Cuando los automóviles vuelan bajo

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Según el escritor alemán Hermann Hesse, «para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible.» Esto es lo que debieron pensar aquellos a los que se les ocurrió empotrar un motor de aviación en un automóvil. ¿Cuántos fracasos? Es de suponer que innumerables, pero el pensamiento de Hesse acabó por hacerse realidad dado que son muchos los casos conocidos que, con mayor o menor fortuna, han conseguido perpetuarse en el tiempo y pasar a la historia como híbridos terrestres con corazón aeronáutico.

Acotemos el tema, y comencemos por dejar a un lado los denominados cazarrecords, los vehículos destinados a carreras de aceleración propulsados por turbinas de aviación, y los que participan en competiciones arrastrando pesadas cargas a base de potencia bruta proporcionada por ese mismo tipo de impulsores. Descartaremos también aquellos inventos consistentes en máquinas motorizadas por una mecánica y una hélice que, al ser completadas por un par de alas acopladas a la carrocería, se convierten en autoplanos, o aviocoches, o como se prefiera denominarlas.

No es que se quiera excluir del panorama histórico a todos estos vehículos; simplemente es que su fundamento para existir es, al igual que en las potentes embarcaciones offshore, la competición de máxima velocidad y potencia, algo solamente conseguido con los motores de pistón o a reacción aeronáuticos. Tampoco se van a abordar aquí todos y cada uno de los modelos de automóviles animados por una mecánica de este tipo, ya que nos haría falta un segundo artículo o incluso quizá toda una web monográfica.

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1- Hispano-Suiza H-6, durante el concurso de elegancia celebrado en Peeble Beach en 2003
2- El motor que revolucionó la mecánica de combustión interna

Dicho esto, vamos a desgranar los orígenes de esta particular forma de impulsar un coche y a centrarnos tan sólo en seis ejemplares que, por su curiosidad, considero que pueden ser del agrado de la mayoría. Desde luego, evitaremos hacer alusión alguna a sus consumos de combustible…

Puede que el origen oficial de los vehículos con motores de aviación lo encontremos nada más finalizar la I Guerra Mundial. Concretamente, en el Salón de París de 1919, lugar donde se presentó el Hispano-Suiza H6 con mecánica de seis cilindros en línea diseñada por Marc Birkigt, el ingeniero estrella de la marca. Su motor era, en esencia, la mitad del propulsor V12 creado con anterioridad por el mismo técnico para el mítico aeroplano S.E.5a y que decidió la trágica batalla en el cielo.

Sin embargo, el Fiat Botafogo -nombre tomado de un famoso caballo de carreras argentino- data de 1917. Se trata de un cíclope construido por un corredor argentino llamado Adolfo Scandroglio, que era admirador de Sir Ernst Eldridge, padre a la sazón del Fiat Mefistofele del que ya tuvimos ocasión de hablar hace unos meses. Scandroglio fabricó un monstruo con motor Fiat A.12, de seis cilindros y 21,7 litros de cilindrada (cada pistón desplaza ¡3 litros!) el cual alcanzaba los 100 kms/h a un suave régimen de 800 rmp.

Jay Leno a los mandos del Fiat Botafogo.
Motor Fiat A.12 montado en el Botafogo.

1- Jay Leno a los mandos del Fiat Botafogo
2- Motor Fiat A.12 montado en el Botafogo

En la actualidad, este vehículo es paseado con total tranquilidad a través de las calles de Los Ángeles por su propietario Jay Leno, el showman líder de los late shows estadounidenses. Una especie de Buenafuente cuyo garaje de alrededor de 100 automóviles y más de 70 motocicletas haría las delicias de cualquier aficionado a las bellezas más bárbaras sobre ruedas. Leno es propietario de otros tres bólidos animados por motores aeronáuticos.

Merlín tiene un Rolls-Royce y vive en Málaga

En 1920 aparece el primero de una serie de seis curiosos automóviles destinados a carreras de vehículos impulsados por macánicas aeronáuticas. Construidos por Louis Zborowski, fueron bautizados como Chitty Bang Bang, nombre que no debemos confundir con el de la película casi homónima a la que le sirvió de inspiración posiblemente por el curioso ruido producido por determinados aeroplanos. Podéis ver una de estas máquinas con su creador a bordo en la imagen de cabecera.

El Chitty 1 tomó como base un chasis Mercedes y, sobre éste, se montó un propulsor Maybach de seis cilindros y 23 litros. Tras una corta vida en las carreras desgraciadamente sería desguazado, siendo su mecánica rescatada y vendida al editor de Motor Sport W. Boddy.

Circuito de Brooklands, en el suroeste londinense, la cuna de la competición inglesa
Motor del Naipier-Railton.
1- El Napier-Railton, en una foto tomada en 1937 durante la carrera Coronation Gold Trophy, celebrada en Brooklands
2- Potente mecánica aeronáutica de casi 24 litros y 580 caballos

A destacar por su belleza, el cuarto ejemplo de vehículo con motor -en principio- destinado a volar es el Napier-Railton de 1933. Diseñado por Reid Railton, rompió 47 records de velocidad entre 1933 y 1935 gracias en buena medida a su motor de 12 cilindros en W Napier Lion de 23,944 litros que desarrollaba 580 CV a 2.585 rpm y a 1.500 metros de altitud, que a nivel del mar estas cifras varían, ya se sabe. Precisamente, este híbrido mantiene el récord de velocidad del circuito de Brooklands, en Surrey -Reino Unido-, desde que este trazado que fue el primero del mundo dejó de usarse en los años previos a la II Guerra Mundial.

Y para terminar, dos ejemplos más de lo que se puede hacer con un motor del tipo que tratamos hoy; concretamente, con el mítico Rolls-Royce Merlín V12 de 27.000 cc y 3.000 CV que propulsaba a los North American P-51 Mustang, modelo de cazabombardero conocido como «el Cadillac del cielo». En un primer caso, la planta motriz se enjauló en un Chevrolet Bel Air Sport Coupe de 1955 que en otro tiempo había pertenecido a la actriz Ava Gardner.

Preparado por Rod Hadfield durante 15 años, el vehículo fue pintado en homenaje a los pilotos del 352 Escuadrón norteamericano destacados en la base británica de Bodney, más conocidos como los Bastardos del Morro Azul. El Bel Air está homologado para circular por carretera, aunque su puesto de conducción se asemeja más al de un avión que al de un automóvil.

Chevrolet Bel Air Sport Coupe de 1955 preparado por Rod Hadfield.
Puesto de conducción del Chevrolet Bel Air Sport Coupe de 1955.

1- Chevrolet Bel Air Sport Coupe de 1955 preparado por Rod Hadfield
2- Puesto de conducción, más parecido al de un avión que al de un coche

El segundo caso de un Merlín V12 que vuela bajo se encuentra ¡en Málaga!, sostenido en el chasis construido especialmente para él en 1960 por Paul Jameson. Vendido poco después a su actual propietario, John Dodd, especialista en cajas de cambios automáticas, The Beast -como fue oportunamente bautizado- ha sufrido varios avatares en su ajetreada vida. Así, durante los años 70 lo patrocinó BP y una vez fue considerado como el coche más potente del mundo por el Libro Guinness de los Records.

En una exhibición en Estocolmo la bestia sufrió un incendio que acabó con su carrocería basada en la de un Ford Capri, pero no con su motor. Por otro lado, en un principio lucía una parrilla frontal de Rolls-Royce, pero una demanda judicial hizo retirar todos los emblemas del vehículo referidos al fabricante inglés. Desde entonces luce las iniciales JD (John Dodd) y, sin embargo, en la ficha técnica consta de manera oficial que se trata de un Rolls-Royce, ya que su motor, efectivamente, sí lo es.

En fin, ¡tiene que ser toda una experiencia intentar hacerlos despegar!

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1- John Dodd junto a «The Beast» durante el tiempo en que lucía su primera carrocería
 
 
 
 

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2 Comentarios

  1. May 2, 2014 en 21:27 — Responder

    este tambien es de la epoca.http://youtu.be/OrZNGml0csQ

    • Javier Romagosa
      May 5, 2014 en 15:33 — Responder

      Menuda máquina infernal! Impresiona verla, con ese sonido y el fuego saliendo por los colectores de escape. Muchas gracias por compartirlo.

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