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La despreciada patente de Mary

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Crédito de imagen de cabecera: Colección Privada Stapleton

Por tierra (y bajo ella), mar y aire. Algo tienen en común los modernos medios de transporte que se desplazan a lo largo y ancho del planeta que, sin ser su principal mecanismo de desplazamiento, les facilita en gran medida el mismo. Y es que absolutamente todos disponen de uno, dos, tres o incluso más… limpiaparabrisas.

Pero este elemento tan evidente para nosotros no cayó del cielo; es más, fue bastante terrenal. El sistema de limpieza del cristal delantero era al principio tan evidente como poco práctico: un paño seco que había que pasar cada pocos minutos para evitar una más que peligrosa falta de visión.

¿Quién y cómo llegó a tener la feliz iniciativa de pararse a pensar que ese no era precisamente el camino correcto? Si se quiere obtener una respuesta, hay que remontarse a principios del siglo pasado y trasladarse a las frías jornadas de invierno de la ciudad de Nueva York.

Tranvía similar al modelo en el que viajaba Mary Anderson a principios del siglo XX, circulando por la ciudad de Nueva York.
Tranvía similar al modelo en el que viajaba Mary Anderson a principios del siglo XX, circulando por la ciudad de Nueva York.

Allí, viajando en un tranvía, una desconocida turista y joven pasajera de Alabama llamada Mary Anderson observaba cómo el conductor tenía que bajarse cada pocos metros para intentar mantener limpio el parabrisas del vehículo. Entre parada y parada, con el consiguiente retraso en el trayecto, se percató de que, aun con todo, el cristal estaba diseñado para poder luchar contra la baja visibilidad provocada por la acumulación de nieve y hielo.

El sistema era sencillo: dicho cristal estaba dividido en dos partes, de manera que el conductor podía abrirlo y eliminar la nieve o la lluvia de su línea de visión. Sin embargo, el parabrisas multipanel ofrecía un resultado muy pobre y, además, dejaba expuesta la cara del conductor a las inclemencias meteorológicas, siendo el efecto muy similar en los pasajeros que se encontraban en las primeras filas.

Viendo esto, Mary comenzó a pensar en la manera de evitar ese calvario a los conductores de tranvías. Y, tras una serie de ideas fallidas, diseñó un nuevo sistema que consistía, básicamente, en un brazo de madera al que se había añadido una banda de goma, que, montado sobre un tirador que hacía extender un resorte, se colocaba en un lateral del volante del conductor.

Limpiaparabrisas instalado en un vehículo de 1920
Limpiaparabrisas instalado en un vehículo de 1920

Cuando las inclemencias meteorológicas o cualquier otro resto quedaba adherido al cristal y comenzaba a impedir la visión, el conductor tiraba del dispositivo y el resorte se contraía; a continuación, lo soltaba, y el ingenio volvía a su posición inicial para así repetir el proceso una y otra vez.

Cuando el invierno terminaba, el sistema se desmontaba hasta el siguiente año, por lo que, en un principio, éste se pensó para lugares donde presumiblemente no llovía en verano.

Mujeres

Pese a que la entrada en los ficheros consta como fecha inicial el 18 de junio de 1903, no sería hasta el 10 de noviembre de ese mismo año cuando la oficina de patentes de Birminghan, Alabama, registrara el número 743.801 correspondiente a un invento a nombre de Mary Anderson. La descripción era la siguiente:

«Un sistema de limpieza del cristal para tranvías y otros vehículos, que se utiliza para eliminar nieve, hielo o aguanieve del cristal».

Cuando Mary obtuvo finalmente la patente, trató de venderla a una empresa canadiense, pero la oferta fue rechazada…

Patente de Mary Richardson, registrada el 10 de noviembre de 1903
Patente de Mary Richardson, registrada el 10 de noviembre de 1903

En medio del proceso de registro apareció en escena Henry Ford. En junio de 1903, este joven emprendedor inicia el montaje de los vehículos del modelo A, cuyos primeros ejemplares comienza a vender en Detroit tan sólo un mes después. Parece que entonces Ford llega a tener conocimiento de manera indirecta del invento del limpiaparabrisas, aunque según varias fuentes, nunca supo cual era su procedencia ni llegó por tanto nunca a conocer a Mary Anderson.

A partir de aquí, se especula sobre si el genio estadounidense no supo o no quiso saber que existía un registro previo que daba paso a la definitiva patente. Sea como fuere, ignorante o plagiador, pero siempre fiel a su destino innovador, interpretó su utilidad y la testeó en los prototipos del Ford T con parabrisas. Más tarde, a partir de 1908, año de inicio de la producción del multitudinario modelo, todos las unidades saldrían de fábrica con este dispositivo.

Por otro lado, la gente aportó su «granito de arena», y pronto empezaron a oírse opiniones críticas diciendo que el movimiento de aquel mecanismo podía distraer al conductor y causar accidentes. En parte gracias a ello, la patente de Mary Anderson expiraría antes de que ésta pudiera llegara a convencer a alguien para usar la idea.

Limpiaparabrisas manual instalado en un Jeep
Limpiaparabrisas manual instalado en un Jeep

Y pese a que en 1913 el limpiaparabrisas mecánico se convirtió en equipamiento estándar de todos los tranvías, y en 1916 de los automóviles, Anderson nunca recibió beneficio económico alguno por su invención.

En 1917, una mujer llamada Charlotte Bridgewood patentó el «limpiador de tormentas eléctrico», es decir, un limpiaparabrisas automático que usaba rodillos en lugar de brazos de madera y goma. Como dato anecdótico habría que destacar que la hija de Charlotte, la actriz Florence Lawrence, inventó la señal de giro que derivó en el conocido por todos intermitente.

Al igual que Mary Anderson, Bridgewood nunca recibió ninguna gratificación económica por su invento. En la actualidad parece que, por lo menos, empezamos a reconocerles el mérito.

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