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Georges Cormier
EL
RAID PEKIN-PARIS
4000 lugares en automóvil
Capítulo
6
EL DESIERTO DEL
GOBI O CHAMO
Martes 18 de junio. A las 5 todo el mundo está
listo para salir. El triciclo Contal nos deja media hora antes
para poder tomar un poco de ventaja sobre nosotros.
Nuestras sorpresa no para de aumentar, y
gratamente: se puede rodar, incluso de tanto en tanto alcanzar
gran velocidad. No obstante es necesario conducir con gran atención
porque de vez en cuando aparecen hoyos, rodadas, cenagales; y lo
hacen en el sitio y en el momento en el que menos se los espera,
después de tramos en muy buenas condiciones para rodar.
Las dos Dion-Bouton y la Spyker avanzan
agrupadas en fila. Por detrás Borghese cierra la marcha.
Adelantamos al triciclo y cuatro o cinco kilómetros más
adelante. cuando el coche italiano ya nos ha adelantado a su vez,
la pista que seguimos se desvía un poco a la derecha, dejando los
postes telegráficos (nuestra única guía a través del desierto)
a nuestra izquierda. Borghese se dirige a la izquierda pero
nosotros pensamos que todos estos caminos terminarán por
juntarse.
Al cabo de 7 u 8 kilómetro la Spyker, que iba
detrás de Collignon y de mi, nos hace señas para que nos
detengamos. Bajamos de los vehículos y du Taillis nos hace notar
que los postes telegráficos han desaparecido completamente. En
efecto, ni siquiera con prismáticos los vemos ya. No cabe duda,
nos hemos perdido. Sacamos los mapas, mi brújula... creemos que
hemos caminado demasiado hacia el este.
Du Taillis opina que debemos seguir ciegamente
los postes del telégrafo y que, en consecuencia, es necesario
volver a encontrarlos. Puesto que los hemos perdido por nuestra
izquierda, hay por tanto que lanzarse todo recto en esa dirección.
El desierto del Gobi, con su duro suelo, presenta esta ventaja de
no tener que volver atrás para recuperar el camino. Simplemente
enfilamos a la izquierda sin ningún inconveniente salvo el de
molestar a algunas liebres en sus madrigueras entre los matojos,
algo más tupidos por esta zona. Al cabo de media hora
reencontramos los postes y avanzamos por una nueva pista de
caravanas.
Haciendo un alto nos reunimos compartiendo
nuestra inquietud por la suerte del triciclo. Los prismáticos no
nos dicen nada y terminamos por concluir que seguramente, en las
dos horas que hemos seguido el camino equivocado, el
triciclo ha seguido al auto italiano y marcha por delante de
nosotros. Nos quedan unos 130 o 140 kilómetros hasta la estación
telegráfica de Pong-Hong.
Nos cruzamos con una caravana y llegamos a un
campamento con una decena de tiendas. Nos detenemos para examinar
el campamento de estos mongoles y a los mongoles mismos; porque si
nosotros suscitamos enormemente su curiosidad, ellos no suscitan
menos la nuestra. Se acercan en efecto sin ningún miedo a nuestro
alrededor trayéndonos leche de yegua en una especie de
escudillas de cobre basto. En cuanto uno de nosotros ha terminado
de beber su escudilla, el mongol corre a su tienda a llenarla de
nuevo, y todo esto sin exigirnos pago alguno. ¡Ah! ¡Cuanto va a
cambiar la manera de ser cuando lleguemos a Rusia!
Fotografío, desgraciadamente desde un poco
lejos porque no se prestan a ello, a un grupo de mujeres con sus
tocados hechos con piezas de cobre. Du Taillis quiere comprar uno
de esos tocados, pero no lo consigue. Solo se entregan a las jóvenes
doncellas el día de su boda.
Lo que más sorprendía a los mongoles de
nuestros coches era naturalmente la ausencia de caballos o de
cualquier otro animal de tiro. Miraban buscándolos bajo los autos
donde pensaban que bien podrían encontrarse. Estaban interesados
pero en absoluto asustados. No paraban de reír.
Hasta allí, las tierras que habíamos
atravesado no estaban demasiado desiertas; pero después, nada más;
no más tiendas, no más caravanas... El suelo en cambio era cada
vez más apto para la conducción.
A las seis de la tarde distinguimos unos 100
metros a la derecha de la línea telegráfica un pequeño
edificio... bien pequeño, absolutamente perdido en mitad de
aquella inmensa soledad... Era la primera estación telegráfica,
Pong-Hong. Habíamos recorrido aproximadamente 210 kilómetros en
esta jornada. Esto nos mejoró un poco la media de los primeros días.
El príncipe Borghese había llegado hacia
la 1 del mediodía. El triciclo no estaba allí lo que nos
sorprendió; pero el príncipe nos tranquilizó. En el momento en
que él había superado a Pons le había preguntado si necesitaba
alguna cosa y Pons le había respondído que todo iba bien. Como
todavía faltaban tres horas largas antes de que anocheciera,
pensamos que estaría por llegar.
La estación telegráfica es un cuadrilátero
de los que tres lados están ocupados por una construcción a ras
de suelo rodeando a un patio central. El cuarto lado es un muro de
tierra prensada con una puerta de entrada. El conjunto constituye
una estancia bastante apropiada en la que encontramos literas de
campaña cubiertas con esterillas.
Allí viven el jefe de la estación, un chino
que habla el inglés, con un empleado, su mujer, sus hijos, y
algunos ayudantes y coolis. Todo el edificio fue puesto a nuestra
disposición. No tuvimos necesidad de montar las tiendas y un buen
fuego en la cocina nos sirvió para prepararnos la comida.
A las 10 de la noche, hora de acostarse, Pons
no había llegado. Consulté con Collignon y Godard y decidimos ir
a conocer la opinión del príncipe Borghese. Entré por tanto en
su habitación para despertarlo.
- Pons no ha llegado todavía - le dije - ¿Qué
piensa que deberíamos hacer si no está aquí mañana por la mañana?
- Yo salgo mañana a las 3 de la mañana - me
respondió.
- Pero seguramente ni siquiera lleva suficiente
dinero mongol, solo ruso.
- Dejémosle dinero aquí -me dijo- Usted pone
unos 10 taels, yo le presto otros 10. Eso hacen 20 tael, más de
lo que necesitará. El cobrador del telégrafo se lo entregará.
Así se hizo. El miercoles 19 de junio a las 4
de la mañana, antes de dejar Pong-Hong, entregué al cobrador de
la estación los 20 taels para Pons (todavía están allí) y du
Taillis le rogó que telegrafiara al siguiente puesto cualquier
novedad con respecto a los retrasados.
Esta estación era nuestro primer puesto de
aprovisionamiento de gasolina. Godard le había pedido al príncipe
Borghese que le pasase una docena de litros. No se le pudo dar
mucho más porque los bidones habían tenido fugas mientras
estuvieron en la caravana y algunos solo estaban medio llenos. La
víspera, por la tarde, Godard ya había telegrafiado a la
siguiente estación, Udde, para preguntar si podría hacerle traer
más adelante un bidón de 45 litros. El amable Mister Johnson, el
chino jefe de la estación, le había respondido que él se
encargaría de ello: un mongol llevaría el bidón hasta 40 o 50
kilómetros por delante nuestro, y no se movería hasta que pasásemos.
Nuestra estancia en Pong-Hong estuvo llena de
peripecias. Godard olvidó allí su bonita perrita china, Pekina,
que él hubiera querido llevar hasta París. Todos lo lamentamos,
primero por su gracia, y luego porque era una excelente guardiana
con la que contábamos para advertirnos durante las noches de
acampada en caso de alerta.
A las 5 arrancamos. El príncipe Borghese salió
rápidamente por delante. Las dos Dion-Bouton y la Spyker no se
separaron. La ruta era buena aunque no tanto como el día
anterior, con algunos pasos de dunas muy arenosas. Después el
paisaje se volvió completamente llano hasta donde alcanzaba la
vista. La inmensa planicie se extendía en todas direcciones hasta
el horizonte. Nuestros Dion-Bouton no eran más que unos puntitos
en esta inmensidad del Gobi.
De pronto, en medio de este paisaje que nos hacía
sentir tan solos, tan lejos de todo, Godard se detiene, nos hace
signos para que hagamos lo mismo y nos dice:
- Se me acabó la gasolina.
Todos nos miramos boquiabiertos. ¡Quedaban
aproximadamente 180 kilómetros hasta alcanzar Udde, el próximo
puesto de repostaje! Collignon y yo examinamos nuestros depósitos.
Habíamos usado casi 30 litros para cubrir 80 kilómetros, a causa
de los lugares arenosos, donde casi todo el tiempo habiamos usado
la primera velocidad; y también debido a la evaporación, porque
el termómetro que du Taillis había situado en la sombra de la
Spyker marcaba 47º centígrados. Así, nos quedaban por hacer 180
kilómetros y en total teníamos cada uno 100 litros. Dimos 5 o 6
litros a Godard que le permitieran avanzar hasta algún pozo y
salió adelante.
Godard no había sido en absoluto razonable.
Había dejado Pong-Hong con 22 litros para hacer 260 kilómetros,
si no más. Es verdad que tenía una excusa: Desde Kalgan se había
encargado de transportar el equipaje de Pons, y sobre todo había
cargado con una gran cantidad de utillaje inútil, perteneciente
igualmente a Pons, mientras que nosotros abandonamos en
Kalgan 5 o 6 bidones de 45 litros de gasolina. Sin embargo no
pudimos evitar hacerle notar que debía estar soñando en cuanto
al calculo de consumo de gasolina de su vehículo.
30 kilómetros más adelante, es decir, a 150
de Udde, se volvió a parar irremediablemente. A Godard le quedaba
un pollo frío desgraciadamente bastante estropeado. Du Taillis,
su compañero de camino en la Spyker, tenía bastantes potajes
concentrados; pero enseguida se dio cuenta de que si bien llevaba
un hornillo de alcohol, ¡se había olvidado absolutamente de
llevar alcohol!
Tras determinar exactamente su posición en los
mapas, Collignon y yo nos dirigimos rápidamente hacia Udde para
hacerles llegar combustible. Desafortunadamente nos topamos con
algunos pasos rocosos y no pudimos alcanzar Udde ese mismo día.
Por la tarde, a las 7, estábamos a aproximadamente 50 kilómetros
y decidimos acampar. Ese día ni siquiera habíamos almorzado.
El campamento fue de todas formas encantador.
Tras una buena comida de carne en conserva y legumbres, pasamos
una noche excelente en el silencio más absoluto con un magnífico
claro de luna. Ningún ruido; ni siquiera un ladrido lejano se
escuchaba. El mundo había dejado de existir. Tal vez una o dos
veces creímos percibir el paso de una caravana, con el ruido
especial fácilmente evocable de la campana que lleva el camello
de cola. Eso fue todo.
Jueves 20 de junio. 4 de la mañana. Nuestro
bravo mecánico Bizac nos despierta como estuvo haciendo durante
todo el raid, con una rigurosa exactitud. Plegamos las tiendas, se
prepara el té y a las 5.30 nos ponemos en marcha. Apenas
avanzados unos minutos Collignon grita "¡árboles!"
En efecto, a nuestra derecha distinguimos tres
árboles, no muy encopados pero con bastantes hojas sin embargo.
Eran los primeros que se ofrecían a nuestra vista desde hacía
centenares de kilómetros. Durante toda nuestra travesía del
desierto, debimos ver (los estuve contando) once en total.
Una decena de kilómetros más lejos vemos a la
derecha, en la lejanía, una tienda y cómo se acercan hasta
nosotros dos mongoles que nos hacen ostensibles señas para que
paremos. Bajamos de los vehículos. Uno de ellos me entrega una
nota dirigida a "Du Taillis" y me muestra un bidon de
gasolina que han traido en los camellos que podemos ver a unos
cientos de metros de allí. Era el combustible destinado a Godard.
Se trataba ahora de hacerle entender a aquel bravo mongol que era
necesario que continuase el camino para llevar el bidón mucho más
lejos.
Una hora nos quedamos allí, haciendo los
cuatro los signos más estrambóticos. Los dejamos cuando
estuvimos bien seguro de que habían comprendido e iba a partir en
busca de la Spyker.
Hacia las 8, a la izquierda de una inmensa
roca, vislumbramos la estación de Udde. Es más o menos del mismo
modelo que la de Pong-Hong. Un poco mayor tal vez.
Encontramos al amable mister Johnson quien nos
anuncia que el príncipe Borghese ha pasado la noche en su casa y
ha salido a las tres de la mañana. Longoni, que habla un poco de
inglés, le cuenta que hemos encontrado la gasolina en el lugar
indicado pero que du Taillis y Godard están mucho más lejos, en
el punto que nosotros le mostramos en el mapa. El nos explica que
para llegar hasta ese sitio la forma más rápida sería enviar un
mongol a caballo que podría llevar el bidón atado a la silla.
Eso costaría 10 taels.
Cerramos el negocio y vemos partir al mongol
con un bidón de 45 litros atado a la delantera de su silla.
Como mister Johson no tiene noticias de Pons,
le ruego que se interese por él inmediatamente a Pong-Hong, desde
donde nos contestan que no han tenido noticias suyas. Inquieto,
telegrafío al señor Dorliac en Kalgan, avisándole de este
retraso y pidiéndole que me informe sobre el asunto en Tuerín,
la siguiente estación.
Telegrafío a L'Auto informándoles de nuestro
avance. Es entonces cuando mister Johnson nos cuenta que desde
hace siete años que se estableció el puesto telegráfico, era la
primera vez que se ponían telegramas aparte de los que recibía
para ser transmitidos. Lo fotografiamos en su patio, flanqueado
por Collignon y por mi, lo que le produce una gran satisfacción.
Decidimos continuar hasta Ourga, donde esperaríamos
a los rezagados para no agotar nuestros víveres de conservas. El
grupo se encontraba absolutamente diseminado: Pons y su triciclo
se habían quedado entre Kalgan y Pong.-Hong, Godard y su Spyker
entre Pong-Hong y Udde, Collignon y yo estábamos a punto de dejar
Udde y Borghese había superado ya Udde y rodaba camino de Ourga.
sin embargo, cuento con que en Ourga podremos reagruparnos,
gracias a la confortable hospitalidad que nos ofrecerá la Banca
Ruso-China.
A la una, tras un efusivo apretón de manos con
mister Johnson, dejamos Udde por un camino al principio muy
pedregoso pero que enseguida mejora aun presentando zonas arenosas
en algunas partes. Hace un calor tropical. Refrescamos nuestros
motores y hundimos nuestros bidones militares en los pozos a fin
de enfriar el té que contienen.
Los pozos del desierto para hacer beber a los
animales, camellos o bueyes, de las caravanas, son todos más o
menos del mismo modelo. Se componen de una abertura cuadrada de
madera, de poca profundidad, y de un pilón, igualmente de madera
donde se puede hacer beber a muchos animales a la vez. Los
mongoles llevan hasta ellos desde muy lejos sus rebaños de ovejas
y cabras.
Los pozos están relativamente próximos. Los más
distantes están alejados aproximadamente unos 25 kilómetros el
uno del otro. A pesar de que no tienen mucha profundidad el agua
es muy fría y por lo general bastante clara. Sin embargo, jamás
bebimos de ellos... a excepción de du Taillis cuyos intestinos se
resintieron enseguida. Los demás viajeros bebimos en todo momento
exclusivamente el té bien caliente, bien enfriado.
La tarde del 20 de Junio montamos un campamento
bastante pintoresco a unos 100 metros de un magnífico pozo. Mis
clichés reflejan bastante bien lo que era nuestra vida de nómadas:
Collignon descansa en una litera de campaña al aire libre, Bizac
pone té dentro de unas botellas "Thermos" que lo
conservarán caliente para la salida de la mañana siguiente. Paso
la cámara a Longoni a fin de aparecer yo mismo en alguna de mis
fotos y no hacer siempre la función de operador. A la derecha del
capó de mi auto se aprecia muy bien, ondeando, la bandera que me
ha confiado el comandante Laribe. Como Longoni, a pesar de ser
italiano, sufre mucho con el calor y puesto que los paseos por el
desierto no resultan a esa hora demasiado molestos, antes de la
cena va a los pozos a darse un baño refrescante.
La cena de esa noche fue otra vez suculenta:
potaje primaveral, buey en conserva, puré de patatas y compota de
pera. No nos faltó de nada. Incluso vino a amenizarla una pequeña
aventura que pasó enseguida de dramática a cómica: Como habíamos
establecido el campamento a aproximadamente 200 metros de los
pozos, enviamos a Bizac con dos cubos de tela a buscar agua para
cocinar. De pronto lo vimos regresar corriendo con los dos cubos
todavía vacíos en las manos.
- ¡No puedo acercarme! - nos gritó- ¡Hay un
oso que ha llegado al mismo tiempo que yo!
Encantado ante una ocasión tan buena, salté
sobre mi Winchester.
- Vamos -le dije- Yo te acompaño.
Se distinguía enseguida, efectivamente, un
animal de largo pelaje moreno oscuro cuya silueta desde luego
parecía la de un oso, acercándose hacia los pozos; pero se
detuvo nada más nos vio llegar... parecía que nos esperaba
educadamente. Cuanto más nos acercábamos al oso de Bizac, menos
me parecía que tuviera el aspecto de un oso. Finalmente reconocí
un enorme perro que retrocedía delante nuestro y que se limitó a
beber apaciblemente después de que nos hubiéramos alejado con
los dos cubos llenos. Luego se fue tan tranquilamente como había
venido y nunca más tuvimos noticia de él.
El viernes 21 de junio recogimos el campamento
y salimos a las 5.30. El terreno era irregular, como
habitualmente, atravesando una extraordinaria planicie de una
treintena de kilómetros, tan compacta y buena para rodar como la
mejor carretera de Francia, aunque haya siempre que desconfiar de
algunos puntos donde abundan los agujeros y los baches.
Durante mucho tiempo observamos delante nuestro
una especie de pico en medio de la llanura que a medida que nos
acercamos se muestra como una enorme peña que es el centro de una
región rocosa. El camino se vuelve pedregoso con guijarros
enormes y enseguida no es más que un sendero en mitad de las
rocas que cada vez son más y más grandes. Doblando sobre una
especie de planicie, nos topamos de golpe, a la izquierda, con un
montón de casas y otras construcciones: es Tuerin.
El ruido de los motores resuena entre las rocas
que nos rodean y no tardamos mucho en comprobar como una pequeña
tropa de mongoles se adelanta haciéndonos signos . Nos detenemos
e inmediatamente nos vemos rodeados de aquella masa extraña con
sus vivos colores... casi todos estos mongoles visten en rojo
sangre. Un sol muy fuerte ilumina sus rostros extremadamente
cobrizos. Están sucios pero todos juntos conforman una fabulosa
visión de un colorido extraordinario. Son las 4 de la tarde.
Nuestra intención es seguir el camino pero ellos nos hacen
entender por signos que es necesario que nos desviemos a la
derecha.
A la derecha no hay mas que matrorrales y un
caos de rocas dispersas; pero como antes, para poder recorrer esta
parte accidentada del terreno, habíamos tenido que abandonar los
postes telegráficos a nuestra derecha, pensé que su consejo podía
ser bueno y me adelanté a pie para reconocer el terreno en compañía
de uno de aquellos mongoles. Una vez más debo constatar la
inteligencia de esta raza: supo hacerme comprender perfectamente
que la estación telegráfica se encontraba por esa parte. Me
mostró las huellas dejadas por las ruedas del príncipe Borghese
en las partes arenosas y me señaló un pequeño camino que salía
del lugar donde nos encontrábamos y que él no había tomado.
Volví entonces para reencontrarme con
Collignon, y con nuestros vehículos ascendimos por esta pendiente
en medio de un enorme caos rocoso que nos condujo a la estación
telegráfica de Tuerin, absolutamente colgada, como un nido de
aguila, sobre aquel peñón enorme que domina la planicie.
El puesto es semejante a los que he descrito más
arriba salvo por un pequeño detalle: sus muros son de madera. Están
formados de postes telegráficos superpuestos. Fotografío al
encargado y a sus hijos delante de la puerta. Después, a petición
suya, le he enviado por correo dos copias de la foto que han
salido con la siguiente dirección:
Ito Yaw Ziang
Telégrafo de Tuerin (Mongolia)
comandar a Telegrafo de Urga.
Es el telegrafista de Urga quien tendrá que
hacérselas llegar por una caravana.
Yo había fotografiado igualmente un grupo de
mongoles a los que mister Ito Yaw Ziang había explicado que yo
les enviaría las fotografías y que podrían entonces
enorgullecerse. Esta pobre gente habrá tenido una gran desilusión,
el cliché no salió bien.
Encuentro un telegrama del señor Dorliac, de
Kalgan, diciendo:
"Tutong de Chakhars enviará soldados en
busca de Pons"
Esto nos tranquiliza. Si Pons no consigue
alcanzar Pong-Hong los soldados lo encontrarán.
Du Taillis y Godard todavía no han llegado a
Udde. Me ponco en contacto telegráfico con mister Johnson que me
asegura que no debo inquietarme, que con toda seguridad su mongol
los encontrará. Borghese ha dejado Tuerin a las 3 de la mañana y
está en Urga desde el mediodía.
Tuerin es un monasterio perdido en medio del
Gobi incluyendo un templo del Gran Lama. Encontramos allí leche
fresca y arroz, lo que nos permite añadir a nuestros potajes y
carne en conserva un exquisito arroz con leche preparado por
Longoni.
Es por esta zona donde atravesamos durante una
treintena de kilómetros una parte algo húmeda donde crece la
hierba algo más alta de la que habíamos encontrado hasta
entonces. Había millones y millones de perdices que apenas se
asustaban a nuestro paso. Encontrábamos a nuestro alrededor ejércitos
enteros de ellas que no se sobresaltaban ni siquiera a cinco o
seis metros de los autos en marcha. Esto no dejará de provocar
una sonrisa de envidia en el rostro de los cazadores que me lean.
Desgraciadamente, no llevaba mas que una carabina Winchester de
balas. En cuanto a la posibilidad de volver allí, quizás queda
un poco lejos.
Encontramos también en aquel lugar muchas
garzas y pájaros acuáticos, a pesar de que no distinguimos ni
una gota de agua y solamente el suelo presentaba algo de humedad.
El sábado 22 de junio a las 5.30 de la mañana
descendimos de nuestro refugio telegráfico y abandonamos Tuerin
donde todo el mundo dormía todavía. Dejamos atrás este hermoso
lugar avanzando durante algunos kilómetros por un camino bastante
malo aunque tremendamente curioso por las caprichosas formas
de las rocas que lo bordean. Poco después hemos encontrado un
terreno que por momentos era una mesa de billar y así continuaría
el resto de esta etapa en la que hemos encontrado el mejor suelo,
el más apropiado para rodar. Durante la mayor parte del tiempo
hemos podido avanzar a toda velocidad.
La caza sigue mostrándose abundante. Algunas
manadas de antílopes vienen a distraernos interrumpiendo la
monotonía de la ruta. Mi temperamento de cazador hizo que yo
perdiese muchas horas intentando acertarle de un disparo a uno de
estos rápidos animales. Desgraciadamente no tuve la satisfacción
de conseguirlo. Me fue imposible acercarme incluso arrastrándome.
Numerosas águilas y buitres pasaron sobre
nuestras cabezas; además, cosa bastante sorprendente ya que el país
era extremadamente seco y los pozos allí son incluso más raros
que el la región anterior, abundaban los pájaros acuáticos:
patos, cercetas, garzas, chorlitos, etc. Las aves de presa, muy
numerosas en el Gobi, suelen alimentarse con cadáveres de
animales, camellos y bueyes que dejan tras de sí las caravanas.
Los esqueletos que cubren la ruta de las
caravanas son innumerables. Casi se podría decir que el camino
está tapizado con ellos. Si no hubiera hilo telegráfico por el
que guiarnos, ellos podrían mantenernos igualmente por el buen
camino.
La zona se vuelve montañosa. Las colinas se
suceden una tras otra hasta que una de ellas especialmente árida
nos hace descender sobre un valle muy pedregoso, un campo de peñascos
por el que avanzamos con grandísimas dificultades. A partir de
ese lugar, se produce un cambio brusco en el paisaje: empezamos a
ver algunos pinos esparcidos por las cimas montañosas, la hierba
es verde y encontramos vacas pastando. En el fondo del valle, un
arroyuelo, o mejor un pequeño torrente, transporta un agua clara
y limpia. ¡Es el final del desierto! ¡Adiós Gobi!
Tú que tanto nos habías asustado, y del que
según el príncipe T'Ching y sus ministros no íbamos a salir
vivos. Guardamos de ti el mejor de los recuerdos, de tu suelo, a
veces traidor pero con frecuencia estupendo para la conducción a
través de sus gravas multicolores.
Adios kirguisios y mongoles, gente
hospitalaria, desinteresada y de enorme inteligencia.
Puede que los 13 o 14.000 kilómetros que nos
quedan por cubrir no nos reserven tantas dificultades ni tantas
sorpresas como tú, bravo desierto. ¡Adiós Gobi! ¡Adiós Chamo!
aunque nunca se sabe... quizás... hasta la vista.
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