Georges Cormier

EL RAID PEKIN-PARIS
4000 lugares en automóvil

Capítulo 5

KALGAN

 

Domingo 16 de Junio.- Desde Yu-Lin no estábamos mas que a algunos kilómetros de Kalgan , a la que llegamos en cuatro horas avanzando por caminos llenos de rodadas o muy arenosos. Entramos en la ciudad por un bonito puente de piedra.

En la calle nos rodea la misma multitud que en Huens-Wafou, un gentío que se precipita al mismo tiempo que nosotros al interior del patio del albergue. Así, estamos encantados de aceptar la proposición del señor Dorliac, director de la banca Ruso-China, de guardar nuestros vehículos en el patio del banco. Nos quedamos entonces más tranquilos. Aunque ahora los chinos suben a los tejados para poder ver los autos. Toda esta gente lleva añadiendose a lo pintoresco del lugar, unos vestidos en colores muy vivos entre los que domina el azul que allí es el color del pueblo, un poco como los monos azules de nuestros obreros. Los mogoles llevan un rojo muy vivo o amarillo con botones dorados.

El hotel, o más bien el albergue, no es muy lujoso pero el señor Dorliac tiene la amabilidad de recibirnos para almorzar y para cenar en su casa, pudiendo por tanto hacer todo ello a la europea. En esta jornada recibimos la visita del Subdirector de Asuntos Extranjeros de Kalgan, E-Le-E-Tai-Viu, muy interesado en los automóviles, llevando consigo a su hija de unos doce años. El Príncipe Borghese los llena de alegría dándoles un pequeño paseo de algunos minutos por la ciudad.

La jornada transcurre entre verificaciones y engrasado de los autos ya que a la mañana siguiente tenemos que intentar superar el paso de Kalgan por nuestros propios medios. También necesitamos proveernos en el banco de moneda mogola, llamada tael. Son en realidad trozos de plata que se pesan en una pequeña balanza especial y se cortan y recortan hasta darles el peso equivalente al valor deseado aunque naturalmente ya los hay de todos los pesos, de todas las formas y de cualquier dimensión.

En Kalgan ya se nos había estado esperando con la más viva curiosidad. El 31 de mayo el señor Dorliac había escrito a Pekín:

"Todo el mundo aquí, chinos y mogoles sobretodo, esperan con gran impaciencia la llegada de los automovilistas y de sus maravillosas máquinas que sortean todos los obstáculos".

Kalgan, llamada en chino Tchang-Kia-Keou-Ting, presenta siempre una gran animación debido al importante comercio de té y de pieles de cabra de Mongolia, del que esta ciudad es el centro. Es una ciudad enorme, bastante poblada, por la que pasan todas las caravanas sin excepción. Tanto chinos como mogoles bullen por doquier. Es la llave del desierto del Gobi, donde se accede por una pendiente ruda y salvaje de unos 30 kilómetros, al término de la cual comienza el inmenso desierto.

La salida fue fijada para la mañana siguiente a las 4. Dejamos allí aquellos dos soldados que tan buen servicio nos habían prestado. El Señor Goubault sin embargo insistió en acompañarnos hasta lo alto del paso.

Lunes 17 de junio. A las 5, tras haber recorrido una larga avenida mal enlosada, entramos en el paso por el lecho fluvial, por el que el agua baja en poca cantidad. En el lecho no se encuentran mas que guijarros, piedras y rocas.

Después de aproximadamente 25 kilómetros, llegamos al tramo final de 6 que resulta absolutamente infranqueable para nuestros motores: enormes rocas en una pendiente del 30 al 40 por cierto. A la izquierda encontramos una pequeña casa a la que el mandarín a enviado con antelación a uno de sus servidores que nos ha preparado el té y unos huevos duros que comemos con buen apetito. Luego nos alcanzan nuestros coolis que con algunas mulas van a hacernos superar  este mar de piedras y rocas.

Al alcanzar la cima abarcamos la sorprendente vista de unos campos ásperos, áridos y rocosos en la lejanía. Tras haber hecho unos kilómetros por una llanura cubierta de césped, nos detenemos en un pueblecito donde estacionamos durante unas seis horas en espera del príncipe Borghese. Este último ha vuelto a montar completamente su automóvil y ha situado en él todos sus accesorios, piezas de recambio y material que transportaba en las tres carretas de mulas desde que salió de Pekín. Instala igualmente un techo de lona que de noche convierte en tienda de acampada.

A la entrada del desierto todavía gozamos de la protección del gobierno chino, uno de cuyos ilustres soldados tocado con sombrero de paja nos sigue vigilante.

Unos 40 kilómetros más lejos, encontramos agua cerca de un grupo de casas e instalamos nuestro campamento en las proximidades. Hemos podido alcanzar este punto rodando sin excesivas dificultades.


 

 

Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales