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Georges Cormier
EL
RAID PEKIN-PARIS
4000 lugares en automóvil
Capitulo
3
EL PASO DE NANKOO
Martes 11 de Junio. Tras una noche bastante fría
bajo la tienda nos levantamos a las 5. El señor Goubault, intérprete
de la legación francesa, que había hecho la etapa a bordo de uno
de los vehículos, se acerca por sí mismo a pie hasta Nankoo para
avisar a las autoridades de nuestra presencia y media hora después,
vemos llegar soldados franceses, y luego al mismo comandante
Laribe que nos esperaba desde la víspera, precediendo a un equipo
de coolis chinos que debían ayudarnos a franquear los pasos difíciles
que encontrásemos hasta la ciudad de Kalgan.
Desde las 9 hasta las 11 pudimos reconfortarnos
un poco en Nankoo y preparar nuestra ascensión a los pasos de
montaña.
La carretera de Nankoo, a consecuencia de la
lluvia torrencial de la noche, se parecía más a un río que a un
camino. Estaba pavimentada con bloques completamente desencajados
que el paso de las caravanas durante miles de años a vuelto muy
resbaladizos.
El pais es extremamente pobre. Sin embargo, con
sus ruinas de mansiones y templos antiguos amontonadas en una
suerte de caos salvaje, ofrece a nuestros ojos un espectáculo
bastante sobrecogedor.
El príncipe Borghese está en marcha desde las
4 de la mañana. Con su coche reducido al mínimo de peso, el
subirá, tirado por coolis, más rapidamente que nosotros. Lleva
en efecto solo algo en lo que sentarse él y sus viajeros y no
transporta más que un pequeño tanque de gasolina. Todo el resto
de la carrocería, los equipajes, las piezas de recambio, los
enormes depósitos de reserva, neumáticos, material de acampada
etc, son transportados en tres carretas tiradas por mulas que
forman un convoy que los escoltará hasta la entrada del desierto,
es decir, hasta aproximadamente 30 kilómetros más allá de
Kalgan.
Los otros cuatro vehículos llevan ellos mismos
su cargamento completo.
Nuestra caravana se pone por tanto en marcha al
paso lento de los coolis que tiran de nosotros cantando en un tono
nasal sus monótonas melodías.
El comienzo del paso de Nankoo es muy estrecho,
muy salvaje. No hay mas que piedras y rocas en medio de las cuales
pasan las ruedas de nuestros autos entre sacudidas y choques que
nos hacen temer en todo momento una rotura inminente.
Cruzamos una hermosa puerta toda ella adornadas
de esculturas cuyos temas se basaban en la mitología hindú, y
pasamos junto a varios enclaves fortificados, siempre en ruinas.
Tras haber superado una pequeña pagoda distinguimos finalmente
esa famosa Gran Muralla que en otro tiempo debía proteger a China
de una invasión de los bandidos del norte, es decir, de los
mongoles. En ese momento nos encontrábamos en Pa-Ta-Ling, un
pueblecito que está todavía a cinco kilómetros de la cima del
paso de montaña. A las ocho de la tarde, habíamos cubierto por
tanto 15 kilómetros en nueve horas. Una media que desde luego hará
sonreír a los amantes de los "cien por hora".
Hicimos etapa en Pa-Ta-Ling. Allí no hay
albergue; pero encontramos donde acostarnos en un caserón chino
con patio, y el miércoles 12 de Junio, tras una noche mediocre,
nos pusimos de nuevo en marcha a las 7 y media de la mañana. No
teníamos más que cubrir 5 kilómetros para alcanzar Tchatao,
pueblo que marca la cima del puerto... pero el suelo se presentaba
simplemente espantoso. Teníamos que ocuparnos en trabajos de
allanado, romper rocas con la ayuda de nuestros picos, levantar
bloques por medio de una gran palanca...
A las 11 habíamos finalmente vencido todas
estas dificultades, franqueábamos la puerta de Tchatao y atravesábamos
el pueblo. A la salida del mismo nos despedimos del amable
comandante Laribe que va a emprender a caballo el regreso hasta
Pekín, dejándonos sin embargo a dos soldados coloniales que nos
acompañarán hasta Kalgan. Uno de estos soldados llamado Dallez,
que hablaba perfectamente el chino, nos prestó grandes servicios
sirviéndonos de intérprete con los mercaderes y pagando nuestras
compras veinte veces más baratas de lo que nosotros las conseguíamos.
El señor Goubault, intérprete de la legación
francesa, venía igualmente con nosotros a caballo hasta Kalgan.
El camino, siempre áspero, continuaba ahora más
llano. Nos cruzamos con multitud de caravanas y chinos aislados
montados en sus camellos. Todas estas caravanas no dejaban de
presentar un aspecto bastante extraño. Los camellos marchaban en
fila india. Una cuerda atada a la cola del primero se fijaba al
morro del segundo y así uno tras otro hasta el último. Los
pobres animales tienen así con frecuencia la nariz ensangrentada
y las caravanas en su conjunto tienen un aspecto bastante penoso.
Grupos de pequeños camellos en libertad caminan siempre alrededor
de los camellos cautivos.
En un buen número de lugares húmedos los
autos se llenaban de barro hasta por encima del eje de las ruedas.
Durante el camino compramos algunos pollos vivos destinados a la
cena que finalmente hicimos en Hawai-Lai, un típico pueblo chino
bullicioso y sorprendido aunque no asustado con la llegada de
nuestros coches sin caballos, en el que terminamos la etapa y en
cuyo albergue recibimos la visita de los mandarines locales.
El jueves 13 de junio dejamos Hwai-Lai a las
7.30 por caminos espantosos: polvo, rodaderas, zonas
encharcadas... no nos faltaba de nada. De tiempo en tiempo,
durante tramos de uno o dos kilómetros, podíamos avanzar con la
fuerza de nuestros motores; pero resultaba muy penoso y enseguida
teníamos que detenernos y esperara a nuestros coolis, que siempre
nos sorprendían con la rapidez a la que se desplazaban cuando no
estaban tirando de nosotros.
Además de en los estrechamientos en los
caminos más encajonados, encontrábamos dificultades a la entrada
y salida de los pueblos, que están casi todos rodeados de
murallas de tierra rematadas con almenas de ladrillo. Una o varias
puertas se abren siempre para entrar o salir del pueblo,
pero en mitad de cada puerta se encuentra una enorme piedra que
sirve de tope de cierre a los dos enormes batientes. A los lados
de esta piedra, el ancho es insuficiente para poder pasar y de
esta forma, nos vemos obligados a llevar siempre unos enormes
trozos de losas para hacer pasar sobre ellas una de las ruedas. De
esta manera, elevamos el auto y evitamos golpear con la gruesa
piedra central los órganos más bajos del vehículo, como por
ejemplo la caja de velocidades o el diferencial.
Tras haber almorzado ligeramente en un albergue
chino en Tou-mou-pou llegamos a Tung-pa-li donde pude sin
detenerme tomar fotos de los chinos con sus pequeños pies y sus
originalísimos peinados. No nos alojamos en el pueblo pero
acampamos en los alrededores, apenas 100 metros después de haber
pasado la última puerta de su cinturón amurallado.
Mientras montábamos las tiendas y cocinábamos
los pollos, se nos congregaron alrededor cientos de chinos venidos
del pueblo. Tuvimos incluso que plantar un cinturón de cuerdas a
nuestro alrededor para protegernos de su indiscreta curiosidad e
impedirles que llegasen incluso a entrar en las tiendas. A las 10
de la noche cuando fuimos a acostarnos todavía estaban allí.
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