DE PEKIN A PARIS EN AUTOMÓVIL
por 
Jean du Taillis

Corresponsal de Le Matin, periódico organizador del Raid.

Traducido de la versión Italiana publicada en Milan, Fratelli Treves Editori, 1908

 

Capítulo II
Los automóviles son desembarcados

 

La llegada de nuestros automóviles tanto a Shanghai como a Tientsin fue como la agitada preparación de un combate. En Shanghai teníamos un trasbordo obligado desde la bodega de L'Oceanien a la de un vapor costero. Pero esto requirió la intervención de otro barco intermediario porque el piróscafo de Messageries Maritimes anclaba en Wousoung, en el majestuoso río Yangtse, distante del puerto de Shanghai unos quince kilómetros que tenemos que recorrer con la ayuda de barcazas haciendo un doble trasbordo con una considerable pérdida de tiempo.

Pero pronto nos olvidamos de estos inconvenientes porque Shanghai, con sus clubs y sus jardines, con la extraordinaria actividad de su puerto y de sus calles, y el curioso ordenamiento de la zona francesa, o de la zona europea, que ya por sí solas merecen un día entero de paseo y observación. Y nunca olvidaremos al señor Thyss, representante de la casa Olivier de París; en él encontramos enseguida además de un competente cicerone un agradable compañero que multiplicó sus atenciones para dejarnos un estupendo recuerdo de nuestra estancia en Shanghai. Piensa en todo: la reexpedición de nuestros automóviles, nuestro embarco para Pekín por el río Azul... ; y también se ocupa de nuestra diversión, poniendo a nuestra disposición su calesa para aumentar sin fatiga nuestras excursiones por los alrededores de la ciudad. Cuantos paseos hemos impuesto a este amabilísimo señor Thyss, que se consideraba recompensado solo con poder ver nuestros autos o al menos poder tocar sus cajas.

Y es que en Shanghai y en Tientsin hay muchísimos apasionados del deporte, se lee Le Matin ... y se conoce China. Presentado siempre por nuestro amigo Thyss, éramos saludados como ardientes pioneros de una espléndida idea, pero también como gente contagiada con una especie de locura cercana al heroísmo. En Shanghai y en Tientsin existen famosos clubs en los que éramos nombrados por aclamación miembros de honor, y en torno a nosotros se congregaban multitudes dispuestas a beberse nuestras declaraciones del mismo modo que bebían toda clase de cocktails, y a hacernos engullir los más sabios consejos como quien ofrece suavísimos licores.

- ¿No saben ustedes -nos decían- quienes son los Chinos... y cómo son sus caminos? ¿Ignoran acaso que no podrán llegar ni siquiera al estrecho paso de Nankou?

Venía entonces otro personaje:

- Los puentes sobre el rio Cha-Ho son como murallas de piedra derrumbada. Pasa casi tanta agua por arriba como por debajo. Incluso prefiero mil veces nadar en un mar de enormes olas antes que escalar esas ruinas.

Y nosotros escuchábamos sonriendo a estos profetas especializados, y por toda respuesta alabábamos la solidez de nuestros chasis, la resistencia de nuestros motores, los neumáticos que por nada del mundo nos iban a reventar, e incluso yo solía concluir un poco sentenciosamente:

- Pero señores, ustedes olvidan que la fortuna ayuda a los audaces. ¿por qué íbamos a renunciar al éxito cuando nos sobra la audacia?

Y esta confianza tan simple  terminaba inspirando fe hasta en los más incrédulos: ¡Viva la Pekín-París! ¡hurra! ¡Bravo!. Y diciendo esto otra vez chocaban las copas.

Mientras tanto los autos habían sido transbordados cumpliendo con la primera tarea que nos esperaba. Porque antes de vagabundear por esos campos, de atravesar ciudades, de surcar las estepas, los desiertos, las llanuras, es necesario soltar las cadenas que sujetan a nuestros automóviles de su doble prisión: una de hierro, la bodeba del Almiral Von Tirpitz en la cual son transportadas de Shanghai a Tientsin; y la otra de madera, las sólidas cajas en las cuales fueron embaladas al salir de Francia.

El buque se demora en Talou, tarda en llegar. Los amigos de Le Matin y de la Pekín-París se multiplican para evitar que perdamos la paciencia y cada vez son más los que nos llegan con la buena noticia de que el Tirpitz pronto estará a la vista y engañan el aburrimiento de la espera invitándonos a comer. Procuramos distraernos con exóticos juegos chinos o los espectáculos de The Arcade.

El Tirpitz no llega nunca. ¿Por qué no aprovechar este tiempo de espera para decir dos palabras sobre Tientsin, el Pei-Ho y su desembocadura?

Los chinos, que son muy amigos del lenguaje florido, le han dado el nombre de Tientsin, "el vado del cielo". Y no lo han pensado mal, puesto que Tientsin es para la capital del Imperio Celeste el puerto natural, su salida obligatoria hacia el mar.

El Pei-Ho, de aguas turbias, es sin duda un río caprichoso, sujeto a una desembocadura que no deja más de un metro de calado durante la marea baja, pero con un canal de casi cuatro metros de profundidad que permite a los vapores acercarse hasta 80 kilómetros de Pekín. Además, el gran Canal Imperial que prolonga su maravillosa vía comercial hasta las aguas del Yangtse nace justo al lado de Tientsin, y esto es una ventaja considerable que, unida a la fertilidad de las tierras vecinas, han hecho de Tientsin una ciudad próspera hasta competir incluso con la capital en desarrollo, volviéndose más populosa.

Para China Tientsin es el depósito  general de sal y el gran almacén de cereales. Para Europa y América, es un centro de importación de tejidos y metalurgia. Un hecho es digno de señalarse ya que representa un dato de valor para aquellos que se preocupan del mundo amarillo y sus problemas: el comercio se va nacionalizando. Antes, la bandera inglesa navegaba por el "rio del mar" o sea, el Pei-Ho, casi sin competencia. Pero los chinos han unido a sus flotillas de juncos, naves de construcción europea y también poseen numerosas barcazas de vapor, que hacen cotidianamente servicios en el río a ambos lados de la ciudad. Los resultados son sorprendentes: el movimiento en el puerto de Tientsin se desarrolla ahora mayoritariamente bajo bandera china, luego bajo la inglesa, la americana y la de otras naciones entre las que también aumentan su presencia los japoneses y alemanes. La bandera francesa rara vez se ve en Tientsin.

Tientsin, al igual que Shanghai y Han-Koo, ha visto nacer en torno a la vieja ciudad de los hijos de Han, otra ciudad europea, formada por las concesiones acordadas por las diversas potencias según los tratados de 1858, 1861, 1895 y 1901. Francia posee una concesión ya próspera y con un gran porvenir; pero por el momento, el barrio elegante es el de la concesión inglesa. Los grandes y hermosos hoteles, los suntuosos palacetes,  los ricos almacenes, el palacio comunal llamado Town-Hall, y el parque Victoria podrían hacer de esta ciudad un lugar de estancia encantador si el polvo durante el verano y la rigidez de los inviernos, que dura cinco meses, no transformarse el entorno. Aunque ciertamente los habitantes de Tientsin, cualquiera que sea su nación, no se han establecido allí por placer sino por motivos comerciales.

Es también remarcable la recientísima concesión japonesa que, muy bien organizada, crece rápidamente y alberga ya a más de dos mil nipones.

Paseando por estas concesiones extranjeras volvemos a nuestro punto de partida: el puente metálico sobre el río que facilita la comunicación de la vía férrea que desde Pekín enlazará con el transiberiano pudiéndose llegar así hasta París y las verdes llanuras de su entorno.

A medianoche estamos ya por retirarnos cuando un chino con una coleta desmesuradamente larga viene a advertirnos que el Tirpitz por fin se acerca. Estalla una alegría general y a pesar de la hora avanzada comienza una larga procesión hasta el puerto. Llegamos cuando el vapor está por echar el ancla. Todos quieren ser el primero en ver los automóviles. Hay quien se indigna por la lentitud del transporte y quien se alegra porque finalmente tendrá trabajo. Godard aprovecha para desglosar una vez más todas las perfecciones de su automóvil... y del piloto que lo va a conducir.

Los oficiales alemanes de a bordo, muy amables, andan también muy interesados en toda esta fiebre de curiosa actividad, pero a pesar de toda su cortesía solo pueden prometernos una cosa: el tratar de descargar la bodega lo más pronto posible para liberar a los automóviles que precisamente viajan en el fondo. Los autos no llegarán a Pekín antes de 48 horas. Es una ducha fría.

En vano se  propone volver a The Arcade y a su cinematógrafo. Todos nos vamos a reposar. Volvemos al hotel donde termino escuchando solo el continuo y sonoro ronquido del chofer de la Spyker a quien los del grupo, por su aspecto marcial, su aire de conquistador y su carácter meridional, han terminado apodando "el tartarín del Gobi". Les aseguro que Godard no lo desmentirá.

*

Sábado 1 de Junio.- Las cinco de la mañana. En la rivera que bordea la concesión inglesa el negro Almiral Von Tirpitz está haciendo funcionar al máximo todas sus grúas con sus poleas, su rechinar de cadenas, de cuerdas y de palancas.

Algunos coolis pasan constantemente ante unos enormes contenedores cargados de sacos, llevando en la mano o entre los dientes una varilla multicolor con muchas muescas. Al poco cambian esta varilla de señales por un magro salario. Los sacos de harina son amontonados en la orilla mientras en los flancos del navío crece el hueco que van dejando las cosas descargadas. Y así al fin, al fondo se entreven las cajas sacrosantas de los famosos autos, que desde las cinco partes del mundo son seguidos ya con el pensamiento en su prodigiosa andadura. Esos automóviles que mañana harán gesticular en modo extraño las caras impasibles de los amarillos, y que en poco tiempo entrarán en el barrio de las Legaciones extrajeras, orgullosos y confiados de su propio destino, entre los aplausos de todos los blancos.

Es inevitable que Godard esté allí el primero. O mejor dicho, ha llegado y desaparecido en el fondo de la bodega como si fuera una aparición fugaz. A riesgo de perturbar la descarga y a despecho de los oficiales de a bordo que están allí presentes y que dejan hacer sin intervenir en un exceso de complacencia él, imperturbable, da órdenes de levantar cajas y apartar sacos, pasa una cuerda por aquí, una cadena por allá, se agita y no para de moverse hasta que la Spyker muestra su caja enorme.

- Las ruedas no están desmontadas; así que un golpe de manivela, un poco de combustible y ¡adelante! - le explica al consul de Holanda que no ha querido dejarle a otro la gloria de asistir a la toma de posesión por parte del auto holandés de la tierra del Imperio Celeste.

Es demasiado temprano en aquella zona del Extremo Oriente cuya jornada en esta estación seca se prolonga hasta altas horas de la noche; pero el cónsul de los Paises Bajos ha venido de todas formas porque además, su presencia fue requerida por la compañía de transporte, que exigía más de 30.000 francos de gastos a Godard, cuando éste no llegaba a juntar en sus bolsillos ni siquiera 100. Sin exaltarse, el cónsul da su garantía para el pago, liberando así de un solo golpe a la Spyker de la bodega del vapor y a Godard de un tormentoso problema.

Mientras Godard vibra de impaciencia y tiembla por la emoción al ver suspendida entre la tierra y el agua la enorme caja, ya se oyen algunos vivas en el puerto. Heitz y Charlot, los devotos representantes de la casa Olivier, a cuyos buenos oficios han sido confiados los automóviles de la Pekín-París desde Shanghai, disponen todo para que sean transportados a la estación.

El triciclo Contal, humilde y agazapado entre tablas muy estrechas como un caballo que agacha los cuartos para saltar mejor un obstáculo, aparece de pronto. Finalmente, les toca a las dos Dion-Bouton aparecer por encima de los muelles.

- ¡No vale de nada correr! -parece que le gritan a la Spyker- ¡Espera que nos desaten a nosotras las piernas y ya verás!

De hecho "la piernas" de la Spyker no le son ahora de ninguna utilidad. Todo queda en manos por el momento del tren que conducirá a los automóviles a Pekín. La torpeza y la inexperiencia de los coolies son extraordinarias. Es mejor por tanto dejar las máquinas en sus propias cajas hasta la estación de la capital china. Allí un escuadrón entero de bravos soldados de infantería del cuerpo de ocupación nos prestará la ayuda que necesitamos.

Pero no es una tarea muy cómoda transportar del puerto a la estación cajas tan enormes. Con ayuda de arneses minúsculos que los coolies empujan y tiran, los autos se van dirigiendo sin grandes apuros hacia la estación de Tientsin Settelements.

Se cumple con la formalidad de reservar los vagones, pero según parece en el contrato de transporte no está incluida la colocación de los autos sobre las plataformas. Los chinos no quieren hacer más esfuerzos. Nuevas negociaciones interminable con "el comprador" (un personaje inevitable en china, una especie de intermediario obligatorio entre chinos y europeos sin el que no se trata ningún negocio) y finalmente un pleno éxito diplomático.

El grave "comprador", teniendo siempre en una mano el abanico y en la otra una jaulita en cuyo travesaño salta tristemente un gorrión, imparte sus órdenes sin siquiera hacer un gesto. Una tras otra, la Spyker y la primera Dion-Bouton se elevan a una plataforma. La segunda Dion y el triciclo Contal son dispuestos en otro vagón. Las máquinas partirán mañana en nuestro mismo tren, ya que ningún piloto ha consentido separarse de su auto ni por un minuto.

¡Pobre chino este comprador! A cuan dura prueba será expuesta su fidelidad cuando mañana, no sé en cual estación, un eje sobrecalentado forzará a separar del convoy una de las dos plataformas que contienen los automóviles. Viendo aquel vagón alejarse, el desgraciado se tiraba de la coleta de desesperación, pero sin decidirse a dejar la última plataforma y venir a advertirnos de lo que sucedía. De este modo, apenas llegados a Pekín hemos tenido la desagradable sorpresa de encontrarnos solo con la Spyker y una de las Dion. ignorando donde habían podido ir a parar la otra Dion 10 HP y la Contal, ya que nuestro guardián chino no sabía hacer otra cosa sino lamentarse interminablemente.

Informado de nuestra desgracia, el ministro francés para la China Bapst, ha podido acabar con nuestra incertidumbre esa misma tarde. Las máquinas perdidas son restituidas a la una de la mañana siguiente.

Las primeras dificultades están vencidas y las primeras "particularidades chinas" están domadas. Pero aún no hemos comenzado el viaje, ni los automóviles han levantado todavía bajo sus ruedas el impalpable, penetrante, invasor y nauseabundo polvo de Pekín.

 

 

 

 

Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales