Georges Cormier

EL RAID PEKIN-PARIS
4000 lugares en automóvil

 

Capítulo 6

EL DESIERTO DEL GOBI O CHAMO

 

 

Martes 18 de junio. A las 5 todo el mundo está listo para salir. El triciclo Contal nos deja media hora antes para poder tomar un poco de ventaja sobre nosotros.

Nuestras sorpresa no para de aumentar, y gratamente: se puede rodar, incluso de tanto en tanto alcanzar gran velocidad. No obstante es necesario conducir con gran atención porque de vez en cuando aparecen hoyos, rodadas, cenagales; y lo hacen en el sitio y en el momento en el que menos se los espera, después de tramos en muy buenas condiciones para rodar.

Las dos Dion-Bouton y la Spyker avanzan agrupadas en fila. Por detrás Borghese cierra la marcha. Adelantamos al triciclo y cuatro o cinco kilómetros más adelante. cuando el coche italiano ya nos ha adelantado a su vez, la pista que seguimos se desvía un poco a la derecha, dejando los postes telegráficos (nuestra única guía a través del desierto) a nuestra izquierda. Borghese se dirige a la izquierda pero nosotros pensamos que todos estos caminos terminarán por juntarse.

Al cabo de 7 u 8 kilómetro la Spyker, que iba detrás de Collignon y de mi, nos hace señas para que nos detengamos. Bajamos de los vehículos y du Taillis nos hace notar que los postes telegráficos han desaparecido completamente. En efecto, ni siquiera con prismáticos los vemos ya. No cabe duda, nos hemos perdido. Sacamos los mapas, mi brújula... creemos que hemos caminado demasiado hacia el este.

Du Taillis opina que debemos seguir ciegamente los postes del telégrafo y que, en consecuencia, es necesario volver a encontrarlos. Puesto que los hemos perdido por nuestra izquierda, hay por tanto que lanzarse todo recto en esa dirección. El desierto del Gobi, con su duro suelo, presenta esta ventaja de no tener que volver atrás para recuperar el camino. Simplemente enfilamos a la izquierda sin ningún inconveniente salvo el de molestar a algunas liebres en sus madrigueras entre los matojos, algo más tupidos por esta zona. Al cabo de media hora reencontramos los postes y avanzamos por una nueva pista de caravanas.

Haciendo un alto nos reunimos compartiendo nuestra inquietud por la suerte del triciclo. Los prismáticos no nos dicen nada y terminamos por concluir que seguramente, en las dos horas que hemos  seguido el camino equivocado, el triciclo ha seguido al auto italiano y marcha por delante de nosotros. Nos quedan unos 130 o 140 kilómetros hasta la estación telegráfica de Pong-Hong.

Nos cruzamos con una caravana y llegamos a un campamento con una decena de tiendas. Nos detenemos para examinar el campamento de estos mongoles y a los mongoles mismos; porque si nosotros suscitamos enormemente su curiosidad, ellos no suscitan menos la nuestra. Se acercan en efecto sin ningún miedo a nuestro alrededor trayéndonos leche de yegua en una especie de escudillas de cobre basto. En cuanto uno de nosotros ha terminado de beber su escudilla, el mongol corre a su tienda a llenarla de nuevo, y todo esto sin exigirnos pago alguno. ¡Ah! ¡Cuanto va a cambiar la manera de ser cuando lleguemos a Rusia!

Fotografío, desgraciadamente desde un poco lejos porque no se prestan a ello, a un grupo de mujeres con sus tocados hechos con piezas de cobre. Du Taillis quiere comprar uno de esos tocados, pero no lo consigue. Solo se entregan a las jóvenes doncellas el día de su boda.

Lo que más sorprendía a los mongoles de nuestros coches era naturalmente la ausencia de caballos o de cualquier otro animal de tiro. Miraban buscándolos bajo los autos donde pensaban que bien podrían encontrarse. Estaban interesados pero en absoluto asustados. No paraban de reír.

Hasta allí, las tierras que habíamos atravesado no estaban demasiado desiertas; pero después, nada más; no más tiendas, no más caravanas... El suelo en cambio era cada vez más apto para la conducción.

A las seis de la tarde distinguimos unos 100 metros a la derecha de la línea telegráfica un pequeño edificio... bien pequeño, absolutamente perdido en  mitad de aquella inmensa soledad... Era la primera estación telegráfica, Pong-Hong. Habíamos recorrido aproximadamente 210 kilómetros en esta jornada. Esto nos mejoró un poco la media de los primeros días.

El príncipe Borghese había llegado hacia  la 1 del mediodía. El triciclo no estaba allí lo que nos sorprendió; pero el príncipe nos tranquilizó. En el momento en que él había superado a Pons le había preguntado si necesitaba alguna cosa y Pons le había respondído que todo iba bien. Como todavía faltaban tres horas largas antes de que anocheciera, pensamos que estaría por llegar.

La estación telegráfica es un cuadrilátero de los que tres lados están ocupados por una construcción a ras de suelo rodeando a un patio central. El cuarto lado es un muro de tierra prensada con una puerta de entrada. El conjunto constituye una estancia bastante apropiada en la que encontramos literas de campaña cubiertas con esterillas.

Allí viven el jefe de la estación, un chino que habla el inglés, con un empleado, su mujer, sus hijos, y algunos ayudantes y coolis. Todo el edificio fue puesto a nuestra disposición. No tuvimos necesidad de montar las tiendas y un buen fuego en la cocina nos sirvió para prepararnos la comida.

A las 10 de la noche, hora de acostarse, Pons no había llegado. Consulté con Collignon y Godard y decidimos ir a conocer la opinión del príncipe Borghese. Entré por tanto en su habitación para despertarlo.

- Pons no ha llegado todavía - le dije - ¿Qué piensa que deberíamos hacer si no está aquí mañana por la mañana?

- Yo salgo mañana a las 3 de la mañana - me respondió.

- Pero seguramente ni siquiera lleva suficiente dinero mongol, solo ruso.

- Dejémosle dinero aquí -me dijo- Usted pone unos 10 taels, yo le presto otros 10. Eso hacen 20 tael, más de lo que necesitará. El cobrador del telégrafo se lo entregará.

Así se hizo. El miercoles 19 de junio a las 4 de la mañana, antes de dejar Pong-Hong, entregué al cobrador de la estación los 20 taels para Pons (todavía están allí) y du Taillis le rogó que telegrafiara al siguiente puesto cualquier novedad con respecto a los retrasados.

Esta estación era nuestro primer puesto de aprovisionamiento de gasolina. Godard le había pedido al príncipe Borghese que le pasase una docena de litros. No se le pudo dar mucho más porque los bidones habían tenido fugas mientras estuvieron en la caravana y algunos solo estaban medio llenos. La víspera, por la tarde, Godard ya había telegrafiado a la siguiente estación, Udde, para preguntar si podría hacerle traer más adelante un bidón de 45 litros. El amable Mister Johnson, el chino jefe de la estación, le había respondido que él se encargaría de ello: un mongol llevaría el bidón hasta 40 o 50 kilómetros por delante nuestro, y no se movería hasta que pasásemos.

Nuestra estancia en Pong-Hong estuvo llena de peripecias. Godard olvidó allí su bonita perrita china, Pekina, que él hubiera querido llevar hasta París. Todos lo lamentamos, primero por su gracia, y luego porque era una excelente guardiana con la que contábamos para advertirnos durante las noches de acampada en caso de alerta.

A las 5 arrancamos. El príncipe Borghese salió rápidamente por delante. Las dos Dion-Bouton y la Spyker no se separaron. La ruta era buena aunque no tanto como el día anterior, con algunos pasos de dunas muy arenosas. Después el paisaje se volvió completamente llano hasta donde alcanzaba la vista. La inmensa planicie se extendía en todas direcciones hasta el horizonte. Nuestros Dion-Bouton no eran más que unos puntitos en esta inmensidad del Gobi.

De pronto, en medio de este paisaje que nos hacía sentir tan solos, tan lejos de todo, Godard se detiene, nos hace signos para que hagamos lo mismo y nos dice:

- Se me acabó la gasolina.

Todos nos miramos boquiabiertos. ¡Quedaban aproximadamente 180 kilómetros hasta alcanzar Udde, el próximo puesto de repostaje! Collignon y yo examinamos nuestros depósitos. Habíamos usado casi 30 litros para cubrir 80 kilómetros, a causa de los lugares arenosos, donde casi todo el tiempo habiamos usado la primera velocidad; y también debido a la evaporación, porque el termómetro que du Taillis había situado en la sombra de la Spyker marcaba 47º centígrados. Así, nos quedaban por hacer 180 kilómetros y en total teníamos cada uno 100 litros. Dimos 5 o 6 litros a Godard que le permitieran avanzar hasta algún pozo y salió adelante.

Godard no había sido en absoluto razonable. Había dejado Pong-Hong con 22 litros para hacer 260 kilómetros, si no más. Es verdad que tenía una excusa: Desde Kalgan se había encargado de transportar el equipaje de Pons, y sobre todo había cargado con una gran cantidad de utillaje inútil, perteneciente igualmente a Pons, mientras que  nosotros abandonamos en Kalgan 5 o 6 bidones de 45 litros de gasolina. Sin embargo no pudimos evitar hacerle notar que debía estar soñando en cuanto al calculo de consumo de gasolina de su vehículo. 

30 kilómetros más adelante, es decir, a 150 de Udde, se volvió a parar irremediablemente. A Godard le quedaba un pollo frío desgraciadamente bastante estropeado. Du Taillis, su compañero de camino en la Spyker, tenía bastantes potajes concentrados; pero enseguida se dio cuenta de que si bien llevaba un hornillo de alcohol, ¡se había olvidado absolutamente de llevar alcohol!

Tras determinar exactamente su posición en los mapas, Collignon y yo nos dirigimos rápidamente hacia Udde para hacerles llegar combustible. Desafortunadamente nos topamos con algunos pasos rocosos y no pudimos alcanzar Udde ese mismo día. Por la tarde, a las 7, estábamos a aproximadamente 50 kilómetros y decidimos acampar. Ese día ni siquiera habíamos almorzado.

El campamento fue de todas formas encantador. Tras una buena comida de carne en conserva y legumbres, pasamos una noche excelente en el silencio más absoluto con un magnífico claro de luna. Ningún ruido; ni siquiera un ladrido lejano se escuchaba. El mundo había dejado de existir. Tal vez una o dos veces creímos percibir el paso de una caravana, con el ruido especial fácilmente evocable de la campana que lleva el camello de cola. Eso fue todo.

Jueves 20 de junio. 4 de la mañana. Nuestro bravo mecánico Bizac nos despierta como estuvo haciendo durante todo el raid, con una rigurosa exactitud. Plegamos las tiendas, se prepara el té y a las 5.30 nos ponemos en marcha. Apenas avanzados unos minutos Collignon grita "¡árboles!"

En efecto, a nuestra derecha distinguimos tres árboles, no muy encopados pero con bastantes hojas sin embargo. Eran los primeros que se ofrecían a nuestra vista desde hacía centenares de kilómetros. Durante toda nuestra travesía del desierto, debimos ver (los estuve contando) once en total.

Una decena de kilómetros más lejos vemos a la derecha, en la lejanía, una tienda y cómo se acercan hasta nosotros dos mongoles que nos hacen ostensibles señas para que paremos. Bajamos de los vehículos. Uno de ellos me entrega una nota dirigida a "Du Taillis" y me muestra un bidon de gasolina que han traido en los camellos que podemos ver a unos cientos de metros de allí. Era el combustible destinado a Godard. Se trataba ahora de hacerle entender a aquel bravo mongol que era necesario que continuase el camino para llevar el bidón mucho más lejos.

Una hora nos quedamos allí, haciendo los cuatro los signos más estrambóticos. Los dejamos cuando estuvimos bien seguro de que habían comprendido e iba a partir en busca de la Spyker. 

Hacia las 8, a la izquierda de una inmensa roca, vislumbramos la estación de Udde. Es más o menos del mismo modelo que la de Pong-Hong. Un poco mayor tal vez.

Encontramos al amable mister Johnson quien nos anuncia que el príncipe Borghese ha pasado la noche en su casa y ha salido a las tres de la mañana. Longoni, que habla un poco de inglés, le cuenta que hemos encontrado la gasolina en el lugar indicado pero que du Taillis y Godard están mucho más lejos, en el punto que nosotros le mostramos en el mapa. El nos explica que para llegar hasta ese sitio la forma más rápida sería enviar un mongol a caballo que podría llevar el bidón atado a la silla. Eso costaría 10 taels. 

Cerramos el negocio y vemos partir al mongol con un bidón de 45 litros atado a la delantera de su silla.

Como mister Johson no tiene noticias de Pons, le ruego que se interese por él inmediatamente a Pong-Hong, desde donde nos contestan que no han tenido noticias suyas. Inquieto, telegrafío al señor Dorliac en Kalgan, avisándole de este retraso y pidiéndole que me informe sobre el asunto en Tuerín, la siguiente estación.

Telegrafío a L'Auto informándoles de nuestro avance. Es entonces cuando mister Johnson nos cuenta que desde hace siete años que se estableció el puesto telegráfico, era la primera vez que se ponían telegramas aparte de los que recibía para ser transmitidos. Lo fotografiamos en su patio, flanqueado por Collignon y por mi, lo que le produce una gran satisfacción.

Decidimos continuar hasta Ourga, donde esperaríamos a los rezagados para no agotar nuestros víveres de conservas. El grupo se encontraba absolutamente diseminado: Pons y su triciclo se habían quedado entre Kalgan y Pong.-Hong, Godard y su Spyker entre Pong-Hong y Udde, Collignon y yo estábamos a punto de dejar Udde y Borghese había superado ya Udde y rodaba camino de Ourga. sin embargo, cuento con que en Ourga podremos reagruparnos, gracias a la confortable hospitalidad que nos ofrecerá la Banca Ruso-China.

A la una, tras un efusivo apretón de manos con mister Johnson, dejamos Udde por un camino al principio muy pedregoso pero que enseguida mejora aun presentando zonas arenosas en algunas partes. Hace un calor tropical. Refrescamos nuestros motores y hundimos nuestros bidones militares en los pozos a fin de enfriar el té que contienen.

Los pozos del desierto para hacer beber a los animales, camellos o bueyes, de las caravanas, son todos más o menos del mismo modelo. Se componen de una abertura cuadrada de madera, de poca profundidad, y de un pilón, igualmente de madera donde se puede hacer beber a muchos animales a la vez. Los mongoles llevan hasta ellos desde muy lejos sus rebaños de ovejas y cabras.

Los pozos están relativamente próximos. Los más distantes están alejados aproximadamente unos 25 kilómetros el uno del otro. A pesar de que no tienen mucha profundidad el agua es muy fría y por lo general bastante clara. Sin embargo, jamás bebimos de ellos... a excepción de du Taillis cuyos intestinos se resintieron enseguida. Los demás viajeros bebimos en todo momento exclusivamente el té bien caliente, bien enfriado.

La tarde del 20 de Junio montamos un campamento bastante pintoresco a unos 100 metros de un magnífico pozo. Mis clichés reflejan bastante bien lo que era nuestra vida de nómadas: Collignon descansa en una litera de campaña al aire libre, Bizac pone té dentro de unas botellas "Thermos" que lo conservarán caliente para la salida de la mañana siguiente. Paso la cámara a Longoni a fin de aparecer yo mismo en alguna de mis fotos y no hacer siempre la función de operador. A la derecha del capó de mi auto se aprecia muy bien, ondeando, la bandera que me ha confiado el comandante Laribe. Como Longoni, a pesar de ser italiano, sufre mucho con el calor y puesto que los paseos por el desierto no resultan a esa hora demasiado molestos, antes de la cena va a los pozos a darse un baño refrescante.

La cena de esa noche fue otra vez suculenta: potaje primaveral, buey en conserva, puré de patatas y compota de pera. No nos faltó de nada. Incluso vino a amenizarla una pequeña aventura que pasó enseguida de dramática a cómica: Como habíamos establecido el campamento a aproximadamente 200 metros de los pozos, enviamos a Bizac con dos cubos de tela a buscar agua para cocinar. De pronto lo vimos regresar corriendo con los dos cubos todavía vacíos en las manos.

- ¡No puedo acercarme! - nos gritó- ¡Hay un oso que ha llegado al mismo tiempo que yo!

Encantado ante una ocasión tan buena, salté sobre mi Winchester.

- Vamos -le dije- Yo te acompaño.

Se distinguía enseguida, efectivamente, un animal de largo pelaje moreno oscuro cuya silueta desde luego parecía la de un oso, acercándose hacia los pozos; pero se detuvo nada más nos vio llegar... parecía que nos esperaba educadamente. Cuanto más nos acercábamos al oso de Bizac, menos me parecía que tuviera el aspecto de un oso. Finalmente reconocí un enorme perro que retrocedía delante nuestro y que se limitó a beber apaciblemente después de que nos hubiéramos alejado con los dos cubos llenos. Luego se fue tan tranquilamente como había venido y nunca más tuvimos noticia de él.

El viernes 21 de junio recogimos el campamento y salimos a las 5.30. El terreno era irregular, como habitualmente, atravesando una extraordinaria planicie de una treintena de kilómetros, tan compacta y buena para rodar como la mejor carretera de Francia, aunque haya siempre que desconfiar de algunos puntos donde abundan los agujeros y los baches.

Durante mucho tiempo observamos delante nuestro una especie de pico en medio de la llanura que a medida que nos acercamos se muestra como una enorme peña que es el centro de una región rocosa. El camino se vuelve pedregoso con guijarros enormes y enseguida no es más que un sendero en mitad de las rocas que cada vez son más y más grandes. Doblando sobre una especie de planicie, nos topamos de golpe, a la izquierda, con un montón de casas y otras construcciones: es Tuerin.

El ruido de los motores resuena entre las rocas que nos rodean y no tardamos mucho en comprobar como una pequeña tropa de mongoles se adelanta haciéndonos signos . Nos detenemos e inmediatamente nos vemos rodeados de aquella masa extraña con sus vivos colores... casi todos estos mongoles visten en rojo sangre. Un sol muy fuerte ilumina sus rostros extremadamente cobrizos. Están sucios pero todos juntos conforman una fabulosa visión de un colorido extraordinario. Son las 4 de la tarde. Nuestra intención es seguir el camino pero ellos nos hacen entender por signos que es necesario que nos desviemos a la derecha. 

A la derecha no hay mas que matrorrales y un caos de rocas dispersas; pero como antes, para poder recorrer esta parte accidentada del terreno, habíamos tenido que abandonar los postes telegráficos a nuestra derecha, pensé que su consejo podía ser bueno y me adelanté a pie para reconocer el terreno en compañía de uno de aquellos mongoles. Una vez más debo constatar la inteligencia de esta raza: supo hacerme comprender perfectamente que la estación telegráfica se encontraba por esa parte. Me mostró las huellas dejadas por las ruedas del príncipe Borghese en las partes arenosas y me señaló un pequeño camino que salía del lugar donde nos encontrábamos y que él no había tomado.

Volví entonces para reencontrarme con Collignon, y con nuestros vehículos ascendimos por esta pendiente en medio de un enorme caos rocoso que nos condujo a la estación telegráfica de Tuerin, absolutamente colgada, como un nido de aguila, sobre aquel peñón enorme que domina la planicie.

El puesto es semejante a los que he descrito más arriba salvo por un pequeño detalle: sus muros son de madera. Están formados de postes telegráficos superpuestos. Fotografío al encargado y a sus hijos delante de la puerta. Después, a petición suya, le he enviado por correo dos copias de la foto que han salido con la siguiente dirección:

Ito Yaw Ziang
Telégrafo de Tuerin (Mongolia)
comandar a Telegrafo de Urga.

Es el telegrafista de Urga quien tendrá que hacérselas llegar por una caravana.

Yo había fotografiado igualmente un grupo de mongoles a los que mister Ito Yaw Ziang había explicado que yo les enviaría las fotografías y que podrían entonces enorgullecerse. Esta pobre gente habrá tenido una gran desilusión, el cliché no salió bien.

Encuentro un telegrama del señor Dorliac, de Kalgan, diciendo:

"Tutong de Chakhars enviará soldados en busca de Pons"

Esto nos tranquiliza. Si Pons no consigue alcanzar Pong-Hong los soldados lo encontrarán.

Du Taillis y Godard todavía no han llegado a Udde. Me ponco en contacto telegráfico con mister Johnson que me asegura que no debo inquietarme, que con toda seguridad su mongol los encontrará. Borghese ha dejado Tuerin a las 3 de la mañana y está en Urga desde el mediodía.

Tuerin es un monasterio perdido en medio del Gobi incluyendo un templo del Gran Lama. Encontramos allí leche fresca y arroz, lo que nos permite añadir a nuestros potajes y carne en conserva un exquisito arroz con leche preparado por Longoni.

Es por esta zona donde atravesamos durante una treintena de kilómetros una parte algo húmeda donde crece la hierba algo más alta de la que habíamos encontrado hasta entonces. Había millones y millones de perdices que apenas se asustaban a nuestro paso. Encontrábamos a nuestro alrededor ejércitos enteros de ellas que no se sobresaltaban ni siquiera a cinco o seis metros de los autos en marcha. Esto no dejará de provocar una sonrisa de envidia en el rostro de los cazadores que me lean. Desgraciadamente, no llevaba mas que una carabina Winchester de balas. En cuanto a la posibilidad de volver allí, quizás queda un poco lejos. 

Encontramos también en aquel lugar muchas garzas y pájaros acuáticos, a pesar de que no distinguimos ni una gota de agua y solamente el suelo presentaba algo de humedad.

El sábado 22 de junio a las 5.30 de la mañana descendimos de nuestro refugio telegráfico y abandonamos Tuerin donde todo el mundo dormía todavía. Dejamos atrás este hermoso lugar avanzando durante algunos kilómetros por un camino bastante malo  aunque tremendamente curioso por las caprichosas formas de las rocas que lo bordean. Poco después hemos encontrado un terreno que por momentos era una mesa de billar y así continuaría el resto de esta etapa en la que hemos encontrado el mejor suelo, el más apropiado para rodar. Durante la mayor parte del tiempo hemos podido avanzar a toda velocidad.

La caza sigue mostrándose abundante. Algunas manadas de antílopes vienen a distraernos interrumpiendo la monotonía de la ruta. Mi temperamento de cazador hizo que yo perdiese muchas horas intentando acertarle de un disparo a uno de estos rápidos animales. Desgraciadamente no tuve la satisfacción de conseguirlo. Me fue imposible acercarme incluso arrastrándome.

Numerosas águilas y buitres pasaron sobre nuestras cabezas; además, cosa bastante sorprendente ya que el país era extremadamente seco y los pozos allí son incluso más raros que el la región anterior,  abundaban los pájaros acuáticos: patos, cercetas, garzas, chorlitos, etc. Las aves de presa, muy numerosas en el Gobi, suelen  alimentarse con cadáveres de animales, camellos y bueyes que dejan tras de sí las caravanas.

Los esqueletos que cubren la ruta de las caravanas son innumerables. Casi se podría decir que el camino está tapizado con ellos. Si no hubiera hilo telegráfico por el que guiarnos, ellos podrían mantenernos igualmente por el buen camino.

La zona se vuelve montañosa. Las colinas se suceden una tras otra hasta que una de ellas especialmente árida nos hace descender sobre un valle muy pedregoso, un campo de peñascos por el que avanzamos con grandísimas dificultades. A partir de ese lugar, se produce un cambio brusco en el paisaje: empezamos a ver algunos pinos esparcidos por las cimas montañosas, la hierba es verde y encontramos vacas pastando. En el fondo del valle, un arroyuelo, o mejor un pequeño torrente, transporta un agua clara y limpia. ¡Es el final del desierto! ¡Adiós Gobi!

Tú que tanto nos habías asustado, y del que según el príncipe T'Ching y sus ministros no íbamos a salir vivos. Guardamos de ti el mejor de los recuerdos, de tu suelo, a veces traidor pero con frecuencia estupendo para la conducción a través de sus gravas multicolores.

Adios kirguisios y mongoles, gente hospitalaria, desinteresada y de enorme inteligencia.

Puede que los 13 o 14.000 kilómetros que nos quedan por cubrir no nos reserven tantas dificultades ni tantas sorpresas como tú, bravo desierto. ¡Adiós Gobi! ¡Adiós Chamo! aunque nunca se sabe... quizás... hasta la vista.

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Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales