DE
PEKIN A PARIS EN AUTOMÓVIL
por
Jean du Taillis
Corresponsal de Le Matin, periódico organizador del Raid.
Traducido de la versión Italiana publicada en Milan, Fratelli Treves Editori,
1908
PRIMERA PARTE
A TRAVÉS DE ASIA
Capítulo I
Navegan los automóviles
Los últimos adioses; la partida: sollozos y algunas tímidas lágrimas. ¿A cuantos de los que hoy están en la despedida volverá a verse de nuevo? Y el sol de Provenza que sonríe, y Marsella festiva que se despereza para la mañana dominical, acentuando por el contraste la tristeza del viajero que se va lejos y cuyo barco leva anclas.
Los
participantes de la Pekín-París no tienen el alma afectada de otro modo; no
tienen el corazón menos sensible. Poseídos sin embargo por la enorme exaltación
que produce la gran empresa que van a intentar, pudiera parecer que esta partida
los deja indiferentes, pensando como deben estar ya en la otra partida....”la
partida”, la que afrontarán desde Pekín sobre sus automóviles.
También
éstos son embarcados con los más minuciosos cuidados, depositados con todas
las precauciones en la bodega y sólidamente asegurados. La Compagnie de
Messageries Maritimes ha multiplicado las instrucciones especiales de la
expedición para que estos automóviles, que mañana serán famosos, gocen de la
más segura comodidad y para que la travesía les sea leve.
L’Oceanien,
que nos transporta junto a ellos, es una nave sólida que no conoce ni el
balanceo ni el cabeceo y en el que los participantes de la Pekín-París que
tiene el honor de transportar forman una alegre compañía.
El
relato de nuestra travesía sería fastidiosamente monótono. Una sola frase la
resume de maravilla: No hacíamos otra cosa que engullir.
Primero
“engullíamos” aire puro y templado. Pero si el Mediterráneo es una
saludable cura para los pulmones, el así llamado Mar Rojo bien puede compararse
a una estufa desinfectante.. Atravesar esta estufa significa condenar a muerte a
los microbios y toda su parentela. Sin duda llegaremos a Pekín sanos y
robustos.
Pero
también engullimos arena.
La
cosa es menos divertida. En Egipto llaman a esto “Khamzin”. La palabra
parece que quiere decir “cincuenta”, y aprendemos que en las orillas del
Nilo es necesario taparse las orejas y la nariz durante cincuenta días ante
esta ardiente tempestad de remolinos de arena.
A
nosotros Alá nos gratifica solo con cincuenta horas de Khamzin; quizás incluso
menos; pero como Khamzin significa cincuenta, casi me siento obligado también
yo a exagerar un poco hasta alcanzar esa cifra.
La
comitiva de la Pekín-París no ha podido pegar ojo por culpa del Khamzin.
Mejor. Qué bien. Así nos entrenamos para el desierto del Gobi donde el mismo
viento y la misma arena nos espera. Cierto que los chinos han bautizado a esta
“agradable brisa” de otro modo: “Simún”; pero tampoco eso es un remedio
muy efectivo, así que “nos entrenamos”. Eso no impide que aquí en París,
ahora que respiramos una verdadera brisa fresca, si alguien nos pregunta por el
Khamzin o el Simun, no respondamos otra cosa que “ya tuvimos bastante,
gracias”.
¡Pero
bueno! Al fin y al cabo ¿qué tierra no tiene su pequeño vientecito del sur?
Y
L’Oceanien, que no se balancea ni cabecea, ha engullido un poco más arena de
la recomendable y ahora está atascado en el Canal de Suez, con su estribor
delante y su babor atrás. Durante toda la noche, mientras el viento soplaba y
la arena inundaba con dunas enteras el puente, los corredores y las cabinas, las
palancas han chirriado, las poleas han gritado mientras la espuma de las olas
llamaban a lo lejos, las amarras han crujido...todo con el objetivo de volver a
estar a flote. Al Alba, con la ayuda de dos remolcadores hemos podido
reemprender el camino.
Engullimos
y engullimos: aire, arena y luz.
Si
hubiera nacido poeta contaría ahora la transparencia del cielo en el trópico,
la irradiante claridad de las noches con o sin luna, y hablaría sobre todo de
las maravillosa variedad de tonos, como gemas preciosas, de los paisajes; como
esmeraldas sin igual en el Golfo de Suez, o de Lapislázuli incrustado de
corales en el paso de Moka o el de Perim... Pero yo soy y quiero seguir siendo
un reportero “globe-trotter” aunque, eso sí, enojado con los geógrafos.
¿Dónde
tenían la cabeza esos pedantes cuando tuvieron la idea de bautizar como “Mar
Rojo” al mar con el color
turquesa más perfecto del mundo? Si, si... ya me han contado que en cierta época
las huevas fecundadas de los peces se concentran en enormes bancos sobre la
superficie de las olas, dándoles una coloración rojiza; pero a menos que se
trate de huevas de peces rojos (observen si no los acuariums) no estoy dispuesto
a dejarme convencer por semejante parloteo. Y no alcanzo a comprender cómo, al
contrario de tanta gente que no ve otra cosa que turquesa, los geógrafos se
portan como esos asesinos que “lo ven todo rojo”.
¡Y
no paramos de engullir!
-
La cantidad de kilómetros que nos vamos a tragar desde aquí hasta que veamos
nuevamente el bulevar de Poissoniere – me dice un tal Jean Bizac, un mecánico
que acompaña a las Dion-Bouton.
Adormecido invariablemente en una tumbona, Jean Bizac, ex-mecánico de la Marina, que como tal navegó durante siete años sufriendo durante los siete años de mareos, asegura que se está fortaleciendo para la fatigosa carrera que estamos apunto de intentar: se entrena en permanecer sentado.
Los compañeros, viéndolo dormir, lo han apodado "la marmota"; pero reconozco con agrado que se trata de un buen tipo.
Jean Bizac es insensible a todo. El calor no le molesta. En el puente todos los demás vestimos pantalón y chaqueta blanca, camisa holgada y sobreros de paja o corcho; pero él está siempre embutido en su camisón de franela turquesa; y si por casualidad se desabrocha algún botón deja entrever una gruesa camiseta de lana. Jean Bizac suda a chorros. No lo hace más que nosotros, todos los demás; pero no está secándose a cada minuto y no se lamenta. Simplemente duerme. ¡Es un héroe!
Engullimos
también, lo confieso, comida en abundancia. La mesa es buena y el apetito
feroz: el mar, el viento y el camino le hacen hueco en el estómago a
cualquiera, qué diantre.
Porque, y esto es demasiado evidente como para callarlo, somos un grupo jovial y alocado. La Pekín-París es la alegría de L'Oceanien, donde viajan personas de grave importancia como el gobernador Bonhoure que sin embargo declara que nuestro buen humor es garantía de éxito.
En toda nuestra comitiva hay un personaje que merece una mención especial. Charles Godard, piloto del coche holandés Spyker, tiene dotes excepcionales como organizador del ocio; siempre en busca de una partida que jugar, de un baile que organizar, de una velada o de algún raro divertimento que ofrecer. El comisario de a bordo y el excelente capitán están a sus órdenes y así los pianos viajan del salón a la cubierta, y los músicos y camareros se disponen según la voluntad de Godard. Todos rien, bailan y revolotean de un lado a otro por mérito suyo.
Pero lo que acrecienta el asombro ante buen humor tan perenne, es el saber la cantidad de graves problemas no resueltos que deberían obsesionar a Charles Godard y que, en cambio, lo dejan absolutamente sereno. Es necesario contar un poco de su historia y de cómo ha llegado a formar parte de la Pekín-París.
Provisto de un auto de 15 CV y de todas las piezas de recambio que había creído oportuno coger en las oficinas de Trompenburg, además de todos los neumáticos que había considerado necesarios, el piloto de la Spyker se sentía ya como si hubiera ganado la partida. Sabiendo bien poco de geografía, escéptico en cualquier caso sobre la dificultad de la ruta, desconociendo los mapas y su uso, según él Pekín era ciertamente una ciudad lejana, pero unida con París por un suelo lo suficientemente sólido como para poder correr por él en automóvil. "Todo está allí ¿No es cierto? Por lo tanto nos ponemos en camino y llegamos".
Claro que para eso es necesario poder partir; y para eso, hay que llegar a Pekín con el auto. Para Godard comienzan entonces las dificultades, ya que nadie quiere correr con los gastos de un viaje semejante y él, desde luego, no tiene fondos para sufragarlo.
- Quiero llegar, luego es necesario que salga -va diciendo Godard.
Y en un momento los neumáticos y las piezas de recambio se convierten fácilmente en moneda contante y sonante. El viaje del piloto está así asegurado, la máquina también viajará en transporte asegurado hasta Tientsin...
- ¿Pero y luego?
- Luego ya nos arreglaremos.
Y es así como Charles Godard tiene la sublime inconsciencia de embarcarse para un viaje semejante sin recambios y sin un céntimo en el bolsillo.
La precaución de disponer los depósitos de gasolina, de neumáticos y de piezas de recambio a lo largo del camino ha supuesto para Le Matin y para cada participante un esfuerzo enorme. Godard no solo no se ha preocupado de nada sino que ha sacrificado hasta los neumáticos que tenía y podía llevar con él en la máquina.
No se tienta la fortuna de esa manera, no se corre un riesgo tan grande en una carrera tan larga con medios tan desproporcionados.
- ¿Por qué no? - Pregunta.
Y el mismo responde declarando:
- No volveré a ver París si no es reentrando en la ciudad con mi Spyker de regreso de Pekín.
Y es por esa forma de ver la vida por la que Godard no duda en gastarse sus últimos francos en un billete de primera clase cuando uno de segunda le hubiera procurado una sensible economía. Y es por eso también que se la pasa todo el tiempo organizando cotillones, y alentando a bailarines y bailarinas a bailes desenfrenados sobre el puente de L'Oceanien, ese buen barco que no cabecea ni se balancea.
No vayan a creer sin embargo que no se piensa también en cosas serias: se comentan las dificultades de tan largo recorrido y cada uno intenta encontrarle soluciones. No conocí ni un solo pasajero que no se interesase por nosotros y nuestro "insensato proyecto". Porque a bordo abundaban los oficiales de marina y los capitanes de largo recorrido que han atravesado la China y han realizado expediciones desde Pekín a todo su entorno. Sin ninguna consideración por el fuego interno que nos devora, todos estos no paran de decirnos que estamos chalados.
- Un viaje así es una locura. Ustedes y sus autos no podrán ni siquiera llegar a Nankou, suponiendo que puedan por lo menos salir de Pekín... y luego...
Ciertamente son gente brava, provista de las mejores intenciones, pero ignoran los férreos propósitos que hemos formulado y la voluntad inamovible que tenemos de pasar a toda costa: querer es poder. A todo este pesimismo, los pilotos de la Pekín-París, responden con la jerga típica del automovilismo deportivo: "¿para qué exagerar?"
Y con estos sentimientos unos y otros proseguíamos viaje con un permanente buen humor, agotando las escalas una tras otra. En un paseo por Port Said, una lucha épica con un barquero intentando conseguir pagarle un precio razonable nos divierte un poco, aunque acaba mal con un baño forzado de nuestro guía. En Djibuti nos entretenemos en el enorme campamento de Somalíes, con sus buceadores negros capaces de espantar a los mismísimos tiburones cantando a voz en grito "La Pequeña Tonkinesa" o "La Marsellesa". Ceilán nos ofrece sus cocoteros, a los que trepa Godard para recoger sus sabrosos frutos; Singapur nos reserva otras delicias y la embriagante atmósfera de sus jardines perfumados.
En Saigón es como si nos reencontráramos con Francia ... pero no es el viaje de París a Pekín el que debo contar sino el de Pekín a París. En consecuencia, solo menciono rápidamente todas las fiestas que nos esperaban en Saigon y todos los cordiales recibimientos que nos ofreció la capital de la Indochina francesa. Tuvimos paseos en automóvil en Cholon y Thudaumot, banquetes y calurosos brindis entre los cuales destaco el que nos ofreció el señor Ferriere, Director del Correo de Saigón, y otro que dio en nuestro honor el señor Rodier en el Palacio de Gobierno General de la Indochina. Es entonces cuando escucho que se califica al Raid Pekín-París como "El decimotercer trabajo de Hércules".
Llegamos acto seguido a Hong-Kong donde ascendimos a su pico de maravillosa vista. Después el estrecho de Formosa y, en medio de una bruma cálida, a veces clara, a veces opaca, Wounsoung, el suburbio marítimo de Sangai.
Y seguimos engullendo arena, luz y champan. Un eficacísimo entrenamiento que nos predisponía maravillosamente para bebernos de un trago todos los obstáculos de la ruta Pekín-París.

Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales