Georges Cormier

EL RAID PEKIN-PARIS
4000 lugares en automóvil

 

Capítulo 7

URGA Y EL DIOS VIVIENTE

 

Topamos a nuestra derecha con algunas casas que ya no son las tiendas de fieltro de los nómadas sino barracas de madera. Después, más lejos en el valle, entre dos montañas cubiertas de pinos bien verdes, distinguimos una ciudad: es Urga.

Parece como que ya hemos llegado, pero necesitamos recorrer aún antes de alcanzarla unos quince kilómetros de camino pedregoso, cruzar cinco o seis vados y un puente para llegar a Urga unas dos horas después.

A la izquierda atravesamos la ciudad mongola, donde inmediatamente nos escoltan unos jinetes guiandonos hasta la ciudad rusa situada a aproximadamente a un kilómetro y medio. Pasamos delante de Soubourganes, especie de capillas de piedra, y llegamos a la Banca Ruso-China. En el mismo momento en que paramos frente a la puerta, una dama sale a nuestro encuentro diciéndonos en correcto francés:

- Buenos dias, señores. ¿Qué tal se encuentran? Deben estar muy fatigados.

Es la señora de Stepanof, esposa del director del banco, que nos indica el lugar donde podemos aparcar nuestros vehículos. Luego se excusa de no poder recibirnos mejor, a pesar de que nos encontramos en un caserón europeo de lo más confortable, donde incluso se nos presenta la posibilidad de tomar un baño ruso.

He alcanzado al príncipe Borghese que se encuentra de visita en casa del gobernador. Podré por tanto informarle de los problemas de combustible de la Spyker y pedirle que la esperemos.

La mayor preocupación de la señora Stepanof es no tener camas suficientes para poder acostarnos todos cuando estemos al completo. La tranquilizo diciéndole que tenemos literas de campaña.

Recibo un telegrama anunciándome la llegada de du Taillis y de Godard a Udde (aproximadamente unos 500 kilometros). Llegarían por tanto en un par de días. El señor Stepanoff y el príncipe Borghese regresan en ese momento. Le participo al último todas estas noticias y le informo del deseo de los rezagados de que los esperemos todos allí, añadiendo que Collignon y yo no saldremos antes de su llegada.

El me responde que no puede esperar tanto tiempo, que a las 4 de la mañana siguiente salía para Kiakta y que lo encontraríamos de nuevo en Irkoutsk.

El gobernador chino de Urga viene a hacernos una visita justo cuando estamos en el baño y lamentamos no poder recibirle. Nos envía dos regalos: dos soberbios corderos blancos de cabeza negra y dos cántaros de vino chino. Los corderos pasan a propiedad de los señores Stepanof que los conservarán durante mucho tiempo ya que sus hijos los toman bajo su protección declarando que jamás permitirán que se los sacrifique.

A las nueve gran cena en un inmenso salón engalanado con banderas rusas, francesas, holandesas, italianas y chinas. 

Collignon, Longoni y yo abusamos de la amable hospitalidad de nuestros anfitriones hasta la llegada de los viajeros de la Spyker. Nuestra estancia en Urga no pudo ser más agradable. El domingo 23 de junio nos levantamos a las 9. Se nos trajo café con leche a nuestras habitaciones, cosa a la que desde luego no estábamos habituados. Al bajar nos confirman que Borghese ha salido a las 5 de la mañana a pesar de la insistencia  de los señores Stepanof.

Aquí encontramos el primer correo llegado de Francia. Mando un montón de cartas, pongo mis notas al día y mando a París mi primer envío de fotos, ocho rollos de 12.

La temperatura es muy inferior a la del desierto. Solamente 34º a la sombra. Esta reconfortante jornada nos permite recuperar fuerzas que vendrán muy bien para  afrontar futuras fatigas. 

Frente a la Banca pasan largas caravanas de bueyes. Estas carretas de bueyes serán las que reencontremos en nuestra ruta de Urga a Kiakta. Algunas incluso van tiradas por búfalos pero después de pasar Urga ya no encontramos más camellos.

Collignon y yo en uno de los autos salimos a ver la ciudad en la que entramos por una bonita puerta. En el interior encontramos otra más hermosa todavía y una magnífica mansión donde rápidamente nos rodea la multitud. Tomo algunas fotos de los mongoles a caballo. Las mujeres, vestidas en llamativos colores, montan igualmente a caballo adoptando la misma postura que los hombres.

Cenamos y nos acostamos temprano, y temprano también el lunes 24 de junio, nos despierta un petardeo de motor. Son du Taillis y Godard que llegan tras haber conducido una parte de la noche. Saltamos de la cama y los encontramos en el patio en un lamentable estado, fatigados y hambrientos. Godard es el más abatido. Desplomado sobre un montón de madera apenas puede moverse. Du Taillis, reconociendo caras amigas y sintiéndose en un lugar confortable empieza a rehacerse.

La señora Stepanof, desvelada por el ruido, llega y por tanto me veo en la obligación de presentarle a los dos viajeros. No puedo impedir estallar en carcajadas haciéndolo: traen el aspecto de dos tunantes, tan sucios, tan pálidos y deshechos que parecen haber dormido durante ocho días en una cantera. Estoy convencido que en cualquier otra circunstancia, la señora Stepanof hubiera corrido a refugiarse tras una barricada tras su puerta pidiendo auxilio. Mientras se le prepara un poco de comida, los conduzco a las habitaciones donde beben ávidamente una botella de cerveza.

Du Taillis nos cuenta que no se han parado en Tuerin, que no han encontrado el puesto telegráfico y han continuado su camino a pesar de las señas de los mongoles. Ha recibido un telegrama de Pons, cuyo triciclo ya no funciona aunque quiere continuar su ruta hacia Urga, Kiakta y el transiberiano ya sea a caballo o a lomos de un camello. No tenemos por tanto que esperarlo y fijamos la salida para la mañana siguiente.

Por la mañana, el señor Stepanof recibe la visita del dios viviente de Urga que nos ruega que vayamos a su palacio de verano, donde reside en ese momento, porque, dice, posee ¡un automóvil! que nunca ha podido hacer funcionar. El palacio del dios viviente no está alejado de la banca más de 5 o 6 kilómetros y quedamos en ir después del almuerzo.

El dios de Urga no es ningún personaje sin importancia. Toda la Mongolia se postra ante este fetiche vivo que solo depende de otro dios viviente, el de Lhassa. El pequeño dios mantiene por otra parte inmejorables relaciones con el grande y parece ser que durante la ocupación inglesa, fue en Urga donde se refugió el dios de Lhassa.

En una bonita habitación rodeado de monjes y sacerdotes, el pequeño dios viviente de Urga vive de las numerosas ofrendas y regalos de los mongoles de la región. Tiene un gran poder que hace sombra incluso al de los funcionarios chinos.

Así,  a las dos, después de almorzar, los tres automóviles se dirigieron a casa del dios, llevando a toda la familia Stepanoff y al interprete de la legación, ya que por supuesto no hablábamos mongol.

No habiamos entrado aún en el palacio cuando un sacerdote nos sale al paso y nos avisa de que va a hacer sacar el automóvil para que lo examinemos. ¡Pero eso no es de nuestra incumbencia! El coche que no funciona nos interesa poco. Nosotros lo que queremos es ver al dios y hablar con él. Por tanto respondemos que si él no viene en persona a pedírnoslo nosotros nos vamos sin mirar nada.

Pasa un buen rato. El asunto debe tener sus dificultades porque el sacerdote tarda en volver; pero al cabo de una media hora, después de numerosas conversaciones, el dios se inclina y debe reconocer que, a pesar de ser dios, somos nosotros los que mandamos.

Se decide por tanto a salir y aparece enseguida rodeado de muestras de respeto de todos los mongoles presentes.

- ¡Dios! ¡Anda que no es feo vuestro dios! -grita Bizac que felizmente se expresa en el más puro francés de Bergerac.

Du Taillis, al que le gustan las metáforas, tras haber declarado él también no haber visto jamás a nadie más feo que aquel personaje orondo. compara su ancha figura con la luna llena. "Una luna con ictericia", añade.

Nos lo presentan y entonces se pone a examinar mi Dion-Bouton. Desgraciadamente sobre el cliché ha salido oculto por la bandera de mi auto y por la mano de un sacerdote. Acto seguido el dios se digna examinar la Spyker. En la foto se le puede ver en el centro, cabeza descubierta. A la izquierda, con los cabellos recogido hacia atrás, aparece su mujer; a la derecha, el mongol que lleva sombrero es su hermano. Detrás de él está du Taillis.

Pasamos luego a examinar su coche. Es un regalo que se le hizo hace dos años, pero a pesar de nuestros esfuerzos, constatamos enseguida que es absolutamente imposible hacerla funcionar. Está nueva, pero todo está en mal estado. Este auto debe ser un artículo del bazar trasatlántico que jamás ha rodado y que probablemente no rodará jamás. Hacemos que informen al dios, al que este inconveniente entristece de tal forma que su plácido rostro se vuelve todo arrugado...lo que por otro lado no lo hace más bonito....¡pobre dios!

Me pregunta qué consejo puedo darle y yo simplemente le contesto que tendría que comprarse otra. Intentamos en vano que monte en uno de nuestros automóviles. Se niega categóricamente. A petición suya, le informo del precio de una 10 HP de Dion-Bouton, pero su compra no parece tentarlo y ¡prefiere hacer venir a un obrero de la fábrica de la suya para que la arregle!

Entre cordiales saludos nos despedimos. El mira rodar nuestros tres automóviles con un aire de disgusto, aunque no me pareció que fuera envidia. De todas formas, no podría asegurar nada sobre la naturaleza exacta de los sentimientos que lo agitaban en ese momento porque una de las características de este dios viviente es la de tener un rostro casi siempre inmutable. Mirad la fotografía: tiene un aire triste, fatigado... bien, usemos la palabra: un aire estúpido.

Una sola vez durante este largo encuentro lo hemos visto sonreír: cuando ha comprendido que solo abríamos los capós de nuestros autos para poder fotografiarlo y se lo ha comentado al interprete.

Desde allí vamos a casa del gobernador chino para devolverle la visita de la víspera. Este simpático individuo fue extremadamente cordial y pareció muy feliz de recibirnos en su morada donde numerosos criados nos sirvieron té y pasteles mientras él no paraba de preguntarle al señor Stepanof si deseábamos algo más. Luego nos guió el mismo, sin ceremonia, y se prestó de buen grado a que lo fotografiase con toda la familia Stepanof.

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Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales