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Tobacco King, con Sabor a Turbina

Eugene Middlebrooks patentó un compresor a base de una turbina eléctrica primero y con combustible sólido después, doblando la potencia de los motores sin problema. En eso, y en explotar, consistía Turbonique. Zach Reynolds, magnate de personalidad arrolladora completamente loco por la velocidad, se sintió atraído al instante por la idea...

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TEXTO: ADOLFO CALLES / FOTOS: MECUM AUCTIONS (ESTUDIO)

Un Ford Galaxie Hardtop del 64, nada especial o excitante para el verdadero amante de los clásicos, ¿no? Incluso si tuviésemos debilidad por el coche americano la imagen de este coche negro no duraría en nuestras pantallas más de 3 segundos. Entonces, ¿por qué está en La Escudería? ¿Por qué tengo que leerme la jugosa historia que viene a continuación? La razón es sencilla; en ocasiones, pocas, los astros del universo de la mecánica se alinean. Y de ahí surgen coches e historias dignas de tener un capítulo en La Gran Historia del Automóvil.

Tenemos todos los ingredientes: Un ingeniero con ideas de bombero, un excéntrico y talentoso millonario y su temerosa mujer, harta de recoger a su marido en el hospital debido a su insaciable sed de velocidad. Presentemos primero a Zach Reynolds, pieza fundamental en esta historia, propietario del coche y de otros artefactos destinados a ser el más rápido, sin concesiones. El bueno de Zach es el nieto de R.J. Reynolds, uno de los primeros magnates de la historia. Gracias a sus innovadoras ideas sobre la comercialización del tabaco el abuelo Reynolds amasa una fortuna que le hace pasar por uno de los hombres más ricos del mundo, sentando las bases de una próspera vida para su familia durante generaciones.

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Zach Reynolds, se le veía venir

Zack Reynolds, o la problemática de la velocidad

Podríamos pensar que Zach no es más que un niño rico caprichoso pero nos alejaríamos de la realidad: pese a vivir en un rancho donde el jardín se mide en hectáreas, rodeado de todo tipo de lujos, es educado en el instituto local de Winston, en Carolina del Norte. Allí demuestra tener una habilidad especial para los vehículos a motor y para quebrar la ley con ellos; ya de adolescente le retiran, por insistencia de su madre, el carnet de conducir, circunstancia que solventa preparando con un motor infernal un tractor, vehículo que se puede conducir sin permisos especiales…

Por aquel entonces sus padres ya están divorciados, y pese a que su padre le deshereda, los negocios paralelos de la familia le permiten seguir gozando de una economía digamos desahogada que le abre las puertas a sus delirios mecánicos. Colecciona motos de altas prestaciones que modifica a su gusto y ya tiene unos cuantos muscle cars, que sin duda le saben a poco. Su búsqueda de la velocidad le lleva a Europa donde participa nada menos que en las 24 horas de Le Mans y en el TT de la Isla de Man; de paso se hizo amigo de unos jovenzulos de Liverpool conocidos como los Beatles o de los Who. Su personalidad arrolladora y llana llegaba donde no sólo el dinero te lleva, y sus días de placer y velocidad alcanzaron cotas inimaginables.

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Genial, con una capacidad innata para al automóvil al límite

Ford Galaxie ‘Turbonique’, sentando la cabeza

Es aquí donde entra en escena su mujer, harta de tanto desenfreno, nunca mejor dicho. Le hace prometer que no comprará ningún deportivo más… y Zach obedece, comprando el Galaxie que nos ocupa. EL coche sale de fábrica con un V8 de 390 pulgadas cúbicas, 6400 cc de músculo americano. El motor dura menos de un mes y cede su sitio a un 427 (7 litros) con compresor Latham y cuatro carburadores Carter… Pero sigue siendo poco. Es aquí donde entra en escena Eugene Middlebrooks, un ingeniero que lleva un par de años poniéndole turbinas a todo lo que pilla bajo el nombre comercial de Turbonique. El señor Middlebrooks había patentado años antes un compresor a base de una turbina eléctrica primero y con combustible sólido después, doblando la potencia de los motores sin problema.

Su siguiente invento se popularizó en las pistas de dragsters: Una turbina de 1000 cv que entregaba su potencia en el diferencial trasero. No es muy difícil adivinar que Zach Reynolds se vio atraído de inmediato por el nuevo invento, modificando en 1966 el Galaxie directamente en las instalaciones de Turbonique, en Orlando. Zach era especialmente puntilloso y el nivel de acabado del Ford así lo certifica. Sin embargo no debía ser muy prudente ya que el coche carece de jaula de refuerzo, baquets o incluso de cinturones de seguridad decentes. De todos modos era el único coche de calle al que se le puso un eje con turbina, así que la lógica no tenía mucha cabida aquí. Los 1600 caballos que tenía el Galaxie negro le permitían llegar más allá de los 300 km por hora, pero lo cierto es que la diversión no le duró mucho, era casi imposible sacar el coche a la calle.

¿Cómo desprenderse de Tobacco King?

Llegaron los años 70, nuevos amigos (McQueen o Dylan entre otros) y las aficiones de Zach seguían buscando el límite. Llegaron las armas, los aviones de acrobacia y las motos más rápidas que se podían comprar. Viajes, amantes, Ferrari Daytona, Cobra Shelby modificados… pero el Galaxie siempre estuvo en el garaje. Quizá era su favorito o quizá el único que le dio cierto respeto. En el año 1979 Zach Reynolds fallece en un accidente de aviación local pese a que sus sueños premonitorios le habían llevado a dejar la acrobacia y el vuelo.

Por su parte el Sr. Middlebrooks había cerrado su empresa debido a las demandas de clientes que veían, o mejor dicho sentían, sus coches explotar, literalmente. Su paso por la cárcel le hizo abandonar su sueño y caer en el olvido, aunque Turbonique ha permanecido como un nombre mítico, un claro ejemplo de la locura de la época.

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¿Y el Galaxie? El nutrido garaje de Zach había visto como algunas de sus mejores piezas se iban, pero el viejo Ford seguía allí. En 1994 su hija decide vender el coche, que pasa a manos de entusiastas y amigos del fallecido. En 2008 la casa de subastas Mecum lo incluye como lote estrella en la subasta celebrada en Indianápolis. El motor había sido resucitado por un viejo mecánico de Nascar y el coche lucía como en sus mejores días, con escasas 4000 millas en su contador. La radio de onda corta y todo el equipamiento especial está ahí, incluso su pintura original…

375.000 dólares es el precio final. Si los tuviese yo los pagaría.

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