Georges Cormier

EL RAID PEKIN-PARIS
4000 lugares en automóvil

 

Capitulo 2

LA SALIDA DE PEKIN

 

Es el 10 de Junio. Son las 7 de la mañana. El cuartel está lleno de gente, los motores ronronean, en una hora se va a partir.

El comandante Laribe hace que su ayudante Bouton (coindidencia de nombre para una De Dion-Bouton) coloque en el flanco derecho de mi auto una pequeña bandera tricolor.

- Me gustaría que la llevaran a Francia - me dice.

8 de la mañana. Hora de salir. El "Todo-Pekín" europeo está presente. A pesar de la temprana hora, los vestidos claros de estos alegres habitantes de Pekín ponen una nota parisina en la escena.

El embajador Bapst da la señal, los coches extranjeros primero, los franceses después, dejan el cuartel en medio de vivas y aclamaciones. Una perrita china comprada por Godard (a la que ha llamado "Pekina" por su lugar de origen) y que va a hacer el viaje con nosotros, acompaña los gritos con sus alegres ladridos.

La banda del 16º Colonial precede a los cinco vehículos tocando a pleno pulmón la marcha de Sambre-et-Meuse. Nos precede de esta forma durante un kilómetro aproximadamente.

La ruta está repleta de gente. Todos los chinos están en la calle. Llegando a la vista del monumento a Ketteler, tomo la cabeza ya que conozco bien el camino para salir de Pekín. La banda se aparta ahora hacia la acera de la derecha y en el momento en que acelero a buena velocidad los músicos lanzan un formidable grito de "Vive la France!". Resulta extrañamente emotivo. Una emoción tal que las lágrimas humedecen  párpados franceses.

Salimos de Pekin por la puerta de Teu-Chang-Men (puerta de La Virtud Triunfante). El suelo está cubierto de enormes baldosas desencajadas sobre las que solo se puede avanzar con mucha prudencia.

Tras pasar la puerta, hay unos arrabales de unos 300 o 400 metros. Al término de los mismos, me detengo y me doy cuenta de que la caravana está incompleta. Faltan Collignon y su Dion-Bouton, y el triciclo de Pons. Decido esperarlos. La Spyker además, vuelve atrás en su busca mientras el príncipe Borghese continua su ruta hacia Nankoo.

Los desaparecidos se han perdido en las calles de Pekín y no es hasta después de tres horas que logramos reunirnos por fin. Entonces almorzamos ligeramente y repartimos... con tres horas de retraso. Comienza a llover. La carretera, al principio muy polvorienta se vuelve húmeda y pantanosa. Se avanza con muchas dificultades... pero se avanza.

Llegamos a un puente sobre el Chao (Río Arenoso) construido con enormes losas de mármol desencajadas. El paso de este puente va a constituir nuestra primera gran dificultad. La construcción data de antes de cristo, es decir, que tiene más de dos mil años, y se conserva sin ningún cambio posterior, sin que ningún obrero lo haya tocado desde entonces. Es lo que por otra parte sucede con todos los monumentos chinos. En la época de su construcción estaba evidentemente al nivel de la carretera; pero el camino, únicamente de tierra, se ha ido hundiendo poco a poco por la acción del tiempo mientras que el puente permanecía fijo. De esta manera, el desnivel entre el camino y el puente es ahora de 4 a 5 metros lo que nos sitúa frente a una terrible pendiente. Sin embargo, podemos lanzarnos de lejos... y los autos suben ... pasamos.

Pero no hemos acabado con este tipo de dificultades. Algunos kilómetros más lejos nos encontramos delante de otro puente del mismo modelo que nos presenta una pendiente de acceso aún más empinada que la precedente. Todos nuestros esfuerzos por subirla con la fuerza exclusiva de los motores resultan en vano ya que además la lluvia a hecho que el suelo esté muy resbaladizo. Nos ayudamos entonces con unas palancas que forma parte del utillaje de las Dion-Bouton y vamos subiendo así, lentamente, nuestros autos hasta el puente, donde las grietas formadas por la separación progresiva de las losas  llegan hasta los 45 centímetros de profundidad. Es necesario seguir empujando a mano los automóviles.

Aumenta la lluvia y apenas podemos avanzar. Esperamos sin embargo alcanzar Nankoo antes de que anochezca; pero las rocas sobre las que rodamos se vuelven cada vez más gruesas, la noche se aproxima y terminamos por no distinguir lo bastante bien el suelo como para poder seguir adelante. Tenemos miedo de romper los autos y, menuda ironía, nos vemos obligados a acampar a apenas 1500 metros del pueblo de Nankoo, en mitad de las rocas y de una lluvia torrencial que no cesará en toda la noche.

Vamos por tanto a utilizar nuestro campamento desde el primer día. Sobre las dos Dion-Bouton, situadas a aproximadamente 3 metros la una de la otra, montamos nuestra confortable tienda. Collignon y yo pasamos la noche en nuestras literas de campaña mientras nuestro mecánico Bizac prefiere tenderse sobre un camastro que se ha preparado él mismo con los cojines de los coches.

Godard y du Taillis acampan bajo la pequeña tienda de éste último.

 

 

Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales