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Babs: El bólido de récords enterrado en una playa

Hasta los años 30 existió un frenesí por lograr el récord mundial de velocidad sobre tierra a base de automóviles con motores de avión. El esfuerzo de un entusiasta consiguió rescatar de las arenas a Babs, enterrado tras la muerte de su creador...

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FOTOS BABS RÉCORD DE VELOCIDAD: GOODWOOD ROAD & RACING / BABS PARRY THOMAS’S 1926 LAND SPEED RECORD CAR

Todos hemos visto proyectos de restauración casi imposibles. El Alpine A108 habitado por ratas en un cortijo de Ronda. El Dino 246GTS enterrado en un jardín de California. Más recientemente el Maserati 3500 GT de Fangio abandonado durante décadas en un garaje italiano… Como ves, no hay duda de que los amantes de limpiar óxido y restaurar motores siempre pueden encontrar entretenimiento asegurado.

Sin embargo, de todos los casos que hemos visto hay uno que se lleva la palma. Se trata de la restauración de Babs. Un automóvil con motor de avión que, tras sufrir un accidente intentando revalidar el récord mundial de velocidad, acabó enterrado durante 42 años en la playa galesa de Pendine Sands.

En fin, por algo lo llaman “buried alive”. Aunque eso sí, más allá de su rocambolesca historia costera la historia de Babs nos habla del tiempo en el que la obsesión por alcanzar la velocidad más alta producía verdaderos cohetes con ruedas e, incluso, algún que otro piloto decapitado. Una trama novelesca para un coche que llegó a ser, por unos meses, el automóvil más veloz sobre la faz de la Tierra.

DOS PILOTOS CON DESTINO FUNESTO: ZBOROWSKI Y PARRY-THOMAS

La historia de Babs es la de un cambio permanente. De hecho, siquiera nació bajo ese nombre. Lejos de ello este coche fue uno de los cuatro Chitty Bang Bang construidos por el conde, ingeniero y piloto Louis Zborowski antes de morir en el Gran Premio de Italia 1924 como miembro del equipo oficial Mercedes. Un destino funesto que compartiría tan sólo tres años más tarde su siguiente propietario: el piloto John G. Parry-Thomas.

Curtido como ingeniero jefe de la Leyland Motor Corporation, Parry-Thomas abandonó en 1922 su mesa de trabajo para lanzarse a los circuitos como piloto de pruebas y competición. Una decisión arriesgada, más aún después de haber diseñado automóviles tan increíbles como el Leyland Eight. Pero en fin, aquello pasó en los Felices Años 20. Una época en la que los “gentleman drivers” dominaban la escena automovilística inglesa con descaro y soltura.

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De todos modos, en el caso de Parry-Thomas estamos lejos de la forma de vida alegre y despreocupada de aristócratas como los Bentley Boys. Lejos de ello, nuestro protagonista vivió de forma austera en una caseta íntegramente dedicado a su pasión por la velocidad. Algo así como un San Juan de la Cruz de la gasolina, el cual tuvo que ingeniárselas para lograr un coche capaz de romper récords mundiales partiendo desde un bajo presupuesto.

DE CHITTY 4 A BABS: HACIA EL RÉCORD DE VELOCIDAD

Justo cuando Parry-Thomas se encontraba pensando cómo lograr un coche para batir el récord mundial de velocidad sobre tierra falleció Louis Zborowski. Una desgracia que, sin embargo, proporcionó a Parry-Thomas la posibilidad de hacerse con el Chity 4. Aunque éste planteaba no pocos problemas al encontrarse aún en fase desarrollo, lo cierto es que las tan sólo 125 libras por las que se vendió pesaban mucho más que cualquier futura dificultad mecánica.

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De hecho, lo de este precio fue casi milagroso. La única forma que Parry-Thomas pudo encontrar para hacerse con un bólido así, más aún si tenemos en cuenta que otros cazarécords de la época como el Bluebird costaron unas 10.000 libras. Con el Chitty 4 ya en su garaje, nuestro sagaz piloto comenzó una serie de modificaciones que incluso acabaron cambiando el nombre del coche.

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Asi naciá Babs, la evolución del Chitty 4 con la que Parry-Thomas mejoraba el rendimiento del motor Liberty L-12 de 27 litros gracias a un nuevo diseño de pistones y la alimentación por cuatro carburadores Zenith. Una bestia con más de 450CV capaz de llevar a Babs hasta velocidades de infarto. Así las cosas sólo quedaba intentar el récord, ¿no? El escenario sería la playa de Pendine Sands. 11 kilómetros de recta con una enorme franja de arena compactada gracias a la acción de las mareas.

DECAPITADO POR SU PROPIA GLORIA: RÉCORD Y MUERTE

En 1925 Parry-Thomas realiza la primera intentona por el récord mundial de velocidad a los mandos de Babs. No hubo suerte. Sin embargo, al año siguiente regresó al mismo lugar dispuesto a todo. ¡Y vaya si tuvo éxito! Consiguió hacerse con la mejor marca mundial gracias a sus 276’46 kms/h, mejorados al día siguiente con una punta de 275′ 2.

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En plena efervescencia tecnológica el Bluebird rompió el récord del Babs alcanzando los 313’8 en la misma playa de Pendine Sands. Algo que no sentó nada bien a Parry-Thomas, quien regresó al lugar un año más tarde intentando reapropiarse del título. Sin embargo la tecnología del Babs ya empezaba a quedar desfasada. Especialmente en lo que se refería a la transmisión, la cual seguía haciéndose con cadena externa cubierta por un carenado.

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De hecho, se especula con que la rotura de ésta decapitó a Parry-Thomas cuando circulaba a casi 290 kms/h. Otras teorías apuntan a un problema en el eje trasero. Sea como fuera, el hecho es que nuestro protagonista encontró la muerte en las arenas de Pendine aquel 3 de marzo de 1927. Una tragedia que acabó con el coche enterrado en la playa. Algo que no sabemos si fue obra de la desidia producida por la tristeza, la falta de medios o el simple descuido.

BABS, EL DESENTERRADO

Olvidado por el tiempo y la falta de herederos, Babs permaneció enterrado durante 42 años hasta que en 1969 el entusiasta Owen Wyn consiguió permisos para localizar el coche y desenterrarlo. De aquellas la idea era, sencillamente, rescatar los restos y exponerlos en un museo. Sin embargo el estado del coche animó a una restauración completa para volver a ponerlo en marcha.

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Y bueno, vamos a ver… Lo cierto es que viendo las fotos del desentierro aquello tuvo que ser todo un acto de fe. Sin embargo, aunque la carrocería se había oxidado por completo la mecánica se encontraba en relativo buen estado. Todo ello gracias a que el salitre había conservado muy bien las piezas hechas en acero gracias al aluminio. Restaurando éstas y reconstruyendo otras (como la carrocería, aunque la original se conserva en un museo de Gales) Babs se puso otra vez en marcha a comienzos de los 70.

Una restauración de lo más meritoria, la cual ha dado una segunda vida a este vehículo que ahora podemos disfrutar en eventos como el último Goodwood. Toda una pieza histórica felizmente recuperada.

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