DE
PEKIN A PARIS EN AUTOMÓVIL
por
Jean du Taillis
Corresponsal de Le Matin, periódico organizador del Raid.
Traducido de la versión Italiana publicada en Milan, Fratelli Treves Editori,
1908
Capítulo III
Los automóviles entran en Pekín
- ¿Qué les ha parecido Pekín? ¿Es una ciudad grande? ¿Es curiosa? ¿Es una cloaca? ¿Es aburrida? ¿o quizás interesante?
A todas estas preguntas que me asaltan tras mi regreso no he sabido responder demasiado bien. Si bien es cierto que he permanecido tres semanas en la capital del Imperio Celeste, también es verdad que por encima de todo he conservado de ella una sola impresión intensa que ha llegado a invadir mi espíritu sofocando cualquier otro recuerdo: el polvo.
Lo llaman el viento amarillo. Este viento es una inmensa nube de arena e inmundicia pulverizada, un torbellino violento que parece acudir al mismo tiempo desde todos los puntos cardinales tratando de sepultar a "la Ciudad que obedece al Cielo". El asalto se repite cada día durante el verano desde hace miles de años aunque, por un prodigio de supervivencia no menos asombroso de esta antigua ciudad, el polvo pasa y Pekín permanece.
Claro que pasando, se agarra a la garganta, a los ojos, a la nariz. En vano se intentan mil modos de defenderse. El polvo amarillo penetra en todos sitios, lo oscurece todo.
No crean que bromeo. Una mañana, he intentado dar mi paseo habitual por encima de las murallas que circundan la ciudad. Desde allí, según me informa mi guía, se goza de unas vistas maravillosas. Al norte la mirada se pierde sobre la ciudad tártara, que parece un inmenso bosque del cual emergen los techos amarillos; mientras al sur se descubre la inmensa ciudad china con sus casas y sus altos estandartes que se balancean batidos por el viento.
Nada más salir del hotel , apenas alejado por la avenida Ha-Ta-Men, he tenido que asegurar solidamente mi sombrero que el soplido de este eterno huracán amenazaba con arrebatarme; y cuando he llegado a las murallas exteriores, he tenido que mirar bastante rato en todas las direcciones para convencerme de que allí hubiera algo que ver porque, en aquel resplandor amarillo que cubría la inmensidad de la ciudad (en Pekín hay en realidad tres ciudades, la china, la tártara y la imperial) no he podido distinguir absolutamente nada.
Solo de vez en cuando el sol, reflejando sus rayos en los barnizados techos de los templos, conseguía atravesar con su fulgor este velo opaco del que se desprendía un olor acre.
Es imposible sin embargo entrar en Pekín sin quedarse mirando la puerta que se usa para pasar. El muro de 15.900 metros de circunferencia, aunque haya sido construido en el siglo XVI, no tiene ninguna grieta, aunque sí siete puertas que comunican las áridas llanuras de alrededor con el interior de la ciudad china. El muro que rodea la ciudad tártara mide 23.720 metros y tiene nueve puertas. Para entrar luego de la ciudad tártara en la ciudad imperial, que está situada en el centro, hay que pasar todavía otro cinturón amurallado, un enorme cuadrilátero con cuatro puertas que indican los puntos cardinales. Es interesante mencionar que son estas puertas pues representan una de las curiosidades de Pekín.
El muro, una especie de talud de tierra de unos 15 metros de altura revestido de ladrillos grises, se alarga cada 200 metros aproximadamente para formar una gran torre cuadrada. Otras torres, mucho más anchas, de tres pisos y tres techos cubiertos por tejas barnizadas, se alzan por encima de cada puerta. Este castillo de tres plantas presenta a primera vista un aspecto formidable pues está provisto de muchas troneras en cada una de las cuales se distingue un cañón, cuyas enormes bocas parecen amenazar a cada transeúnte, aunque bien es cierto que la guarnición encargada de maniobrar esta batería artillera no se ve.
Pasando bajo la puerta de Ha-Ta-Men he preguntado a mi cicerone, el amable hijo del director del correo francés, Roy, orientalista conocido, que me ha asegurado absolutamente:
- Los chinos afirman - Y desde 1900 muchos lo dicen todavía - que la potencia de estos torreones es tan grande que no necesitan defensores. Las puertas se custodian solas, y si no se ve dentro a ningún soldado es porque los cañones que se distinguen en las troneras en realidad están pintados.
Pero China se organiza y se moderniza porque ya se veían perfectamente centinelas vestidos de caqui o guardias con bastones vigilando las puertas de la ciudad.
Superada la puerta no se presenta una ciudad, sino una especie de inmenso campamento aunque con las tiendas sustituidas por casas de madera - se diría incluso que de cartón- con larguísimos caminos para transitarlo circundados por cuerdas como se ve en cualquier ciudad americana en gestación.
La ciudad hoy es muy diferente a como era hace diez años. Está irreconocible incluso para los que la han visitado no hace mucho tiempo. Se han levantado numerosas construcciones y llevado a cabo reformas. Si duda todavía existen callejones, último refugio de la inmundicia que tanto se ha descrito ya; pero los pavimentos se han reformado y puesto en orden incluso en las calles tortuosas de la ciudad china, y los largos bulevares que delimitan la ciudad tártara aparecen con aceras y circundados de árboles simétricamente dispuestos. Incluso en determinados momentos se consigue que el polvo disminuya gracias al esfuerzo multiplicado de los regadores chinos, aunque aun no dispongan de las máquinas de regar que pueden verse en la Plaza de L'Etoile o en la Avenida du Bois; pero ciertamente no tardarán mucho en llegar hasta allí, sobre todo ahora que el motor de cuatro tiempos empieza a resonar por las calles de Pekín.
Y ya no hablo de la iluminación de faroles de combustión o antorchas, porque apenas cae la noche son las lámparas eléctricas las que expanden con profusión su luz. Hay una anécdota que ahora ya parece pertenecer al pasado: Dados 80.000 francos por el emperador para mejorar la iluminación de Pekín, fueron pasando de intermediario en intermediario hasta quedar transformados en 8 con los que pudo comprarse una lámpara y algo de aceite para encenderla.
En las calles y caminos hay un continuo movimiento de carros y un continuo empujar y apretujarse. De vez en cuando los caballeros de algún alto personaje al que escoltan en su litera se abren paso haciendo caracolear sus caballos traídos de las herbosas llanuras de Mongolia. Dentro de poco también pasarán por allí nuestros automóviles.... ¡quien sabe qué revolución habrá entonces!
Algo que ha quedado de la decoración de la vieja Pekín son las fachadas de las tiendas, con sus enormes relieves de reclamo: maravillosas esculturas de madera en las que la divinidad más extravagante habla o combate contra dragones cornudos y jorobados en medio de las flores más extrañas o los pájaros más fantásticos. No falta el arte en estas composiciones que asombran por su imaginación y fantasía. Así, cada mercader de tres al cuarto poseería sin duda en su fachada un patrimonio mucho más grande del que tiene en el interior de su negocio si cualquier especulador europeo viniese a proponerle un trato y él chino, desde luego, consintiese en desmontar su tienda.
Como sucede por todos lados en el Extremo Oriente -y no conozco nada más pintoresco que una calle comercial de Hong-Kong con sus expositores- el anuncio de la mercancía que se vende en la tienda también se alza sobre la fachada en forma de un inmenso colgante. La costumbre china de escribir verticalmente da a esta enseña una apariencia de bandera o estandarte, mientras que los agradables y exóticos colores y la complicación de su escritura, cuyos caracteres parecen más dibujos que letras de imprenta, les confiere un aire festivo. Por alguna razón que los occidentales ignoramos, cada día cuando sale el sol se sacan estas banderas y se diría que allí hay una fiesta permanente, y tanto más cuando toda clase de faroles de papel de todos los tamaños y formas se unen a las banderas como reclamos y anuncios, sobre todo al caer la tarde cuando se encienden mostrando sus llamas multicolores.
Muchas de estas enseñas además cobran interés para quien entiende el chino o se hace acompañar de alguien que lo conozca. Así puedes enterarte de que en esta tienda está "Pou, que vende pieles de marta por cuenta de la casa de la Fuente de la Virdud", o en aquella otra "Ta, originario de Chan Toung, fabricante de confortables recibidores para los salones: abundancia, ornamento y armonía". También son curiosos los letreros que bautizan algunas de las calles de la zona: "Hou-ton de los Peces Secos", ""Hou-ton de la Garza Tuerta" "Hou-ton del pollito de piedra". Los Hou-ton vienen a ser una especie de callejas, en contraposición a los a-kié o zonas más extensas.
Por estos Hou-ton y a-iké se transita banstante bien aparte del polvo. Se puede así visitar las curiosidades de Pekín y sus numerosos templos, tantos como iglesias en Moscú o Roma. Aun a riesgo de ganarme el anatema de todos los amantes del arte chino, confieso no haber sido seducido ni por el Long-Fou-Se (templo de la literatura) consagrado a Confucio "maestro y guía de 6000 generaciones", ni por el Tien-t'an (altar del cielo), de que recuerdo sobre todo la enorme superficie en la cual surgen simétricamente altares y palacios.
Sin embargo, tras la rápida visita a este Altar de Cielo, sí recuerdo las explicaciones que me dieron ante el Tsin-Keug-t'ai, el templo de la agricultura o terraza del trabajo del emperador. Es allí donde se celebra desde el tiempo de los Yuan la ceremonia de la agricultura. En el Periodo Ming el emperador era asistido en ella por eunucos. Ahora lo asisten mandarines y príncipes. El primer día de la segunda mitad de la primavera, es soberano se dirige al templo acompañado por tres príncipes, nueve grandes personajes y numeroso séquito. Todos ellos se han preparado para esta ceremonia ayunando. Tras una primera creremonia de adoración, se dirigen al campo de cultivo donde el emperador, con un buey, arado y aperos, todo amarillo, traza un surco que va de este a oeste y regresa. Repite la operación cuatro veces para un total de ocho surcos. El ministro de finanzas y dos mandarines principales esparcen la semilla tras el emperador. Los tres príncipes cavan luego un total de 10 curcos cada uno y los nueve dignatarios 18. Después de ellos vienen otros mandarines de rango inferior y algunos trabajadores elegidos de entre los más viejos del pueblo, que terminan el trabajo.
En los Hou-ton y en los a-kié se goza siempre de un espectáculo invariable: muchísimos peones que empujan o tiran de alguna cosa, todo tipo de ejemplares de raza blanca mezclados en el gentío de raza amarilla, carrozas chinas de madera de color rojo, cubiertas de telas turquesa, con ruedas reforzadas y cubiertas con colecciones completas de clavos de cabeza gruesa, eunucos, gruesos y grasos, que circulan con el pelo largo recogido y teñido de escarlata, mujeres, aunque pocas, a las que apenas se nota el esfuerzo que les supone guardar el equilibrio a la que les obligan sus pies mutilados, con la cara cubierta de gruesos paños pero elegantes con sus grandes vestidos de seda estampada en tintes claros y con sus pantalones anudados a los tobillos.
Esta es la rápida visión que tuve de Pekín, en un momento en el que estaba mal dispuesto a recibirla, pensando que ya debería estar haciendo circular esas máquinas ultramodernas que son los automóviles.
Domingo 2 de Junio.- Finalmente contemplamos nuestros queridos automóviles. El vagón extraviado, es decir, el que se había desenganchado del convoy en Tsun-Tseng tras el recalentamiento de un eje, ha sido recuperado. Ahora está junto al otro entre las vías de la estación de Pekín. No queda más que hacer salir las mariposas de sus crisálidas; los resplandecientes automóviles de su vulgar caja de tablas de abeto.
La tarea se lleva a cabo en un abrir y cerrar de ojos. Los soldados del 18º Regimiento Colonial colaboran con ardor. Arrancan las tablas, desventran las cajas, hacen caer las puntillas como si fueran corsarios al asalto de una pagoda, como quien estuviera destrozando unos jergones.
La Spyker ha viajado sobre sus ruedas. El fondo de la caja forma un plano inclinado que va del vagón hasta el andén
- ¡Y giro de manivela y está en camino! - grita Godard, con toda su cara resplandeciente como si quisiera competir con el mismo sol.
Un poco de gasolina gentilmente prestada por Collignon es vertida en el depósito bajo el asiento. Un minuto después, la Spyker ronronea, caracoleando a través de la estación y por las calles del centro hasta la puerta de Tsien-men que da entrada a la Ciudad y el Palacio Imperial.
También las dos Dion-Bouton están listas enseguida. Les son repuestas sus "piernas" y una vez vuelven a estar sobre sus ruedas marchan ligeras hasta el cuartel francés donde ya se les están preparando unos festejos.
No queda más que sacar fuera el triciclo Contal; pero como está desmontado completamente no se lo puede hacer recorrer las calles por sus propias fuerzas. También es inútil abrir la caja y sacar todas la piezas de las que se compone. Sin alardes pero con coraje, es llevado de la estación al cuartel por un doble destacamento de marineros alegres y llenos de entusiasmo. No puedo asegurar que Pons no se haya puesto de mal humor pensando que "los otros" se están pavoneando ya por las calles. Incluso ¿quizás a Cormier no le ha sentado demasiado bien el no haber sido el primero en tener el honor de tocar el suelo chino con su auto?.
¿Pero qué importa? La competición es un muelle siempre tenso que centuplicará el coraje de todos; y está bien que sea así.
- Pero -me preguntarán- esta entrada, esta primera circulación por la ciudad, este estrépito de motores entre los muros, bajo las grandes puertas ... ¿no han sido acompañados de ningún grito, de ningún gesto de alarma, de ningún agrupamiento de curiosos?
Desengáñense. Los amarillos tienen una máscara de impasibilidad. Parece que no ven ni sienten nada. Aquel día apenas se volvían a ver pasar los nuevos autos de los diablos europeos. De todas formas ningún agente de policia hubiera sido capaz de establecer un servicio del orden. Mejor así. De este modo nuestros automóviles entraron en Pekin del modo más pacífico.

Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales