Georges Cormier

EL RAID PEKIN-PARIS
4000 lugares en automóvil

 

Capítulo 4

LOS PASOS DE KI-MING Y SHIANG-SOUAI-POU

 

Viernes 14 de Junio. Nos levantamos a las 4 de la mañana y salimos de Tung-pa-li a las 5. Los caminos no son absolutamente impracticables y de tanto en tanto se puede rodar, aunque no hemos terminado todavía con los terrenos encharcados, en los que la Dion-bouton de Collingnon tuvo múltiples encuentros poco agradables.

Enseguida llegamos a Ki-Ming; y tras un paso difícil por el pueblo, nos adelantamos para reconocer el terreno que los lugareños nos pintaban con miles de dificultades insalvables. Desgraciadamente no tardamos en darnos cuenta que no habían exagerado nada y, siguiendo el consejo de nuestros coolis,  optamos por seguir el valle fluvial rodando bien por el mismo lecho o bien por sus bordes. Vadeamos pues el río, pero enseguida nos encontramos con tremendos lodazales que hicieron  necesario el empleo de nuestras planchas.

Dejando finalmente atrás esta zona, alcanzamos e paso de Shiang-Souai-Pou. Es menos largo que el de Nankoo pero más terrible si es que ello es posible. Arenoso al principio, el camino se encajona enseguida entre las rocas con el ancho justo de las carretas chinas. Un hecho bastante curioso que nos llamó la atención: las carretas, pasando por el mismo lugar durante miles de años, han cavado en la misma roca rodaderas que alcanzan hasta 30 y 40 centímetros de profundidad. Nos vemos obligados junto a los coolis a cavar la roca para ensancharla y a rellenar con piedras estas rodaderas para no castigar en exceso los bajos de nuestros vehículos.

Por una feliz coincidencia, la distancia entre ruedas de nuestras Dion-Bouton es prácticamente la misma que la de las carretas chinas, lo que nos facilitó el paso enormemente. La Spyker fue la que más sufrió ya que es 10 centímetros más ancha que nuestras máquinas, lo que hacía que se le escucharan de tanto en tanto algunos siniestros crujidos.

Por lo demás, decir que tardamos no menos de tres horas en cubrir los tres últimos kilómetros que nos separaban aún del final de la etapa.

Sábado 15 de junio. Salida a las 6 de la mañana. Tras un horrible camino de montaña llegamos a las 10.30 a Huens-Wafou, la primera gran ciudad que encontramos desde nuestra partida. Algunos kilómetros antes de llegar ya hemos podido rodar por nuestros propios medios. Aproximándonos, distinguimos una gran multitud congregada alrededor de las puertas de la ciudad. Entramos en ella en medio de un enorme gentío contenido por la policía. ¡Había un servicio de orden en Haens-Wafou!. En un instante llegamos al patio del albergue donde nos recibe el comandante de las tropas locales, enviado por el mandarín para darnos la bienvenida e interesarse por nuestras necesidades para la partida.

Los albergues chinos son lo bastante curiosos como para que detenga por un instante en ellos al lector. Están compuestos generalmente por dos piezas. Una es una especie de dormitorio comunal cuyas camas son unos cubos de albañilería sobre los cuales se extiende una estera. Estos cubos están huecos y recuerdan por su forma a los hornos. Cuando hace frío, pura y simplemente se los calienta sin que ello parezca incomodar a los durmientes. La otra sala es el restaurante, si es que podemos calificar con nombre tan pomposo al bullicioso fogón en el que siete u ocho individuos se ocupan de cocinar.

A nuestro alrededor los chinos comen extrañas mixturas con la ayuda de sus clásicos palillos. Pedimos uno de esos platos y palillos nosotros también; pero no tardamos en rechazar tanto lo uno como lo otro. Al igual que se necesita una habilidad particular para comer "a la china", es necesario un sólido estómago para soportar la cocina de los habitantes del Imperio Celeste. Collignon y yo no insistimos. Solo Pekina, nuestra perrita, parece disfrutar; pero no olvidemos que ella ha nacido en China y es una iniciada en estas bárbaras mezclas con hierbas y cebolla. Por todos lados se ven enormes campos de cebollas. Los chinos parecen gustar especialmente de ellas.

En un rincón de la sala un cocinero chino fabrica unas galletitas muy espesas. Vamos y las probamos. Son detestables: la pasta no tiene levadura y también están bien empapadas en cebolla. Sin embargo, hacemos que nos preparen algunas de estas galletas (sin cebolla) para reemplazar nuestro perdido pan bizcochado... pero solo du Taillis y yo nos animamos finalmente a comerlas... necesitando para ello una buena dosis de voluntad.

La única ventaja real que tenían nuestras paradas en los albergues chinos era la gran cantidad de agua hirviendo, destinada a la preparación del té, que siempre encontrábamos. Llenábamos con ella los bidones militares y añadiendo unas pizcas de té, conseguíamos una bebida con la que nos aliviábamos durante la marcha.

Los albergues chinos están bastante sucios, aunque después nos acordaríamos de ellos como de lugares refinados en comparación con los caserones rusos que debieron alojarnos más adelante.

Mientras se preparaba nuestro almuerzo, du Taillis y yo guiados por un soldado chino, corrimos al telégrafo ya que era la primera ocasión que teníamos de enviar noticias a París. Porque, amable lector, aunque ya me he presentado como conductor de una de las Dion-Bouton y como fotógrafo, he olvidado mencionar que en estas especiales circunstancias también ejercía de periodista, como corresponsal del periódico deportivo francés L'Auto.

Cuando digo que pudimos telegrafiar a París exagero un poco. Donde telegrafiamos en realidad es a Kalgan, rogando al receptor que transmitiera nuestro despacho a París, prometiéndole el pago correspondiente a nuestro paso por esa ciudad, cosa que por supuesto hicimos.

Este camino hecho "pedibus cum jambis" tuvo la ventaja de hacerme ver la ciudad, curiosa por las antiguas maravillas que posee;  maravillas como siempre y desgraciadamente, descuidadas y en ruinas. La fotografía de una puerta que deja entrever en la lejanía una segunda da una buena idea del estado de conservación de todas estas construcciones chinas.

Dejamos Huens-Wafou en medio de la misma masa de curiosos para encontrar otra vez, muy poco después, un mal paso de desfiladero en la cima del cual se distinguían los vestigios de una antiquísima carretera de losas a la que no podrían compararse nuestros caminos pavimentados en madera.

Tras algunas fotos en la cima de este desfiladero y de 6 kilómetros de descenso, podemos poner en marcha los motores, terminando la etapa en un bonito albergue en mitad de una arboleda en Yu-Lin. Allí pudimos confeccionar nosotros mismos un verdadero festín: bisteks, patatas salteadas y fritas, mermelada, albaricoques frescos que habíamos comprado en el camino. De bebida por supuesto té. Era la primera vez que encontrábamos donde comprar patatas, legumbre muy rara en China.

 


 

 

Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales