DE
PEKIN A PARIS EN AUTOMÓVIL
por
Jean du Taillis
Corresponsal de Le Matin, periódico organizador del Raid.
Traducido de la versión Italiana publicada en Milan, Fratelli Treves Editori,
1908
Capítulo V
Nuestro primer "vuelo". La primera "excursión".
¡Habíamos partido!. Esto era ya un hecho que hacía falta resaltar después de que tanta gente nos hubiera sentenciado con la frase: "Ni siquiera saldréis".
Y para comenzar, avanzábamos a través de enormes sendas de arena profunda que afrecen un "primer asalto" a los automóviles, a nuestros miembros, a nuestros nervios y a nuestros huesos.
Pero mejor afrontar rápido este duro noviciado. Nuestro ánimo se acrecentará cuando contemos con esta experiencia al hacer frente a las asperezas futuras del camino. Después de todo, ya nos hemos visto es situaciones peores..
El bañista experto que está en la orilla del mar o del lago sabe que el medio más práctico para no sentir el frío del agua es el de lanzarse a ella de cabeza súbitamente. También nosotros hacemos eso. Para olvidarnos de las dulzuras de los caminos suaves y cuidados, nos lanzamos de cabeza por estas gargantas infernales ¡y adelante! Seguro que nos acostumbramos en un santiamén.
Pero no son estas primeras sendas las que nos obligan a parar apenas hemos recorrido algunos Li (un li chino varía en longitud según las zonas y según se vaya en un sentido o el otro; pero puede fijarse en torno a los 600 metros), ni siquiera la fina lluvia que envuelve la campiña china en sombras gris
áceas. Nos paramos porque nos damos cuenta que nos faltan dos vehículos; los de Collignon y Pons. ¿Qué les habrá pasado?Evidentemente el príncipe Borghese arde de impaciencia por continuar el camino a cualquier precio; pero nosotros, es decir, la Spyker y la Dio nº1, decidimos esperar y luego, cuando la espera se prolonga, tirar a suertes para saber quien debe volver atrás en busca de los que presumimos extraviados ya que nos resulta inadmisible cualquier otra hipótesis.
La Spyker entonces da media vuelta y desaparece.
Para pasar el tiempo entro en un miserable albergue donde bebo algunas tazas de té a la china, sin azucar. La lluvia cae continuamente dando un tono de infinita tristeza a este primer incidente de la ruta. Apenas salidos de Pekín, de la que todavía se distinguen las murallas, nos perdemos de vista los unos a los otros y tenemos que pasar un tiempo considerable buscándonos y esperándonos. Y el príncipe Borghese que corre hacia el final de etapa sin preocuparse de los compañeros dejados atrás!. ¿Es esto un síntoma de los que nos depara el futuro? ¿Es una instantánea de lo que será este raid?
Falta poco para el mediodía cuando los perdidos, que había tomado por equivocación el camino del Palacio de Verano en lugar de la ruta de Kalgan, se reunen con nosotros.
Haría falta ahora ganar el tiempo perdido pero ¡vaya! Como otro presagio funesto la arena se ha estado espesando y somete a dura prueba al valeroso Pons cuyo triciclo se hunde más y más a cada giro de rueda. De este modos recorremos dos o tres li. Fieles a nuestras primeras intenciones, esperamos en cada bifurcación de la ruta a que la máquina retrasada nos alcance. Los minutos nos parece todavía más largos pensando en que nos han advertido que debemos afrontar un obstáculo considerable antes de llegar a Nan-Kú: el puente de Cha-Ho. Esto hay que hablarlo.
Lo hacemos en la segunda parada forzada. Ya que la salida de Pekín está considerada como uno de los peores tramos de nuestro largo viaje, tampoco las dificultades encontradas ya por el triciclo de Pons nos pemiten concluir que no esté en condiciones de afrontar el resto del trayecto.
Un ferrocarril une Pekín con Nan-kú. Pons, cuyo motor después de todo no ha sido puesto a punto totalmente por falta de tiempo, podría tomar enseguida el tren para llegar a Nan-kú al mismo tiempo que nosotros. Las circunstancias no nos permiten darle otro consejo aunque dejamos a Pons la decisión de proceder si gusta de otro modo. ¿Pero como encontrar un guía que lo conduzca desde donde estamos hasta la estación de ferrocarril que va hasta Nan-kú?
Un mandarín, probablemente encargado de asegurar discretamente nuestra seguridad entre Pekín y el rio Cha-Ho se acerca justo en ese momento preocupado por nuestra falta de actividad. Goubault le explica fácilmente lo que esperamos de su amabilidad y el mandarín se apresura gentilmente a ponerse a nuestras órdenes. Pons, Faucault y el triciclo serán conducidos a tiempo y bajo una buena escolta hasta el ferrocarril donde el coronel Laribe y sus hombres deben estar esperando a esta misma hora el paso del tren.
Habiendo solucionado el problema de la mejor manera posible, el resto reemprendemos el camino con todas nuestras fuerzas. A pesar de la arena las dos 10 HP avanzan discretamente y la Spyker muestra una cierta coquetería interesada en hacer ver que cuenta con cinco CV suplementarios bajo el capó. La pequeña caravana, ahora compuesta ya por solo tres automóviles, avanza a una buena velocidad, como probaba el hecho de que los burros se espantaran a nuestro paso y los carros tirados por bueyes amenazaran con provocar cualquier incidente.
Y efectivamente sucede. Un carro vuelca en un lugar donde el camino no presenta una superficie plana sino una insólita pendiente. Los bueyes han rodado por encima del conductor del carro mientras que sus ocupantes, en todo el incidente, no han lanzado un solo grito ni han hecho el más mínimo movimiento.
Rápidamente nos paramos para correr con tremenda preocupación
al auxilio de aquellos infortunados. El carretero emite algún tímido lamento desde debajo del carro y parece no querer moverse ante la sospecha de alguna grave herida. Dentro del carro un viejo paralítico nos mira sin expresar en su rostro ningún tipo de emoción ni de angustia.En vano, y por medio del intermediario Boubault, intentamos conocer qué necesitan aquellos pobres chinos: el carro está arruinado, los bueyes han rodado patas arriba, el carretero está bajo las ruedas y el viejo desde luego está vivo, pero se empeñan en permanecer inmóviles y en silencio. Lo mejor que puede hacerse es ir al pueblo más cercano a pedir ayuda a los propios chinos.
Con pocos giros de rueda nos plantamos en Cha-Ho-Tien donde todos los habitantes, hombres, mujeres y niños, esperan de pie a los lados del camino desde hace dos horas para ver pasar las "máquinas endemoniadas". Los demonios de todas formas no parecen espantar a los chinos, ya que ninguno huye; y apenas nos hemos parado ponemos al corriente de los sucedido a los notables del pueblo.
Pero un chino que sufre no tiene el poder de conmover a otro chino ya que todas nuestras explicaciones son escuchadas casi religiosamente, pero ninguno se mueve para auxiliar al viejo y al carretero. Desde el sitio en el que estamos parados llega a distinguirse bien el carro volcado; pero nadie se mueve, absolutamente nadie.
¿Por qué tendríamos que ser nosotros más sensibles con los chinos de lo que lo son ellos con su misma gente? Un cuarto de hora de esfuerzos no han podido convencerlos para socorrer a sus correligionarios, sería fatiga y tiempo perdido insistir más.
¡Rápido! ¡Corramos hacia el Cha-Ho y sus puentes!
Los puentes son, como todo el resto de China, soberbias ruinas, magníficos testigos de antiguos esplendores. Quizás no estuvieramos en disposición de exigirle a los puentes que fueran buenos puentes, pero al menos nos hubiera gustado que sirviesen para hacer más cómodo el paso de una ribera a la otra de los rios. En lugar de esto, a lo largo de todo el Imperio desde Pekín hasta las partes más remotas, los puentes suelen ser por contra un nuevo obstáculo que se añade al r
ío para separar mejor las dos orillas.En el camino del Palacio de Verano ya habíamos visto un puente curvado hecho del más bello mármol, pero inaccesible a los carros e incluso a los jinetes. El ángulo tan acusado que forma este puente y la inclinación tan dura que le da acceso mediante enormes escalones de piedra, han hecho que la inscripción que ha veces se lee al inicio de las pasarelas "Reservado a peatones", sea del todo innecesaria.
El orientalista Monnier describe con elocuencia estos puentes venerables: La superficie aparece tapizada de musgo, los dragones de mármol que desde hace milenios se enroscan en los pilares han sido mutilados por el roce de las cuerdas... pero la base se conserva sólida y los arcos no se han rendido al peso de las generaciones y los siglos. Nunca han sido reparados pero a pesar de algunas corrosiones en las junturas de sus piedras, resistirán todavía por muchos años. Surgirán nuevos imperios, retornará el caos y la misma China habrá desaparecido antes de que el asalto de los elementos y los hombres hayan disgregado del todo estas viejas piedras.
La literatura es muy hermosa; pero Marcello Monnier no había pensado en el asalto que la caravana de la Pekín-París debía afrontar sobre el puente del Cha-Ho. Si lo hubiese sabido hubiera dado otro tipo de indicaciones sobre su futura disgregación... porque solo las imágenes de un asalto a una fortaleza puede dar una idea de lo que fue el paso de nuestros automóviles por este r
ío.Imagínense no un puente como pueda suponerse con sus suntuosos arcos de mármol, sino una confusión enorme de pesadas piedras, disjuntas, hundidas en una parte o alzadas de otra en un gigantesco amontonamiento sin ningún contacto inmediato con el camino que llega hasta el puente, que debe alcanzarse saltando como quien franquea un muro. El puente sobre el Cha-Ho, del que no describiré ni su estilo ni su preciosa decoración de quimeras y leones, está hecho de este modo.
Suponía un serio obstáculo al paso de los automóviles. El príncipe Borghese lo superó gracias a sus enormes guardabarros desmontables y transformables en vigas rígidas y con la ayuda de algunos amarillos de buena voluntad.
Nosotros, provistos todos de una enorme paciencia y santa resignación, sacamos las palancas, las cu
erdas, las mazas y herramientas que formaban parte de la equipación de cada auto.Sin preocuparnos por la profanación de semejante vestigio de la antigüedad, insertamos a golpes de martillo un piolé de hierro entre dos losas de mármol, lo cual erosionó un poco el monumento pero nos proporcionó un fortísimo punto de apoyo para fijar nuestras poleas.
A fuerza de buenos músculos, con una polea bien engrasada y gruesas cuerdas se puede elevar la más pesada carga por encima de la más alta montaña. Y la prueba está en que después de dos horas de esfuerzos, primero la Spyker y después las Dion Bouton habían llegado al final de la ascensión. Ahora ya solo quedaba repetir nuestros trabajos en la parte opuesta del puente, tremendamente resbaladiza por la lluvia que todavía no había parado.
El descenso presentó otros peligros. Y más allá, otra vez tuvimos que afrontar una nueva ascensión, un segundo paso y un último descenso, ya que los puentes sobre el Cha-Ho resultaron ser dos; "dos puentes apocalípticos" (extraigo este nombre y otros más adelante que citaré, de "La Iliadautomóvil", relato heroico-cómico de la Pekin-París, de Georges Docquois -N.del A-).
***
La espera, el tiempo perdido en querer asistir a aquel chino impasible, el asalto a los bloques pétreos del Cha-ho nos habían ocupado muchas horas y el sol estaba muy bajo en el horizonte cuando, finalmente, salimos de la zona pantanosa que reglamentariamente hay a la entrada y a la salida de cada puente tanto en China como en Siberia, y comenzamos de nuevo a correr sin obstáculos.
Ignorábamos la distancia exacta que nos separaba de Nan-Kú, pero de todas formas no necesitábamos conocerla para apresurarnos si queríamos llegar antes de que se hiciera de noche.
Llevábamos recorrido un lí, no más, cuando Godard, que a pesar de todos sus esfuerzos no conseguía marchar en cabeza como sus 5 CV suplementarios le hubiera debido permitir, se para totalmente haciendo gestos a los otros automóviles.
- No puedo seguir avanzando. Es como si mi motor no tuviera fuerza.
Intentamos que avanzara algunos metros más. Todos congregados alrededor pa
ra ver, escuchar... dictaminar. La cosa era evidente: encendido defectuoso, carburador sucio... o quizás la máquina tenía cualquier otra manía que era necesario descubrir y obligaba a una nueva detención.Fue cosa larga porque, después de examinarla bien, la Spyker no presentaba nada anormal. Y el hecho examinar y repasar un auto que al final tiene toda la apariencia de una robusta salud para luego no conseguir que se mueva uno solo de sus pistones era cosa capaz de enervar no solo a un chofer profesional sino al más inofensivo de los turistas. En nuestro caso, este desconsolador estado de ánimo se complicaba porque la noche comenzaba a extender su manto. Habíamos cambiado las bujías, desmontado y vuelto a montar el carburador, verificado el circuito eléctrico, reacomodado las válvulas, probado la magneto; y la Spyker se negaba siempre a emplear su fuerza. ¿qué hubiera pasado de haberse quedado así, en pleno campo sin posibilidad de ayuda? No siendo crítica, nuestra situación no era precisamente alegre. Todos pensábamos en la Itala, en su entrada en Nan-Ku antes que nosotros como ya lo había hecho en Pekín. Para los franceses esto era humillante.
De repente una luminosa idea atravesó el cerebro de Collignon, este excelente maestro del motor, cuando gritó:
- ¡Apuesto que es una avería del silencioso!
Y sin explicarme a mi, el profano, qué podría significar tan delicado lenguaje, Collignon seguido de Godarr se precipitan sin decir palabar bajo el coche con un martillo, unas tenazas y alguna otra herramienta no sé si para rascar, empujar o golpear. Collignon y Godard golpeaban sobre la desgraciada máquina sin piedad. Luego, salen juntos y como si alguien les hubiera dado una orden militar pero sin mediar palabra, se dirigen el uno a la manivela de arranque, el otro al volante para regular el gas y el encendido. Y en menos de lo que tarda en decirse Spyker, ésta estaba cortando el viento, rompiendo rodaderas del camino y saltando como un cabritillo sobre las zonas pantanosas... en pocas palabras, la Spiker volaba de nuevo.
¿Qué había pasado? Pues muy simple: la arena y el fango de las riberas del Cha-Ho habían obstruido el tubo de escape y los gases carburados, no teniendo vía de salida, oponían una enorme resistencia. Un par de agujeros de emergencia abiertos a toda prisa habían restablecido la normalidad y el motor podía nuevamente desarrollar toda su potencia.
Y esto fue todo. Había que adjudicar la gloria sin discusión a Collignon. Le perdonamos con esto de todo conrazón su despiste al equivocar el camino por la mañana. Luego, sin perder un segundo, nos lanzamos de nuevo entre la arena y las rocas que a cada giro de rueda se volvían más hostiles a nuestros neumáticos y a nuestros riñones.
Andábamos sorteando obstáculos pero al menos avanzábamos. Era necesario llegar a Nan-Ku a cualquier precio para poder contar a París nuestra salida, nuestra emocionante primera jornada de camino y nuestra entrada en Nan-kú el mismo día en que había llegado Borghese.
***
Dulces esperanzas ... ¡qué rápido nos habéis abandonado!
La noche cae rápido sobre el cielo de Pekín. Si hubi
ésemos tenido buen tiempo, hubiéramos llegado seguro a nuestra meta; pero el cielo, obstinado en presentarnos una cara oscura desde los primeros días, volvía todavía más negro el camino. Si al menos hubiésemos encontrado solo aquella fastidiosa arena habríamos podido avanzar a despecho de las tinieblas; pero al aproximarnos al puerto de montaña, cuyos primeros macizos han dejado en medio de la ruta enormes bloques de roca, encontramos que el camino se ha convertido en algo más parecido al lecho de un torrente que a una carretera. Avanzar es una locura. Aunque nos revuelve el corazón el tener que faltar a la cita acordada para esta misma noche con algunos oficiales, algunos de los miembros de las legaciones y el fiel amigo Redelsperger, es necesario que paremos.El no conocer el lugar exacto en el que estamos aumenta nuestra tristeza. Solo el silbido del tren que cortando el aire va al encuentro de todos los ecos de la montaña nos indican vagamente que la meta hacia la que nos dirigimos no está lejos.
Es necesario acampar. Eso nos distrae contra el desánimo aunque nos fatiga todavía un poco más porque ni siquiera conocemos todavía el modo de montar las tiendas o el secreto de disponer el suelo del campamento. Todos nos sacrificamos: uno se ocupa de extender las telas, otro de fijar los palos en el suelo, un tercero enciende los faros, un cuarto se cuida de la cocinilla y sus cacerolas.
A las once de la noche, tras haber engullido un hirviente consomé Maggi que encontramos delicioso, alguna lata de sardinas y un exquisito salami milanés "suprema reserva para la noche", regalado antes de la salida por nuestro compañero Longoni, cada uno se apresuró a acomodarse bajo las tiendas cuando la tempestad se volvía terrible por momentos, el viento soplaba furioso y lo que durante la jornada había sido una llovizna se transformaba en un diluvio en tromba.
Estas fueron nuestras primeras sensaciones de la ruta y nuestra primera noche al aire libre. Ninguno les hablará de las bondades de tal experiencia ni la necesidad de semejante entrenamiento. A cada minuto nos dábamos ánimos contra la adversidad, la intemperie y las inclemencias del cielo y la tierra. Haciendo esto nos acercábamos algo más a nuestra meta, y nos dábamos las gracias para volver a pensar en ella.... a cada minuto.


Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales