DE PEKIN A PARIS EN AUTOMÓVIL
por 
Jean du Taillis

Corresponsal de Le Matin, periódico organizador del Raid.

Traducido de la versión Italiana publicada en Milan, Fratelli Treves Editori, 1908

 

Capítulo VI
Los automóviles trepan

 

El agua ha invadido nuestras fragiles casas de tela y nos hace levantarnos antes de que amanezca. El alba luminosa nos permite orientarnos rápidamente. El paso de Nan-kú se abre ante nosotros a poca distancia, horriblemente salpicado por altas rocas que se yerguen desde nuestros pies.

El lugar es grandioso. Las antiguas fortificaciones con sus torres y murallas ahora en ruinas lo vuelven aún más salvaje al añadir su propia rudeza a la confusión de bloques pétreos de las faldas montañosas. Algunos techos curvos y una pagoda algo menos miserable en apariencia que las casas que la circundan nos revelan una aldea. Solo tres li nos separan de Nan-Kú.

Pero todavía no hemos llegado. Y por más que lo buscamos no encontramos el sendero. Un altiplano empinado de roquedales y arenales, surcado de pantanos llenos de agua durante la noche; este es el camino; un camino que es necesario emprender con tranquilidad, sin excitaciones.

Por fortuna el comandante Laribe,  que ha salido de reconocimiento en compañía del cabo Dalayere, ha descubierto nuestro campamento. Llega hasta nosotros al galope y anuncia que un buen desayuno nos está esperando y que la Itala ha iniciado ya la subida de esta enorme barrera de piedra que va de Nan-Kú hasta la Gran Muralla.

Con la rapidez que nos permiten nuestras tiendas y cordajes empapados de agua y nuestra ropa cubierta de fango, nos preparamos para salir. Los muelles se curvan de nuevo ante el peso excesivo; pero los motores rugen y podemos avanzar de salto en salto.

Y llegamos a Nan-kú. ¿Intento describirlo? La misma fotografía no podría dar una idea exacta de la realidad. El poblado está formado de una larga fila de casas bajas, plantadas en el abrupto margen de un torrente. Una sola calle lo atraviesa en toda su longitud. Este camino parece más una cloaca o un vertedero que una via de comunicación.

"La única calle de Nan-kú está pavimentada con enormes bloques disjuntos que se han vuelto pulidos, lisos y resbaladizos como el vidrio por el paso de innumerables generaciones de hombres y bestias. Los caballos dificilmente guardan el equilibrio y avanzan a base de pasos medidos y cautelosos. Esta calle informe, este vertedero de avalanchas limitado por traicioneras ratoneras de piedra y arena, es la carretera principal". (Marcel Monnier. L'Impero di Mezzo. N. del A.)

Seguramente es la carretera principal normalmente; pero hoy, tras la tromba de agua de la noche es terriblemente peor de lo ordinario ya que ni siquiera se distingue donde los bloques de piedra ceden el sitio a los agujeros de fango. El fango, la arcilla y la arena de los altos declives han invadido el terreno y forman una especie de capa traicionera. Es inutil conducir los automóviles en semejante lugar... es digna de verse la danza infernal de nuestras desgraciadas máquinas que deben pasarlo a toda costa aun a riesgo de hacerse añicos allí mismo.

Finalmente alcanzamos el centro del poblado. Podemos descansar unos momentos y hacer honor al excelente café del comandante Laribe. Indudablemente nadie habla de pararse; pero nos espera un trabajo complicado.

Los coolis encargados de ayudar a nuestros automóviles a franquear la barrera montañosa han llegado ya desde Pekín. Hay que dividirlos en grupos más o menos iguales para cada vehículo. Después, bajo la vigilancia del siempre impasible "comprador", habrá que ensayar los movimientos, asegurar las cargas, verificar las ataduras y explicar las probables maniobras...

Todo esto requiere horas y horas y no se efectúa si no es con interminables exhortaciones repetidas por el valiosísimo cabo Dalez y el gentilísimo Goubault de manera paciente y sin descanso.

Al menos los automóviles, alzados, tirados o empujados tomarán menos riesgos. Es sobre todo para esto para lo que van a servir los coolis, contratados con considerable gasto. Deben servir sobre todo para evitar a los chasis y a las ruedas los tremendos golpes a los que estarán expuestos, ya que en esta subida del Nan-Kú, e incluso en la mayor parte del paso, el porcentaje de la subida no es tan elevado como para que motores fueran impotentes para hacer avanzar por sí mismo los autos.

Pasando, la princesa Borghese, que de mala gana se ha resignado a no acompañar más tiempo la suerte de la Itala y de su intrépido piloto, nos desea buen viaje.

Y bajo la lluvia que durante todo el día debe impedirnos admirar lo pintoresco de estos lugares, apenas subida una pequeña pendiente ordenamos al comprador poner en marcha el pequeño ejército de coolis que han sido distribuidos entre nuestros cuatro vehículos. Pons y el triciclo, llegados ayer noche a Nan-Kú según nuestras previsiones, están con nosotros.

De pronto escuchamos un concierto inesperado. He probado a memorizar algunas de aquellas "frases musicales" que transcribo por curiosidad sin poder conseguir el raro efecto de aquellas sílabas sonoras, surgidas bajo el esfuerzo muscular de los coolis de sus cobrizos pechos bañados en sudor.

A cada automóvil se atan dos cordadas una a derecha y otra a izquierda. Cada cordada es tirada por una veintena de coolis que de esta manera remolcan los autos ahora sin energía propia. La fila de la derecha canta en tono lastimero:

- La-hi-ho! Ta-la-hi-ha!

Y la de la izquierda responde entonces, poniendo mayor énfasis en la sílaba hi y bajando medio tono en la última sílaba:

- Ha-hi-ha!, Ta-la-hi-ho!

Y el doble coro se renueva dada vez que se debe hacer un esfuerzo acompañando cada golpe de riñón.

Todos los budas, sedentes o tumbados, de todas las pagodas nunca podrían contar todos los esfuerzos y tirones necesarios para hacer subir esta enorme escalera titánica sobre la que nuestros autos están trepando mientras nos encontramos en sentido inverso largas caravanas de asnos, mulos y camellos que procedentes de Mongolia y Kalgan se dirigen a Nan-Kú.

La garganta de Nan-kú, que los indigenas llaman "El pasaje de Kin-Kong" (sic. Solo falta la g de king. el libro es de 1907. N. del T.), en principio horriblemente selvático, luego no presenta mas que piedras calcinadas, un pequeño torrente por el que en esta estación apenas corre un hilo de agua, y las obras de las vias para el ferrocarril que añaden  su árida desolación a tanta fría salvaje desnudez que se embellece de tanto en tanto con grupos de árboles, raros pero frescos,  que esparcen su verdor sobre la enorme masa de granito.

Los chóferes ven todo esto de pasada; porque están demasiado preocupados en evitar los malos pasos, o en no caer en un foso, o en conservar junto a su máquina un equilibrio amenazado cien veces por la inestabilidad del terreno y por la incapacidad de los chinos, mal acostumbrados a esfuerzos de tal género.

En realidad avanzamos poquísimo; pero estamos caminando por el lecho de un riachuelo del que emergen rocas y escollos afilados que debemos evitar con destreza, rapidez y sangre fría.

Esta garganta de 20 km de largo, que atraviesa los montes del Heng-Chang con un precipicio de setecientos veinte metros, es uno de los caminos más famosos del globo, del que se sirvieron los conquistadores para invadir el mundo. Por esta subida por la que trepamos con tanta determinación junto a nuestros automóviles, han pasado las turbas de Gengis khan; aunque esta reminiscencia no sirve para aplanar el terreno bajo nuestras ruedas, y consuela poco nuestro espíritu que se preocupa no del pasado sino del futuro.

Atravesamos así Kin-Yon-Kuan sin ver a nadie. De la misma manera alcanzamos Kono-Kiai-Ta, pasando bajo "la Torre que atraviesa el Camino" sin prestar atención ni a las curiosas esculturas ni a las venerables inscripciones esculpidas en el siglo XIV de nuestra era en seis lenguas diferentes.

Para nosotros como si hubieran estado escritas en hebreo (y habrían sido entonces siete lenguas), ya que por desgracia conocíamos igual de mal que esta lengua el sanscrito, el tibetano, el mongolo según los caracteres de Phag-pa-la-ma; el oniguro, el trangrub y el chino.

Pero al final soltamos un ¡uf! de alivio, no dirigido a las inscripciones sino al hecho de haber conseguido salir del pantano nauseabundo que flanquea las proximidades de "la Torre que atraviesa el Camino". Lo hemos intentado, y lo hemos conseguido. Y otra vez La-hi-ho, ta-la-hí, más vehemente que antes.

El paso se vuelve terrible, estrechísimo, abrupto, ya que los trabajos para el ferrocarril Pekín-Kalgan han terminado de destrozar lo que quedaba de camino (Este ferrocarril inaugura en China una nueva política ya que los chinos lo construyen con dinero propio, bajo la dirección de ingenieros amarillos y por cuenta ahora ya de su propia iniciativa. N del A a pie de página).

Tras mil esfuerzos y un tiempo considerable, finalmente podemos subir otro nivel; pero cuando ya ha llegado la noche. Es necesario continuar mañana. Será solo mañana cuando podamos ver la Gran Muralla, tantas veces celebrada.

En Chang-Kouan, en un fortín medio derruido, probamos la hospitalidad china. El jefe del poblado ha hecho lo posible para hacernos más cómodo el tiempo que esperamos antes de irnos a dormir. En un momento nos tiene preparada y servida una buena comida.

Cuando nos estamos adormilando nos llegan noticias de que la Itala ha pasado la Gran Muralla y que el principe Borghese ha hecho etapa en Tcha-Too, a algunos kilómetros de distancia, en la pendiente que pone fin al puerto de montaña.

 

***

Miércoles 12 de junio.- Nos levantamos tempranísimo. La cosa les hace poca gracia a nuestros coolis chinos que durante la noche se han esparcido por las cabañas para beber y fumar opio. Los desgraciados llegan tambaleándose, fuera de hora y con caras de ultratumba. Parecen incapaces del más mínimo esfuerzo.

Gracias a que son porteadores robustos, los coolis chinos manejan con gran facilidad las cañas de bambú con las cuales aseguran y cargan los cardos más pesados y diversos. La elasticidad del sistema parece como si los aligerara y como si no perjudicara tanto las espaldas de los porteadores. En Sangai, en Tiensin, en Nan-kú, el trabajo llevado a cabo por estas espaldas chinas y estas cañas de bambú es sin duda prodigioso: locomotoras de 30 toneladas fueron llevadas por el rio Azul no sin esfuerzo pero al menos sin dificultad, cargadas a base de músculo humano.

Pero aquí, para nuestros chinos, no se trata de llevar, sino de tirar; y por lo que parece, esta es una fatiga más complicada y laboriosa. En cualquier caso están poco entrenados para ella y a cada minuto dan señales de cansancio o enfado.

¡Y además la manía de estos mozos de viajar siempre con el abanico y la pipa en la mano! Durante toda la actividad parece que fuera obligatorio no dejar de refunfuñar cada vez que tienen que tirar y meterse el abanico y la pipa en el bolsillo. Aunque claro, tampoco deja de extrañar  que el comprador, siguiendo una costumbre respetada por todos los habitantes del Imperio Celeste, lleve siempre consigo una jaulita en cuyo interior revolotean sin armonía dos vulgares gorriones.

Aposentado comodísimamente (al menos para un chino) en el carro que sigue la caravana, se preocupa siempre menos de la conducta de sus trabajadores que de Godard, el enemigo de la lentitud, al que preferiría no ver venir a turbar su calma obligándolo a actuar contra sus perezosos coolis.

¡Otra dificultad! Como si los automóviles, que corren el riesgo de romperse a cada momento, no nos dieran ya bastante preocupaciones, hay que ocuparse  también de hacer subir esta cohorte de portadores recalcitrantes.

Rindamos pues homenaje al eficiente comandante Laribe, al cabo Dalez y a los soldados del 18º colonial puestos a nuestra disposición por el general Sucillon sin cuya intervención no hubiéramos podido alcanzar la cima.

Finalmente, tras innumerables maniobras, muchas dudas y muchos problemas frente a las rocas y crestas del camino, saliendo de la estrecha Tan-Kin-Kia, "Garganta de la guitarra pellizcada", a la que el sonido de un torrente vecino ha dado este nombre, descubrimos las primeras torres cuadradas de la Gran Muralla.

Esta barrera edificada por los agricultores chinos en el siglo V antes de Cristo para defenderse de las correrías de los nómadas, "el gran muro de diez mil li", el Wen-li-tchang-teching, es una obra gigantesca. Reconstruida en varias epocas, prolongada y reforzada sin interrupción durante 20 siglos, fue franqueada por Gengis Khan, volviéndose inútil desde entonces. Sin embargo, permanece como un impresionante recuerdo de la potencia y el genio de la raza china.

La Gran Muralla en realidad no tiene diez mil li de larga, es decir, seis mil kilómetros. Surgiendo del Mar Amarillo en el golfo de Liaotung, el muro extiende sus hileras de piedra, planta sus torres de vigilancia, escala las cimas de las montañas, llena los precipicios y rodea todos los obstáculos sin dejar al enemigo ni siquiera el paso de un sendero de cabras por una distancia de tres mil quinientos kilómetros. Si consideramos que tiene una altura media de ocho metros por seis de ancho, se puede estimar que se ha usado un cubicaje en el muro de ciento sesenta millones de métros según Reclus. Se dice que bajo el emperador Yang, un millón de hombres fueron encomendados a la construcción de la marte de la muralla que va desde Yulin al oeste, hasta el rio Tsen al este; y que la construcción fue terminada en diez días aunque setecientos mil hombres murieron de fatiga.

Hoy el estado de conservación de la muralla es desigual, según las distintas regiones. En este sitio donde la muralla atraviesa el puerto montañoso de Nan-kú está todavía casi  intacta. Se han producido algunas erosiones en su revestimiento de ladrillos de piedra, pero no hay ninguna brecha. El arco de la puerta bajo la cual pasamos con nuestros automóviles está intacto.

Algo más lejos llegará a parecer un pequeño refugio de arcilla y muy pronto no se distinguirán mas que las torres y las puertas, porque el muro que divide Kalgan del desierto del Gobi habrá desaparecido completamente.

Nos detenemos algunos minutos a contemplar este panorama inolvidable. Junto a este paso de Pa-Ta-Ling que atraviesa la gris Muralla, encontramos la salida del puerto, un rápido descenso que nos conducirá enseguida a Tcha-Tao; pero por el momento conviene fijar en nuestro espíritu el grandioso espectáculo que se nos ofrece mientras reemprendemos la marcha. Hasta donde alcanzaba nuestra vista, distinguíamos la melancólica línea del muro que serpentea entre las cimas de las montañas. La vemos casi desaparecer entre las nubes donde casi no se la distingue de minúscula que parece junto a las enormes rocas junto a las que ha plantado sus sillares, y otra vez surge y se avecina, desciende en pendiente, escala colinas, se alarga y profundiza, y hace aparecer los enormes y macizos perfiles de sus torres cúbicas. Después pasa junto a nosotros casi aplastando con sus colosales dimensiones y el peso de sus enormes piedras nuestras humildes y frágiles máquinas que están paradas en su base. Finalmente la serpiente de piedra se alarga sin solución de continuidad, alcanza otra cima y esparce sobre el azul de una bella jornada, o del melancólico velo de las que son como hoy, la mancha oscura de sus torres guardianas.

¡En fin! La imperiosa necesidad de proseguir la ruta no deja tiempo a la contemplación. Sucederá así todo el viaje: fatigaremos día y noche para alcanzar una ciudad interesante o un lugar curioso y no podremos disponer de un cuarto de hora para verlo y estudiarlo. Y no me resisto a contarles una de mis penas y que les diga que para mí, aventurero novato condenado por ochenta días a no tener ni un minuto de reposo, fue este sin embargo uno de los mayores sufrimientos.

Si al menos hubiera tenido el mismo tiempo libre que los otros; pero no. El reportero globe-trotter no puede gozar de estos descansos de la misma manera; y hoy mismo hay que hacer el despacho que debe transmitirse a París con la dificultad añadida de hacerlo llegar al telégrafo. Quedan bien pocos minutos para el reposo y la contemplación.

Los automóviles están por comenzar sus descenso. Longoni y yo nos retrasamos un poco mientras escribimos apresuradamente algunas páginas de nuestros diarios de viaje. Alcanzamos luego a caballo la pequeña caravana que de todas formas no marcha con prisa puesto que la bajada es arriesgada como antes fue penosa la subida. Parece como si ya no hubiera ningún camino. A cada paso hay que pararse para usar las palas y las palancas, rellenar alguna fosa o romper alguna roca que obstaculiza el paso. Incluso es necesario recurrir a los obreros del ferrocarril, que aunque chinos se presentan llenos de energía, para dinamitar algunas de estas piedras.

Y este es el verdadero momento en el que tenemos que conservar la sangre fría y no perder la paciencia. Hay que pisar el freno en silencio y esperar a que todo esté despejado, sobre todo no pensando demasiado en la ventaja de Borghese. Hacer esto significa ser sabios y asegurar el porvenir.

Ahora el camino se ensancha bastante pero los automóviles se aferran a sus frenos, y a las cordadas de coolis para no precipitarse al abismo. Los mismos chóferes marchan aferrados tenazmente a los volantes. Una hora de este ejercicio nos conduce a Tchetoo.

Penúltima separación: el comandante Laribe vuelve a Pekín aunque dispone que el bravo cabo Dalez y otro militar nos acompañen todavía hasta Kalgan. Nosotros, los reporteros, nos cruzamos con él en el camino de regreso y con las prisas por alcanzar a los otros, apenas tenemos tiempo de estrecharle afectuosamente la mano en señal de agradecimiento.

Ahora la Gran Muralla que se yergue entre nosotros y Pekín es una barrera infranqueable; pero no pensamos ya en el pasado ni en el punto de partida. Hacemos converger todas nuestras fuerzas hacia la meta.

¡En marcha hacia Kalgan!

 

 

 

 

 

 

 

Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales