DE
PEKIN A PARIS EN AUTOMÓVIL
por
Jean du Taillis
Corresponsal de Le Matin, periódico organizador del Raid.
Traducido de la versión Italiana publicada en Milan, Fratelli Treves Editori,
1908
Capítulo VII
Lento avance por terreno irregular
Pasa de mediodía. Hace calor. El cielo se ha desembarazado completamente de las nubes y la zona por la cual avanzan nuestros automóviles se ha despojado de cualquier adorno superfluo. Ya no hay árboles ni terrenos cultivados. Se ve solo la tierra desnuda, el suelo árido y lleno de guijarros. Tampoco hay ya camino. Las trazas de carretas en los bajos fondos de arena o arcilla, las huellas dejadas en la roca por las pezuñas de los bueyes nos indican la dirección que debemos tomar; todavía algunos li por un altiplano donde parecen seguir estas trazas como las formadas en las regiones saharianas por el paso de los camellos.
Y la ilusión es perfecta; porque desde la salida de Tcha-Tao hasta Yen-Ka-pu, esta parte de China se parece a un paraje típico del sur argelino: los mismos horizontes desolados, la misma monotonía desesperante.
Cormier, Collignon, Godard, Fores, Bizac y Faucauld encuentran excesiva la uniformidad del lugar que transitamos por esta especie de camino tan accidentado. Yo, acompañado del fiel Longoni, cumplo el trayecto al paso ya cansino de mi ca
ballito mongol. El calor asfixiante nos vuelve silenciosos; la melancolía de los desiertos se apodera de nosotros cubriéndonos con su indefinida tristeza, que termina casi gustando una vez que se ha probado.Algunas masas de granito que hay que evitar, un pequeño bosque en el que nos arriesgamos a extraviarnos... pero sobre todo es la arena la que sigue dando batalla a los automóviles. Luego otra vez rocas y más dunas. Este es el balance de esta tercera tarde de marcha.
Los coolis han sudado y renegado; los muelles y resortes han gemido, los neumáticos se han hundido en la arena que ha invadido a conciencia los engranajes, los cardanes y las válvulas hasta el punto de que una inmediata puesta a punto de los motores resulta imposible. Tenemos que llegar a Houai-lai antes de la noche; pero la etapa se prolonga sin que podamos descubrir un refugio. ¿Tendremos que acampar de nuevo en medio del campo lejos de cualquier centro habitado y de algún pozo providencial que nos permita cocer una menestra y preparar una taza de te?
No. Durante el crepúsculo aparece frente a nosotros una extraña colina con la cima recortada por las siluetas de techos y curvas pagodas, incrustadas en los huecos de la cima en embrollosa aglomeración. Orientada visiblemente al oeste, es la ciudad de Houai-Lai que se ofrece a nosotros como un escenario de opera bufa en la que no faltan alegres coristas sonando los gongs, agitando campanas y tocando platillos de bronce.
Al pie de la colina el r
ío Yung-hing-ho envuelve la ciudad en un anillo de plata pasando bajo un hermoso puente de piedra del que distinguimos se ha derrumbado completamente uno de sus arcos. Si no encontramos un vado, será necesario quedarnos en esta orilla por la noble obligación de permanecer fieles a nuestros autos, por mucho que nos seduzca la maravillosa y nueva visión de la ciudad con sus albergues chinos.Sería estupendo sin embargo dormir con toda tranquilidad y devorar una verdadera cena. Desde Pekín no hemos tenido la oportunidad de nada parecido. Sin duda el escenario no está falto de atractivo. Destaca sobre todo un castillo que domina el valle a la izquierda con sus melancólicos torreones dibujándose sobre el fondo rojizo del cielo del que ya ha desaparecido el sol.
Los coolis a veces son buenos para algunas cosas; pero parece que su especialidad es la de formar jolgorio en las hosterías de una ciudad. Y es por esto que se agrupan animándose ante la perspectiva reuniéndose al pie de un montículo de arena, una especie de embrión de puente fabricado sin ninguna preocupación por las reglas de la arquitectura y sin usar siquiera tablones de madera sino ramas de árboles y tierra. ¿Nos hará el peso de nuestros automóviles añorar los terribles mármoles seculares amontonados sobre el Cha-Ho? Afortunadamente no. Nuestras máquinas apenas han doblado la línea de este puente advenedizo. Ahora solo tenemos que escalar la otra ribera para ser conducidos a una especie de patio con mala pinta que nos aseguran es la hostería, después de haber pasado entre dos filas de soldados vestidos de turquesa con anchos sombreros de paja.
Cuando después de algunos minutos tras la llegada de los automóviles, cuyas hue
llas nos han guiado, Longoni y yo franqueamos la misma puerta, no tenemos ninguna necesidad de preguntar por nuestros compañeros. Los diablos de pelo rojo (este es el nombre popular con el que los chinos designan a los europeos) no pueden estar buscando en este momento y en este lugar otra cosa que no sean esas máquinas salidas del infierno. Un simpático cortejo nos escolta hasta el albergue donde los automovilistas han entrado apenas un rato antes.Hubiera bastado recorrer la calle principal de la ciudad para llegar; pero para asegurarse mejor cada chino que encontramos se esfuerza en hacernos comprender con una mímica el "run-run" de los motores y el tarará de las cornetas.
¡Un albergue Chino! ¿Como dar una idea exacta de estos albergues sobre todo a aquellos que nunca han estado en albergue alguno exceptuando esos palacetes de Francia o de Navarra reservados a los Touring-Club? Probemos procediendo por orden: el patio, la habitación y el comedor.
El patio es un espacio ocupado por todos los cuadrúpedos domésticos semejante a cualquier establo francés solo que añadiendo algún que otro dromedario bicóncavo. Como puede imaginarse, estos animales viven, beben, comen... y digieren. Y con esto basta para surtir de olores y ruidos este reducido espacio en el cual se abren las entradas a las habitaciones reservadas a los bípedos, ya sean de raza amarilla o blanca.
Apenas elegida la habitación que será vuestro "home" por una noche procurando evitar las cámaras que apesten demasiado por el olor y el humo del opio, dos cosas atraerán enseguida vuestra atención: el "kang" y la ventana. Después, estar
éis demasiado preocupados por miles de seres invisibles a primera vista aunque, no obstante, bastante molestos.El "kang" es la cama. El chino, ya sea mandarín o cooli, ignora completamente lo que es una cama cómoda. Para él la comodidad a la hora de dormir consiste en tener una superficie plana lo más dura posible. En lugar de nuestros blandos cojines, el chino prefiere para apoyar la cabeza mientras duerme alguna caña de bambú, una manta enrollada o una simple piedra. El Kang, losa que tiene un simple tapiz de mantas, es un mueble de doble uso ya que también sirve de calefacción. La China, con sus veranos tan calurosos, padece sin embargo rudidísimos inviernos. Cuando hace frío, se enciende una estufa en el Kang y hay que dormir justo encima de las ascuas. Es inútil intentar preservarse del humo. Lo mejor que puede ocurrir es que uno consiga no terminar escaldado vivo o asfixiado por el ácido carbónico.
Es cierto sin embargo que el remedio está cercano al mal. Las habitaciones en los albergues chinos tienen una válvula de seguridad que es la ventana, cuyas "vidrieras" son de cartón perforado. Cada vez que un "diablo" se aloja en uno de estos refugios la curiosidad de los chinos vuelve más eficaces las válvulas de seguridad ensanchando desde fuera los agujeritos para mirar dentro.
Ocupémonos ahora de la comida. Los ingleses, en ausencia de un dining-room, podrían hacerse al menos la ilusión de esta
r en un grill-room. El comedor de hecho forma una sola estancia con la cocina.Vale la pena detenerse en la cocina. Un tropel de maestros y ayudantes se agitan en torno a enormes calderas alrededor de las cuales se acumulan las teteras. En otro lado, sobre placas de latón que se calientan bajo las brasas se cocina una variedad infinita de bizcochos salpicados de condimentos y trozos de carne. Todos estos víveres, cocinados cuidadosamente, nos abrirían sin duda el apetito si no tuvi
ésemos en cuenta de la suciedad de las manos, de los vestidos y de los utensilios que confeccionan los manjares.Por esta razón solo nos serviremos de la cocina para procurarnos el agua hirviente necesaria para preparar nuestras infusiones.
Esta noche estamos todos en movimiento. Indiferentes a los encantos del kang montamos nuestros camastros de campaña. Como somos nueve mientras que las camas son solo cinco, empleamos también los asientos de las autos. También nuestra propia ropa de abrigo, nuestros mantones "Papelots" y "Mac-Ferlan"; y también alguna manta menos "aristrocática" de algodón y nuestros abrigos largos, para que no haya celos.
Estamos exhaustos y deseando una buena noche de reposo. A la débil luz de las brasas hemos echado a los perros las sobras del festín (apenas unos huesos de pollo sacrificados por el cabo Dalez, desplumados por Longoni, destripados y vaciados por Faucauld, vigilados atentamente durante la cocción por Collignon y Cormier) y nos preparamos para confiar nuestros miembros indolentes en brazos de morfeo. Es entonces cuando la hostería china nos confía sus últimos secretos: las chinches del Kang y la sorda algarab
ía del corral, con sus huéspedes herbívoros y carnívoros.El Alba blanquea las colinas y los sillares de la muralla que rodea Houai-Lai cuando, incluso más cansados que el día anterior, con los párpados hinchados por la arena y el insomnio, hemos tenido que soportar otro suplicio: legiones de moscas que zumbando y revoloteando no paran de ir y venir entre excrementos de todos los orígenes y nuestros rostros.
¿Qué más puedo decir? Por unanimidad tomamos la única decisión que permiten las circunstancias: la fuga, con la esperanza de no tener que pernoctar nunca más en un albergue chino.
Jueves 13 de Junio.- Hace buen tiempo. Algunos nubarrones manchan el cielo dulcificando su calor y su luz. Apenas franqueada la puerta de Houai-Lai que mira hacia occidente descendemos hacia el r
ío que parece rodear por tres lados la ciudad ya que, el cuarto lado, se pega a las colinas. Encontramos un puente, después terreno arenoso, y tomamos un camino hacia el oeste. El río Yung-Hing-ho transcurre a nuestra izquierda alejándose de nuestra vista.A medida que avanzamos el campo se vuelve árido. No hay otra cosa que admirar que la indiferencia y la despreocupación de los coolis, sin límites tanto la una como la otra. A pesar de que recomiendo a Godar
d algo de esa impasible calma que distingue a las gentes de raza amarilla, él a veces pierde la paciencia, se pone furioso, reniega e incluso osa arrebatar de los labios de un cooli la pipa en la cual arde el haschisch.A las 9 y media llegamos a un poblado grande en el que reposamos unos minutos tomando una taza de té.
Completo mi documentación sobre la cocina de los albergues. El fuego vivo y trepidante de sus hornos me había confundido bastante la noche antes porque no había visto hueco alguno por donde le entrara el aire que lo avivaba. Una gran cortina que ocupa por entero uno de los dados de la enorme habitación me da la explicación que buscaba: dos fuelles accionados por algunos viejos siervos distribuyen alternativamente el aire a todos los hornos.
Algunos huevos duros y unas tazas de té nos servir
án de alimento hasta la cena ya que hemos decidido que este tipo de preocupaciones materiales deben retrasarnos lo menos posible, así que haremos una sola comida asegurándonos de tenerla seguro en cada jornada de nuestra peregrinación. Longoni hace los honores en la cocina china. Es él quien me hace probar con sumo gusto ciertas galletitas poco cocinadas pero exquisitamente perfumadas con cebolla.Y ahora... ¡animo, celestes coolis! ¡Abajo las pipas y los abanicos! ¡Arriba las cuerdas!
La cosa se pone seria. El camino, o por lo menos lo que hace las veces de camino, está profundamente encajonado en una fosa de arcilla en la que aparece dibujado como un largo surco que se adivina excavado en el suelo por el pasar de siglos de las carretas. En el fondo de este gran surco el suelo se vuelve una mezcla de polvo y arena en el cual nuestros automóviles se hunden sin poderlo impedir.
Y los la-hi-ta-la, la-hi-ho, vuelven a sonar otra vez desde el principio. Se tira y se empuja. Y de vez en cuando hay que pararse para liberar algún automóvil que se ha hundido demasiado profundo. Luego se vuelve a empezar.
Salidos por fin de este surco colosal, subimos por un terreno sobre el que se yergue un mureto de sillares dispuestos en forma de almena. Estamos en la ciudad de Lang-Schau-pu, donde se nos ha aconsejado no atravesar bajos sus puertas de terreno irregular y sobreelevado, sino dar mejor un rodeo por la izquierda aprovechando una especie de foso. Esto constituye un nuevo ejercicio de entrenamiento, pero desprovisto totalmente de atractivo: Juntos, las rocas y la inmundicia acumulada allí no nos deparan mas que suplicio tras suplicio.
Pero pasamos, continuando nuestro ejercicio, y avanzamos por un terreno "variado" como lo llama Dalez: piedra, cúm
ulos de arcilla fangosa y finalmente un grupo de casas a la sombra de un grupo de árboles y un pozo de agua fresca y pura. Es un corre-corre general hacia el abrevadero en el que todos curvamos nuestros espinazos.Por fin el camino mejora. Ya era hora. Y es que son ya las cuatro de la tarde y con este paso de tortuga hemos recorrido un número de kilómetros descorazonador.
La travesía de un pueblecito nos distrae de nuestros melancólicos pensamientos. Las mujeres, curiosas en extremo, se alinean en las puertas de sus humildes moradas, muy primitivamente vestidas pero con cierta gracia portando sus mantos teñidos de un rojo pálido. Pero lo que más nos llama la atención de estas hijas de Eva son sus peinados: son voluminosos y semejantes en su forma al casco de una nave, o quizás como un dragón con su cola larga y rígida como una espada erigida extrañamente hacia atrás.
El paisaje se alegra. Se perfilan altas montañas a nuestra derecha con una línea pintoresca y de armoniosos colores; empiezan a aparecer campos cultivados y de vez en cuando grupos de árboles.
Y llegamos a Tugn-Pali.
¿Nos quedamos? ¡De ninguna manera!. Los albergues chinos no nos inflingirán el suplicio de la última noche; así que no prestamos ninguna atención a las órdenes del mandarín que teme por sus "ilustres huéspedes" que teme que sus "ilustres huéspedes" puedan ser asaltados por ladrones o bandi
dos si pernoctan fuera del recinto de seguridad, y acampamos al aire libre, lejos de cualquier ruido y de cualquier bestia.En cuanto a los representantes de la raza humana, blancos o amarillos, ya sean honestos o malandrines, ya sabremos mantenerlos a prudente distancia para que no turben nuestro reposo.
El campamento se ha plantado. La menestra Maggi ha sido cocida superficialmente pero está buenísima. Buenas noches.
Viernes 14 de Junio.- Mejor decirlo ya: esta jornada ha sido espantosa y maravillosa. Hasta hoy no hemos podido disfrutar de los lugares pintorescos que el automovilismo es capaz de proporcionar. ¡Qué magnífico espectáculo! ¡Qué cambio del paisaje! ¡Qué tomas tan fantásticas para el cinematógrafo!; pero también qué precipicios, que abismos, qué angustia por nuestros automóviles mientras atravesábamos el puerto de montaña de Ki-ming.
Apenas levantadas nuestras tiendas en Ting-Pali tenemos la sorpresa de encontrarnos con un terreno de arena bastante consistente e intentamos que nuestros automóviles prendan el vuelo. Tenemos eso sí que superar antes dos o tres li muy penosos; pero apenas los dejamos atrás me precipito a la manivela de arranque de la Spyker que empieza a abrirse camino en segunda velocidad. Las dos Dion Bouton las siguen sin problemas.
El triciclo Pons es una máquina que se adapta muy mal a este tipo de camino. Comenzamos a temer un daño serio porque sus tres ruedas no consiguen colocarse sobre las zonas sobreelevadas entre unos surcos y otros que constituyen para nosotros el único terreno factible para la marcha.
De hecho, si una de nuestras ruedas cae en alguna de estas rodaderas la parada es inevitable y se requieren innumerables esfuerzos para sacar la máquina del fango que se encuentran en el fondo del surco. Y resulta que las tres ruedas de Pons, por su misma disposición, están condenadas a permanecer, bien una bien la otra en el fondo de la rodade
ra, lo que hace muy dificil que pueda avanzar así de manera razonable.Llegados a Hsiu-Pu algunos bosquecillos nos invitan a esperar y retrasarnos; pero para nosotros es tan delicioso poder avan
zar como a ocho kilómetros hora que pasamos de largo de todas formas. Pararemos en Kiming para recuperar el aliento antes de medirnos con los pasos de montaña que nos aguardan todavía y que nos han sido descritos como dificilísimos. En las notas recopiladas por el Comité de Le Matin se usan las palabras "Paso espantoso"; así que superamos todavía montones de rocas que, desde luego, no han sido dispuestas por allí por el Secretariado de "Puentes y caminos" del Impero Celeste, y alcanzamos Kiming.Fieles a los consejos que nos advierten de la dificultad de atravesar las puertas de la ciudad, confirmados por lo sucedido el día anterior en Tung-Pali, dejamos a la derecha la muralla para descender directamente hasta el rio. En el camino encontramos un albergue que se convierte de inmediato en un puesto de descanso para el almuerzo. Menú único: huevos y té que algunos acompañan con una sopa de legumbres a la china.
Es aquí donde nos alcanza Pons que la mayor parte del tiempo ha tenido que avanzar remolcado por los coolis. Les dejamos a todos un poco de tiempo para respirar y reposar un poco, y después, ¡andando!, de nuevo a pelearnos con las dificultades del camino.
¿Pero es apropiado llamarlo camino?
No hemos avanzado todavía ni un kilómetro cuando, después de haber dejando a nuestra derecha una mina de carbón escasamente explotada, comienza la garganta de Kiming.
La garganta tiene una característica principal: el rio se ha abierto camino en la montaña cortando a pico los bloques de roca. El camino se ha acomodado entre aquellos espantosos cortados por donde buenamente ha podido.
Salimos de reconocimiento hasta la mitad de la subida. Este sendero en forma de cornisa que sube por encima de las aguas del río es bellísimo. Si por lo menos fuera solo peligroso arriesgaríamos un intento de pasar; pero midiendo la anchura del sendero entre la pared de roca a la derecha y el abismo a la izquierda, vemos que si acaso solo el triciclo Pons podría pensar en pasar por allí. Las Dion Bouton y más aún la Spyker con su distancia entre ruedas más considerable, deben renunciar sin duda.
¿Es este el final del raid? ¿Tenemos quizás que buscar un paso volviendo atrás? Bueno, si es necesario excavar la roca para pasar lo haremos; incluso podemos volver atrás si es necesario; pero entonces un pensamiento nos asalta: Borghese, del que no tenemos noticias, ha encontrado sin duda por donde pasar. Solo tenemos que buscar por donde lo ha hecho.
Y encontramos el sitio sin dificultad: el largo río es la única salida. Nuestra carretera es el rio.
Evidentemente nuestros automóviles no han sido construidos para semejante deporte nautico; pero el río no es muy profundo, el lecho es de grava menuda y no se hunde demasiado a nuestro paso. Es necesario intentar la aventura ya que estamos decididos a pasar a toda costa y no hemos encontrado un medio mejor.
Los hombres a caballo (Goubault, el cabo Dalez y su compañero soldado) nos van indicando el paso menos profundo. La Dion Bounton nº1 se lanza a buena carrera y la Spyker no tarda en seguirla. Las fangosas aguas del rio se elevan como al paso de un barco, las ruedas van formando grandes volutas de agua que brillan bajo el sol.
- ¡Están nadando! ¡Los automóviles están nadando!
Este es nuestro grito de alegría y admiración. Los coolis y el comprador; que llegan precisamente cuando Collignon entra en el rio, no comprenden nada y hasta nos parece que finalmente sus caras impasibles reflejan alguna emoción que quizás es admiración o quizás temor. Ahora quizás se mostraran menos testarudos y transportarán por las montañas con más respeto estas máquinas infernales que no contentas con escalar el cielo se zambullen en las aguas del rio.
Es necesario comentar que la lluvia y el agua no gustan demasiado a los chinos que dejan al instante cualquier trabajo al primer aguacero. La suciedad de la que suelen hacer gala no es del todo ajena a este horror que sienten por el líquido elemento. Y quizás por eso se muestran más sorprendidos todavía a la vista de los automóviles avanzando alegremente por medio del Yung-Hing-ho.
***
Henos aquí por tanto, avanzando sin grandes inconvenientes cuando la tierra nos atrapa y nos engulle apenas salidos del río. Hay que atravesar arrozales y pantanos. Todo el arsenal de cuerdas y palancas de nuestras máquinas es requerido, junto con el esfuerzo de los coolis, para poder superar sucesivamente cada uno de estos dificiles pasos.
Luego tenemos que volver al lecho del rio y vencer una parte del mismo invadida por la arena; más allá todavía encontramos una senda de mulas que subiendo tortuosamente por la pendiente parece el único camino. Hay que escalar por allí a más de sesenta metros por encima del rio por un hillo de tierra enrevesado e inverosimil, estrecho a más no poder. que de pronto se convierte en un descenso vertiginoso con rampas bruscas en curvas estrechas a cada momento. Y el precipicio siempre a la izquierda sin interrupción. Los coolis y los frenos retienen cuanto pueden a los automóviles, que a pesar de todo avanzan entre crujidos y chirridos.
En un trecho la Spyker se queda medio colgando atrozmente. Godard, mudo pero atento al más mínimo movimiento, parece no querer comprender el peligro y se limita a mantener la figura dando ligeros golpes de dirección con el volante. El automóvil se endereza terminando con su vertiginoso resbalar.
Y así nuevamente los automóviles están sanos y salvos otra vez. No me parece que pararnos un momento en una pequeña pagoda del lugar y dar gracias a la divinidad local haya sido una devoción excesiva por nuestra parte.
En la pagoda encontramos una confusión de salas y altares, una desordenada confusión de estatuas, de deidades, de cuadros o de incensarios dignos de tentar a cualquier coleccionista; pero todo está labrado de una manera tan primitiva y horrorosa que aparta enseguida de nuestro pensamiento la idea de "agradecimiento". La mesa de las ofrendas no recibe al final nuestro óbolo.
Continuamos el camino corriendo de precipicio en precipicio. El espíritu y los nervios de los corajudos chofers se tensan al máximo, los músculos de los brazos se quedan sin fuerzas por la necesaria repetición constante de los mismos y tremendos esfuerzos.
El calor que ha venido agravándose durante todo el dia para castigar los cráneos y los riñones, ha redoblado todas estas fatigas. La noche se avecina. Bienvenida.
S
ábado 15 de Junio.- Pasos de montaña, subidas, descensos, fosas entre arena y barro, gargantas tan estrechas que se hace necesario ensancharlas con el pico, y pérfidos pantanos: este es el camino.Y el camino nos conduce a las 11 en punto hasta Huansafu. Hemos salido a las cinco de esta mañana de la prefectura de Tching-fu.
En esta gran ciudad que cuenta con casi 100.000 habitantes encontramos una oficina de telégrafos y nos paramos el tiempo necesario para hacer llegar nuestras noticias a Pekín y París. Pero el telégrafo está muy alejado del albergue en el que hemos efectuado nuestra parada y en cuya puerta un destacamento de infantería nos ha rendido honores y montado guardia. El mandarín ha mandado un coronel y un grupo de servidores para que se pongan a nuestra disposición incluso para prepararnos la comida si ese es nuestro deseo.
Mientras se prepara la mesa (por decirlo de algún modo) Longoni y yo recorremos las grandes arterias de la ciudad en busca de la oficina de telégrafos. La ida y la venida constituyen una caminata de hora y media. Pero al menos hemos encontrado compensación a nuestras fatigas: los funcionarios chinos son encantadores, los arcos de triunfo, construcciones inmensas que tienen alguna semejanza con las puertas monumentales de Pekín, son grandiosos e interesantes. Desgraciadamente llueve, así que no podemos hacer las instantáneas que hubiésemos querido.
Haciendo camino conseguimos en el primitivo puesto de un indígena albaricoques un poco ásperos pero que apenas cortados y azucarados podrán formar nuestro plato fuerte para la noche.
Vueltos al albergue casi nos falta tiempo para comer. Si queremos alcanzar Kalgan mañana hace falta no perder ni un minuto de más.
La travesía de la ciudad dura una media hora. Un gentío compacto espera nuestro paso curiosamente. Dicen:
- Qué originales son estos diablos europeos. Y qué extraña idea han tenido de recorrer el mundo con sus carros sin arneses y en los que no puede verse a los animales que tiran de ellos.
Y así franqueamos la enorme muralla bien conservada que circunda la ciudad y sus jardines. La lluvia comienza a vencer al sol, el camino se hace pesado bajo nuestras ruedas, los coolis terminan visiblemente extenuados.
Reservándolos, podremos seguro llegar hasta Yulin para acostarnos y así mañana solo 20 kilómetros nos separarán de Kalgan. Sabemos que el príncipe Borghese ha llegado allí ayer noche.
El albergue de Yulin resulta ser más cómodo que los otros. Allí reposamos como mejor podemos tras haber comido una mermelada de albaricoque y unas manzanas fritas conseguidas por Godard.

Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales