en la 66 y que hoy en día acumula en varios pasillos todo tipo de memorabilia automovilística.

CLÁSICOS CON PÁTINA, TORNADOS Y MUCHAS ZARZAS

Cuando descubres un sitio abandonado, del estilo de unas ruinas perdidas o una cascada casi salvaje… No te gustaría verlo musealizado. Y es una contradicción. Porque lo suyo es que el patrimonio esté bien cuidado, y accesible al disfrute de todo el mundo sea cual sea su facilidad para internarse por caminos y zarzales. Sin embargo… Ese picorcito que da sentirse una especie de Indiana Jones dominguero nos puede a muchos.

Si eres así, la Ruta66 te ofrece sitios donde ir en este plan. Uno de ellos es el Dave´s Classic Cars de Glenarm, en el 75 Dickey Rd. Una especie de enorme desguace y lugar de compra-venta de clásicos al que se accede a través de un camino de tierra entre trigales. Una vez allí la montonera de vetustos americanos es espectacular, por no hablar de los que se encuentran a punto de ser devorados por una naturaleza inclemente.

Se promete como un sitio perfecto para pasar un buen rato entre óxidos intentado encontrar alguna joya recuperable de los 50, 60 o 70. No os podemos dar más datos porque lo encontramos cerrado al ser domingo, pero echando la imaginación a volar visualizamos al dueño del vallado rodeado de latas vacías de Budweiser, con un párpado a lo Whitaker y una escopeta apoyada en la mecedora. Sí, los tópicos son horribles. Pero… Son visualmente tan plásticos que no podemos contener la mente.

Salimos de allí y ponemos rumbo a Mt Olive, donde encontraremos una de las estaciones de servicio mejor conservadas en todo este tramo de la 66. La Soulsby Service Station fue construida en 1926 y estuvo en activo hasta 1991. Está sin vallar y con los surtidores Shell en perfecto estado. Vamos, el lugar ideal para sacarse unas fotos graciosas siguiendo con la estela del tipo de las Budweiser.

Muy cerquita de aquí, en la población de Hamel, acabamos nuestro primer tramo de la Ruta66. Esto acaba de empezar y aún quedan no pocas sorpresas. Para abrirte la curiosidad sobre el segundo tramo te diremos que lo primero a visitar va a ser el que dicen es el mayor centro de compra-venta de clásicos en toda la Ruta66. En 2017 un incendio destruyó unos 140 automóviles. Meses más tarde, a comienzos del pasado 2018, un tornado se llevó por los aires una cantidad similar. Y aún así siguen descargando a diario camiones enteros llenos de clásicos…

En fin, esto es la Calle Mayor de América. El lugar donde todo se hace a lo grande. ¡Seguimos dentro de unos días!

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