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Georges Cormier
EL
RAID PEKIN-PARIS
4000 lugares en automóvil
Capítulo
8
DE URGA A KIAKTA
Cenamos y nos acostamos temprano. El martes 25
de Junio a las cinco y media de la mañana dijimos adiós a la
Banca Ruso-China y a nuestros amables anfitriones, excusándonos
de haber abusado de su casa con una estancia tan prolongada. Nos
alegramos por supuesto de haber podido disfrutar de un descanso
tan reparador, porque nada más dejar Urga encontramos un camino
muy duro y en muy malas condiciones. Un monte tras otro, con
pronunciadas pendientes sobre un suelo desigual y áspero.
Acampamos a las siete de la tarde en las orillas del rio Kara,
después de haber cubierto aproximadamente 120 kilómetros.
A las cinco de la mañana del miércoles 26 de
Junio pasamos a vado el Kara. A punto he estado de quedarme en el
lecho del rio, algunos metros antes de alcanzar la orilla, pero
tras varios intentos de arrancar he podido ponerme nuevamente en
marcha.
Siempre montes y más montes y lo que es peor,
terminamos perdiéndonos. Mientras estamos parados en una cima, un
mongol curioso viene a vernos. Precediéndonos con su caballo al
galope, nos devuelve a nuestro camino poco más o menos. Desde
entonces nos encontramos con un gran numero de riachuelos que nos
vemos obligados a vadear.
Hacia las tres de la tarde la Spyker, que
marcha en cabeza de la caravana, se hunde en una ciénaga de
terreno movedizo. Es la primera vez que nos encontramos en tan
enojosa situación. Collignon y yo, que hemos quedado a 200 metros
más atrás, vamos rápidamente a ayudar al piloto. En efecto,
cada día nos vamos alternando en tomar la cabeza de la caravana,
ya que necesariamente el primer auto ha de ser el que más sufre
las dificultades de esta naturaleza.
Sentimos como el terreno se mueve bajo nuestros
pies y mientras nos vamos poniendo de acuerdo, el coche se va
hundiendo lentamente. Corremos a buscar las planchas. No paramos
de gritar. Finalmente, tras dos horas de continuos esfuerzos
conseguimos sacar el auto y llevarlo hacia atrás.
Reconociendo el terreno, me doy cuenta
enseguida que de seguir adelante nos encontraríamos siempre con
terrenos movedizos. ¿Por donde pasar?. A nuestra derecha corría
un riachuelo en el que descubro un primer vado. Bizac, con las
piernas desnudas, me cruza sobre sus espaldas del otro lado.
Explorando la otra orilla, encontramos para atravesar de nuevo el
río un nuevo paso no tan bueno como el primero porque es muy
arenoso, pero perfectamente practicable. Comprobamos que después
de haber vuelto por este segundo vado habremos superado los
terrenos movedizos. Fue por tanto este el camino que seguimos. Los
tres automóviles pasaron sin problemas.
¡No parábamos de encontrar terrenos donde
poder hacer " estupendas" medias horarias!
A las siete acampamos en la orilla del pequeño
río del que acabo de hablar, que se encuentra a unos cientos de
metros a la derecha de nuestro camino. Un poco más lejos,
distinguimos algunas tiendas cuyos habitantes no tardan en
rodearnos para asistir, sin la menor discreción por otra parte, a
todos nuestros quehaceres. Fueron a buscarnos agua, nos trajeron
leche, pero, aunque bastante hospitalarios, estaban lejos de ser
como los del desierto, completamente desinteresados.
Según nuestras estimaciones nos encontrábamos
a una treintena de kilómetros del río Iro, que ya sabíamos que
tendríamos que cruzar y así, el jueves 27 de junio a las 4 y
media nos pusimos de nuevo en marcha. El camino era execrable:
arena, vados, un valle árido. Cada cien metros era necesario
buscar a pie un lugar por el que pasar.
En lo alto de una colina bastante larga aunque
de suelo menos malo, nos cruzamos con una caravana de carretas de
bueyes, la primera de ellas llevando un banderín. Después, tras
un descenso muy arenoso, encontramos algunos árboles y vegetación
por donde serpentea un gran río. Es el Iro.
Llegados a su orilla nos miramos con
escepticismo. Es muy ancho y la corriente bastante rápida. Basándonos
en nuestros mapas pensábamos encontrar en la orilla del Iro un
pequeño pueblo del mismo nombre; pero este se encuentra a 30 kilómetros
más al este y no hay la menor traza de camino para llegar hasta
él.
En la pradera se encuentra detenida una
caravana con algunos mongoles en algo que se asemejaba a un
poblado. Probamos a hacer pasar vadeando a uno de estos mongoles a
caballo. En mitad del rio, el agua estaba ya por encima del pecho
del caballo. Estimamos que debía haber una profundidad en esa
parte de 90 centímetros y, como digo, una fortísima corriente.
Cambiamos impresiones: no era cuestión de
perder el tiempo en lamentaciones inútiles. Ya que no había otra
solución, había que intentar pasar.
Los mongoles van a buscar bueyes a la otra
orilla. Mientras, Godard desmonta su magneto. Como el encendido de
nuestras Dion-Bouton se encuentra más elevado, nos ahorramos la
misma operación y nos limitamos a elevar los cosas que llevamos
sobre los marchapiés.
Collignon abre la marcha y pasa sin problemas.
Después es mi turno y finalmente el de Godard. Hemos pasado todos
con menos dificultades de las que creíamos, aunque una larga
parada en la otra orilla resulta indispensable para volver a
ponerlo todo de nuevo en su sitio. Bizaz y Collignon reparan una
pieza de la dirección de la Spyquer que se ha estropeado cuando
marchaba a toda velocidad por un terreno muy bacheado (tras haber
discutido Godard con du Taillis de manera algo acalorada, de lo
que el coche ciertamente no era responsable).
Durante ese tiempo fotografío un grupo mongol,
después a un caballo para conseguir una imagen de la silla tan
especial de la que se sirven los magníficos jinetes que son los
mongoles.
Desde el Iro a Kiakta el camino es malo, muy
malo. Tras superar enormes dunas de arena llegamos a una zona muy
cenagosa donde estuve atascado durante una hora.
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