DE PEKIN A PARIS EN AUTOMÓVIL
por 
Jean du Taillis

Corresponsal de Le Matin, periódico organizador del Raid.

Traducido de la versión Italiana publicada en Milan, Fratelli Treves Editori, 1908

 

Capítulo IV
Los automóviles parten de Pekín

 

La semana que va del 2 al 9 de junio fue de intenso trabajo. Los automóviles que tanto en la legación de Holanda como en la Italiana o el cuartel francés habían encontrado una hospitalidad ejemplar, comenzaban sus preparativos para el largo y difícil viaje.

El auto de príncipe Borghese, una soberbia 40 CV Itala salida de Génova diez días antes que los autos franceses y holandés, había llegado a Pekín una semana antes que las otras. Bajo las órdenes del príncipe, su fiel mecánico Ettore Guizzardi, terminaba la puesta a punto del motor. Fabricada especialmente para esta especial empresa, la Itala tenía un aspecto imponente. Cada comodidad de los pasajeros había sido sacrificada en pos del objetivo (y bien que se notaba). A manera de carrocería tres grandes depósitos ocupaban la parte posterior. Uno estaba reservado al agua, necesaria para la refrigeración de los cilindros; y los otros dos, con una capacidad total de 400 litros, estaban destinados como depósitos de reserva de gasolina. Una pequeña "caja-armario" conteniendo los recambios más necesarios se había colocado detrás del chasis aunque dejando un espacio suficiente para el asiento de un tercer pasajero.

Luigi Barzini, uno de los mejores reporteros de la prensa italiana, redactor del Corriere della Sera y corresponsal del Daily Telegraph había sido invitado por el príncipe a acompañarlo. Otro periodista italiano, Edgardo Longoni de Il Secolo y del periódico londinense The Tribune, debía unirse a nosotros y ocupar un puesto en la FIAT del conde Gropello. Habíamos esperado mucho tiempo a verlo llegar; pero un contratiempo estúpido, un retraso en las gestiones de expedición de la FIAT, había obligado a este participante a no poderse medir con su marca rival, la Itala y los otros autos. Solo el 4 de Junio se conoció la noticia en Pekín, cosa que nos entristeció. El más afligido fue Longoni, quien venido expresamente desde Milán a Pekin y entusiasta como era de una aventura semejante, se mostraba inconsolable.

- Ah, si pudiera atravesar junto a ustedes Mongolia, el Gobi y alcanzar Irkoust... después será un juego de niños seguirlos de etapa en etapa.

- Para todo hay remedio - Le dice Godard para animarlo.- Todavía no hemos salido así que tenga paciencia y espere.

¡Todavía no hemos salido!. Es un hecho que los pesimistas ganaban terreno. Las dificultades aparecen a cada paso. No se ha resuleto una cuando ya se presentan otras diez. Parece como si un genio se estuviera empeñando en hacer fracasar antes de iniciada tan bella empresa que tantos apoyos encontraba por todas partes.

Ante todo hay que contener a Cormier. Comier, un gran hombre y un expelente chófer, experto en el arte de conducir, tiene de sus grandes peregrinaciones anteriores la mala costumbre de viajar solo. Hasta parece que la compañía le da miedo. Hubiera sido un estupendo "chófer-eremita" si los eremitas profesaran esa irracional pasión por los automóviles. Cormier por tanto, se adapta mal a la idea de hacer el viaje junto a tanta gente, tantos de ellos desconocidos, y piensa nada menos que en posponer el viaje hasta el año siguiente. Las más graves razones están en favor de su propuesta:

- La estación avanza, la época de las lluvias no puede tardar y la lluvia supone fango, zonas pantanosas y el fracaso seguro.

Cormier dice que si es necesario aceptaría los inconvenientes de un viaje en común siempre que el viaje estuviera preparado tiempo antes y no se dejase nada al imprevisto. Pero, continúa, esto está lejos de ser así. Sin embargo, en los últimos tres meses Le Matin se ha encargado de los preparativos con un enorme trabajo que, como veremos enseguida, no ha dado ningún pretexto serio a esta pretendida falta de preparación.

Quizás no se han preparado medidas de seguridad a lo largo del recorrido; ninguna columna de caballería nos apoyará en la travesía del desierto, y esto; puede ser, no se ha pensado lo suficiente antes de dejar Francia. Pekín-París no es lo mismo que París-Burdeos.... algo que deja notar la actitud del gobierno chino y que termina exaltando a los más arrojados de entre nosotros.

Teníamos nuestras reuniones en una espaciosa sala de la Banca Ruso-China, cuyo director en Pekín el señor Wilpart es un devoto amigo de la Pekín-París. Nos juntábamos allí bajo la presidencia del Príncipe Borghese, que asiste a nuestras discusiones aportando los consejos de sus experiencias personales.

Allí se nos comunica la última noticia: el Wai-Wou-Pu o ministerio de asuntos extranjeros, se niega a autorizar la salida de los automóviles a través de Mongolia. Declara además que no concederá pasaporte a ninguno de nosotros.

Es un mazazo.

Cormier se apresura a decir que ahora no queda ya mas que vender las máquinas a falta de un garaje adecuado donde guardarlas hasta el año siguiente. Collignon, su compañero de la casa Dion-Bouton se muestra enseguida de acuerdo. Ignorando los modos diplomáticos y la especial forma de ser de los chinos lo creen todo perdido y no tienen ningún reparo en confesar que salir sin los pasaportes equivale para ellos exponerse a las peores calamidades. O se consiguen pasaportes o no se sale.

Confieso que he llegado a pasar un cuarto de hora bastante malo pensando en todos los sacrificios ya hechos, en la enorme obra llevada ya a cabo, que estaba a punto de perderse si por desgracia es comprometiera no ya la llegada a París, sino la misma salida de Pekín. No he recuperado mi sangre fría hasta que he escuchado al Príncipe Scipione Borghese con esa voz siempre igual con una entonación (verdadera o fingida) de gran modestia:

- Señores, sea lo que sea lo que ustedes opinen yo ya he tomado mi decisión y nada ni nadie va a cambiarla.

Ya antes de que hablase el Príncipe, Godard había estallado de indignación y gritaba a quien quisiera escucharlo que con pasaporte o sin pasaporte, solo o con los demás, la Spyker con él al volante iba a dejar Pekín el día previsto, es decir, el 10 de Junio. Yo sabía que "el tartarín del Gobi" ardía en deseos de mantener su promesa, pero al mismo tiempo era conocedor de un montón de dificultades de otro género que podían hacerlo perfectamente faltar a su palabra.

Es fácil adivinar cuales eran estas dificultades: el dinero. El infortunado chofer se encontraba más torturado que nunca no ya por el problema de cómo iba a poder pagar los gastos del viaje, sino incluso de cómo iba a afrontar los mismos gastos de estancia que estaba generando hasta la partida. Con una gran habilidad había conseguido asegurarse el suministro de gasolina hasta el lago Baikal; pero le quedaba por resolver el difícil asunto del transporte del coche por medio de coolis chinos en los pasos montañosos de Nang.kú y de Kalgan. Una menudencia de 3000 francos. La famosa cuestión de la impracticabilidad de esta zona que comienza a apenas 60 kilómetros de la salida acrecientan los problemas de la partida.

Collignon y el príncipe Borghese habían explorado a caballo con anterioridad la empinada cadena montañosa que conduce hasta la Gran Muralla. Los dos habían vuelto con la misma opinión: si no se quería destrozar las máquinas no quedaba otra que avanzar con extrema lentitud y una escrupulosa prudencia. La ayuda de "coolis"  chinos que tiraran de los vehículos en los puntos más críticos parecía la única solución... en el caso de que finalmente partiésemos.

Pero el empuje por medio de coolis era una operación considerable. Organizarlo era dificil ya sin contar con que además teníamos poquísimo tiempo para hacerlo antes de la salida. Los exagerados precios que se nos reclamaban podían además desanimar a algunos participantes.

La experiencia y los buenos oficios del director de la Banca Ruso-China vencieron las últimas dificultades en este sentido: del servicio de correos de China, al menos del que se encarga Rusia, no se puede uno fiar; así  que para este amigo fue naturalísimo acudir en socorro de Pons que esperaba una letra de crédito salida de París hacía cinco semanas y que todavía no había llegado. Collignon aportó los anticipos necesarios para los coolis por parte de las Dion Bouton y yo hice lo mismo por cuenta de Godard, sobre todo porque las primeras pruebas de la Spyker en el interior de la legación holandesa en Pekín habían dado unos resultados sensacionales y desde entonces tenía yo la convicción de que si un auto debía finalmente llegar a París esa iba a ser la Spyker.

La cuestión más grave que quedaba por resolver entonces era la de nuestros pasaportes. Reflexionando sobre ello, la actitud un poco reticente de las autoridades chinas era completamente natural. Además de ser una empresa insólita este raid, los funcionarios del Wai-Wou-Po podían encontrar puntos sospechosos en este intento de marcha acelerada entre Pekín y la frontera rusa. ¿Y si se trataba de una exploración? ¿Y si con el pretexto de una carrera automovilística lo que se estaba buscando es el camino más corto para invadir China?. Tras la guerra Ruso-Japonesa Rusia ya no tiene contacto directo con la capital del Imperio Celeste al haber perdido el control de la carretera de Karbine-Mukden. ¿no se estará buscando un paso alternativo a través de las soledades del Gobi y de las estribaciones montañosas de la Gran Muralla?

Sin duda el gobierno chino tenía estas preocupaciones, como evidenciaba su insistencia en que optáramos por la Manchuria como camino alternativo. A las solicitudes del ministro francés los funcionarios del Wai-Wou-Po respondían: "les proveeremos de todo lo necesario para atravesar esta provincia; pero no podemos autorizarlos a atravesar Mongolia donde existen toda suerte de peligros inimaginables.

- Mongolia está poblada por salvajes -le contaba el príncipe Ching, presidente del ministerio chino al ministro francés Bapst-. Esas tribus casi bárbaras se asustarán con los coches sin caballos y creyéndolos cosa de magia probablemente ataquen la caravana.

Invitados a un almuerzo en la legación francesa, los altos funcionarios del Wai-Wou-Pu mostraban una única preocupación: "¿Cuantas personas pueden transportar estos automóviles? Ustedes dicen que solo dos; pero en caso de necesidad ¿no podrían hacer subir tres, cuatro o cinco viajeros? La puerilidad de estas cuestiones llegaba al ridículo; pero el arte de gobernar está en prever; y los chinos no ignoraban este arte.

Estas cosas entristecían bastante a Cormier; pero ciertamente acababan con la paciencia de todos. Por fortuna Bapts, sin perder el ánimo, nos persuadió de que no hay ninguna causa en el extremo oriente que no se gane con tenacidad y con firmeza, y que esta serviría además para afianzar la influencia francesa; así que no ahorró ni tiempo ni fatigas. Sus idas y venidas al palacio de Verano y al Wai-Wou-pu se redoblaron. Después, en una jugada audaz, invitó una noche a cenar al pricipe Ching al que se llevó al Ministerio en la primera de las pequeñas Dion Bouton. Su entrada suscitó alguna cosa más que pura curiosidad. Desde aquella noche la causa de la Pekín-París estuvo ganada; y aunque todavía no nos decían nada esperando que quizás nos desanimáramos, casi a escondidas se organizaban disposiciones para la salida, se informaba a los mandarines de las ciudades y pueblos que debían atravesar los automóviles y se insertaba en la oficial y venerable Gaceta de China un aviso anunciando el paso de los coches que "caminan sin caballos, con mucho ruido pero sin hacer daño a nadie".

¡Todo tiene solución!. Aunque no sin esfuerzo; pero al menos por el momento, todas las dificultades iban siendo superadas una tras otra. En el cuartel Voyron, los trabajos han proseguido a buen ritmo con la ayuda eficaz de los hombres del 18º Regimiento Colonial. Los autos están listos y los equipajes definitivamente colocados. El reparto de los viajeros está también de hecho dispuesta incluyendo algún cambio imprevisto: la necesidad de llevar una tienda y una maleta y el ayudo que he prestado a Godard me deciden a viajar en la Spyker, puesto que las dos Dion Bouton estaban ya sobrecargadas con 600 kilos de provisiones,  piezas de recambio, neumáticos y otros accesorios. Sin embargo en Kalgan quedaría disponible una plaza libre en una de ellas porque Goubault, interprete de la legación francesa puesto a nuestra disposición por Bapst para facilitar el inicio del viaje, debía ocupar ese puesto hasta allí. Luego nos dejaría.

Y todos estuvimos de acuerdo en que si era capaz de llegar a Kalgan ya sea en carreta o a caballo, desde allí nos acompañaría ocupando el puesto libre el señor Longoni.

Entre algunas incertidumbre ahora nos centrábamos en concretar la salida del grupo. Era conveniente darle la mayor solemnidad posible. Siguiendo mis sugerencias, el general Sucillon, comandante del cuerpo de ocupación francés, había enviado desde Tiensin la banda de música del 18º colonial, y había también autorizado al comandante Laribe a acompañarnos con algunos de sus hombres hasta el fin de la primera etapa en el pueblecito de Nanthú.

El Comandante Laribe, deseoso de ser útil, se deshacía en cuidados para adornar  con banderas y guirnaldas el cuartel Voyron, desde donde habría de darse la salida. Desde Sangai y Tiensin habían llegado muchos entusiastas y admiradores para asistir al acontecimiento, y que recubrieron de flores nuestros autos mientras uno de ellos, el agente general de la casa Mummer, nos colmaba de cajas de champagne.

El ministro Bapst ofreció con ocasión de la París-Pekin y en honor de los participantes una encantadora fiesta que reunió al "tout Pekín" diplomático.

Así fue como velamos armas en la víspera. A la una de la mañana siguiente, con el disgusto del gobierno chino que sin embargo había finalmente enviado los pasaportes escritos en chino (cuando para nuestra seguridad hubiera sido mejor escribirlos también en mogol), los automóviles iban a huir de la capital China partiendo a la conquista de un continente.

10 de Junio.- Me levanto bien temprano pero con tantas cosas que hacer que debo andar a la carrera. El bravo Godard, siempre merecedor de elogios por el ánimo con el que afronta las dificultades, está discutiendo con el dueño del albergue por el pago. Debo ir ante el embajador de Holanda para que medie en su favor. Luego voy a la Banca Ruso-China, luego llevo el equipaje para el viaje al cuartel Voyron, dejar a los amigos los bultos de mi equipaje más pesados que no voy a llevar, etc. 

Ya son las siete y media cuando, acabados todos estos asuntos, llego al cuartel Voyron que ya se halla invadido por una multitud de simpatizantes mientras suena la música de la infantería colonial en el patio donde se encuentran dispuestas, en semicírculo, las dos Dion-bouton, el triciclo Contal y la Spyker. Fuera la gente se arremolina en torno a la Itala que el príncipe Borghese, nadie sabe por qué razón, no quiere hacer entrar en el cuartel francés.

Los embajadores de Holanda, Rusia, Japón, EEUU e Inglaterra rodean a Bapst. Se encuentran también presenten otros miembros del cuerpo diplomático y el mandarín Karv, secretario del Wai-Wou-Pou como representante oficial del gobierno chino. 

La enérgica actitud del embajador francés y la tenacidad de los automovilistas en conseguir su propósito de partir a cualquier precio han impresionado vivamente al ministro de asuntos exteriores. No pudiendo contener la fogosidad de estos diablos extranjeros que han decidido recorrer Mongolia y atravesar el Gobi sobre aquellas nuevas máquinas, se ha dispuesto finalmente todo para evitar al grupo cualquier tipo de inconvenientes.

Se han  cursado órdenes precisas y el  jefe de policía de Pekín se ha superado a sí  mismo organizando un escrupuloso servicio de orden que incluye prohibir la circulación rodada por aquellas calles por las que la comitiva debe abandonar la ciudad. Al mismo tiempo son abundante y convenientemente regadas las calles que llevan desde las legaciones hasta la puerta de Tsi-Tche-Men, de modo que nuestro último recuerdo de la capital sea el de una ciudad limpia y ordenada.

Dando un vistazo desde el cuartel Voyron se observa una imagen pintoresca: los vestidos claros de los civiles europeos, venidos en gran número a desearnos buen viaje y para satisfacer la natural curiosidad que provoca nuestra empresa, se funden armoniosamente con los colores oscuros de los uniformes. En torno a los participantes un ir y venir incesante. Es muy admirada la Spyker, que sale de Pekín hacia París como si se tratase de una simple excursión a las playas bretonas o normandas. Tricolor desde un extremo al otro, una cúpula de tela verde sustituye los asientos traseros, donde se han colocado a última hora los equipajes y provisiones. Más atrás, una caja de cierre hermético sistema Vuitton contiene varias cámaras de aire de recambio. El equipaje y la tienda de Le Matin por mi cuenta completan la carga.

Las dos Dion Bouton están rodeadas de gran cantidad de personas. Mientras escuchamos varios discursos, parece que sus pequeñas dimensiones, su frágil apariencia y el enorme tamaño de la carga que transportan no inspiran demasiada confianza.

Observamos las palancas, los bastones con ganchos, los tablones de ayuda en terrenos blandos, la pala y la azada de las que ambas Dion Bouton están provistas. MIentras, dos soldados que saben escribir chino dibujan en los radiadores signos cabalísticos que según parece quieren decir "Pekin-París". El comandante Laribe que se dispone a ajustar bien su objetivo para fijar para siempre el minuto solemne de nuestra salida, nos estrecha la mano y encomienda a la Dion nº1 una bandera francesa unida a una caña de bambú. Es el ayudante Bouton quien fija la tricolor a la delantera del vehículo entre numerosos aplausos.

El triciclo Contal provoca la curiosidad general. La máquina es sólida sin duda; pero ¿cómo esperan vencer todos esos obstáculos con tan pequeños arneses? Pero a aquellos que se muestran escépticos, los entusiastas les dicen como en París durante los preparativos: "Cuanto más ligeros, más posibilidades de pasar". Lo que sí queda fuera de toda discusión es el heroismo de Pons y de Faucaud. La palabra no es exagerada, porque tener el coraje de partir para un viaje como el nuestro no solo prescindiendo de cualquier comodidad sino incluso de lo que pudiera juzgarse como necesario es digno de elogio. Piensen que para aligerar su vehículo, Pons y Foucaud han sacrificado todo: sus equipajes personales (solo una pequeña maleta ha sido confiada a Godard y su Spyker junto a las exiguas provisiones, bizcochos de soldado y carne de lata).

***

La banda de música termina una pieza y comienza a interpretar la Marsellesa. Aclamaciones frenéticas acompañan los últimos aplausos mientras se estrechan calurosamente todas las manos. Se avecina el momento solemne.

Un francés cuyo nombre es muy conocido en París, el señor Redelsperger, a sido encargado por el embajador Bapst de organizar la salida. Con un ánimo y una buena voluntad extraordinarios se ocupa de todos los detalles.

La señora Boissonnas, la amabilísima esposa del primer secretario de la legación francesa, hace las veces de "starter". A invitación del embajador francés, Redelsperger hace una señal y la señora Boissonnas rompe el cuello de una botella de Champagne sobre el capó de la Itala. La salida ha sido dada. Los motores rugen. Los automóviles se mueven.

El príncipe Borghese ha pedido salir el primero, pero graciosamente considera luego que debe ser el representante de Le Matin, a quien se debe la iniciativa de esta audaz prueba, el que abra la comitiva. Entonces es la Spyker la que sale del cuartel Voyron precedida por la banda de música de los marineros que tocan a pleno pulmón la marcha "Sambre et Meuse". Godard está al volante y yo en el otro asiento a su lado. La Itala inicia a su vez la marcha. Además de sus ocupantes previstos lleva también al encargado comercial de Italia en China, el hermano del príncipe Borghese.

En la Dion Bouton nº1 están Cormier y Goubault, de la legación francesa; en la Dion Bouton nº2 se han acomodado Collignon y Rigal. El triciclo Contal con Pons y Faucaud los sigue de cerca a poca velocidad.

El barrio de las legaciones es invadido por la multitud. Los fotógrafos e incluso los operadores de cine son una legión. Los soldados de las diferentes naciones que mantienen en China desde 1900 un cuerpo de ocupación tienen permiso y han aprovechado para venir a aclamar a los audaces "chauffeurs". Al mismo tiempo nos hacen de escolta mientras la banda de música que nos precede nos obliga a una marcha moderada.

Una vez fuera del barrio de las legaciones, entramos en la ciudad tártara donde nos rodea la misma multitud de entusiastas occidentales; pero a lo largo de las aceras otra masa se ha congregado; la de los amarillos. Por primera vez vemos en las caras de esta gente asiática las trazas de una verdadera emoción. Se adivina en sus ojos muy abiertos y brillantes, y en sus cabezas estiradas hacia delante para no perderse nada de este espectáculo tan nuevo y extraño para ellos. Ningún grito, ningún gesto hostil; pero una inmensa curiosidad.

Atravesamos así la mayor parte de la ciudad precedidos de la banda de música militar francesa, atronando a su paso el aire con sus vigorosos acordes y levantando el polvo milenario hacia los techos curvos y las fachadas y termina cubriendo alguna enseña, roja de siglos que ondea entre grupos de dragones que echan fuego por la boca. Es un poco de la antigüedad que se oculta mientras la nueva China se sacude su letargo y se despierta ante este estrépito del progreso que pasa, de nuestros automóviles en marcha.

Los músicos del 18º Colonial se hacen entonces a un lado hacia la derecha dejándonos via libre. La masa de europeos entusiastas, acudidos desde Sangai, Tientsin y otros lugares para vivir con nosotros este solemne momento nos da los últimos ánimos con sus vivas y aclamaciones vibrantes y emocionadas. Los soldados lanzan al aire sus gorros y los civiles sus sombreros. Estallan hurras frenéticos y bravos entusiastas que se confunden con los gritos de "Viva la Pekín-París" y "Viva Le Matin".

Algunos de los que conocen China y sus miserables caminos asisten a nuestra salida con la preocupación reflejada en el rostro. Nosotros mismos estamos algo inquietos ante esta marcha sin precedentes que nos conduce a todo gas hacia lo desconocido. El momento es impresionante, pero ninguno de nosotros se vuelve para mirar tras nosotros la extraña ciudad que el eterno polvo comienza a envolver aunque las nubes grises y bajas estén presagiando lluvia.

Con los soldados franceses que corriendo intentan acompañarnos ahora durante otro trecho más de camino compartimos todos un único y común deseo, una única esperanza; y la gritamos por última vez convirtiéndola en nuestra orden principal: ¡París!.

Y la Spyker y la Itala cruzan la puerta de Tsi-Tche-Men.

 

Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales