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Georges Cormier EL
RAID PEKIN-PARIS prefacio de Michel Corday 160 fotografías fuera de texto- Una carta. PARIS 1907 *** Al Marqués de Dion que me ha otorgado siempre su confianza para pasear su autos por el mundo G.C. *** PREFACIO La única razón de ser de un prefacio (si es que un prefacio puede tener una razón de ser) es ofrecer al lector alguna cosa que no pueda encontrar en el cuerpo del libro. Así, hay una descripción que se omite en un relato de viaje: la descripción del viajero. Tras haber leído los encendidos y vibrantes recuerdos de Cormier, después de haber hojeado sus pintorescas fotografías, se conocerá el camino como si se hubiera recorrido, pero no se conocerá igual a Cormier. Mi vieja amistad con este héroe de la Pekín-París me lleva a intentar llenar esta laguna. Y no es que falten elementos de información. Hay muchísimos. Me gustaría simplemente recogerlos de aquí y allá, juntarlos todos como en un ramo, un poco como esos que se ofrecen al vencedor de una etapa, como todos esos que han ido engalanando su pequeño auto. Para empezar, es notorio que Cormier es una verdadera personalidad en el mundo de la conducción. Ha sido uno de los precursores; uno de aquellos que con sus ruidosos triciclos, caballeros de vanguardia, iniciaron el camino del formidable progreso automóvil. Luego tomó la buena costumbre de clasificarse primero en la mayor parte de los concursos de regularidad a los que se ha presentado. Y al fin y al cabo, ya que tanto nos gusta dar títulos de príncipes (príncipe de los cantantes, príncipe de los poetas...) Cormier bien podría reclamar el título de príncipe de la resistencia. En una época en que dichas pruebas no se corrían aún por carreteras, él ha completado dos célebres recorridos: el circuito Europeo y el circuito Europeo-Africano, entrenándose así, sin saberlo, para su más reciente logro. Estos son los grandes trazos de su carrera. En cuanto a los de su rostro, se encontrará aquí mismo, en su retrato, la mirada firme y franca (sabed que tiene los ojos marrones), el mentón resuelto, la nariz despierta por encima de un espléndido bigote magiar. Las numerosas fotos tomadas a su regreso a París en el apoteosis de los héroes han popularizado su figura rechoncha pero equilibrada; un torso robusto y preparado con una cabeza sorprendentemente redonda, en la que los discípulos de Gall y de Lavater se complacerían en reconocer los signos de un perfecto equilibrio mental. Y estos psicólogos tendrían razón. A lo largo del relato de Cormier podrán discernirse sus sólidas y sanas cualidades. Se verá con qué rigurosa probidad, con cuanta leal profesionalidad ha llevado a cabo la tarea que había asumido. Se disfrutará de la valentía, el entusiasmo, el buen humor que ha mostrado ante las vicisitudes de la ruta. Se apreciará su juicio claro, neto, rápido, como si mirara a través de un objetivo que portase para analizar a su paso los sitios, los objetos y las gentes. Se aplaudirá su calma, su presencia de ánimo en las horas críticas. Se admirará en fin la paciente tenacidad que aplicó contra los obstáculos de cualquier naturaleza que fueran para avanzar hacia su meta dando al mundo una soberana lección de energía. Una lección de energía. Este puede ser el significado, la lección, de este raid histórico. Espero que se me permita insistir sobre ello con algunas palabras más, ya que es algo que Cormier no ha dicho y, puesto que este libro en su formato presente, está especialmente destinado a la juventud, a esos envidiables muchachos a los que una lectura todavía puede modificar el espíritu. Todo el mundo conoce la anécdota de aquel geómetra al que se leyeron los versos más admirables y que, acabada la lectura preguntó "¿Y eso qué prueba?". Como si fuera necesario esperar de un poema otra cosa además de la belleza. Así, los detractores de esta aventura ( no todos geómetras), tras haber seguido en la prensa esta epopeya que ha sido la Pekín-Paris, han escrito: "¿Y qué han probado con eso?". El hecho de que a veces fuese necesario ser remolcados por la fuerza de brazos o animales, les hace concluir que al fin y al cabo no se había ido de Pekín a París en automóvil y que, para realizar semejante viaje, los raíles del transiberiano eran mucho más seguros que las ligeras huellas dejadas por los neumáticos a través de la estepa y del Gobi. Es posible que así sea; pero por otro lado se les hubiera podido responder: - Las exploraciones a través de los hielos polares o los desiertos africanos no parecen probar gran cosa. Y sin embargo ellas permiten, como la Pekín-París, medir hasta donde el ser humano, persiguiendo una meta que se ha impuesto, puede llevar su resistencia a la fatiga, al desánimo, a las temperaturas extremas, a los peligros. En una palabra, prueban que la energía humana puede superar sus propios límites... Ejemplo saludable, útil lección. Porque todos, cualesquiera que sean nuestras circunstancias, cuando fijamos nuestros ojos en el objeto de nuestro deseo, realizamos nuestra pequeña Pekín-París. Marchamos hacia la meta que nos proponemos a través de regiones extrañas, hostiles; y sin embargo salpicadas de oasis. Así, hacemos como Cormier quien, al volante en las duras etapas, se animaba pensando con frecuencia en las rosas de su casa de campo. Tengamos el firme convencimiento de que con ingenio y ánimo, superando cada día un poco de necesidad y de camino, podemos avanzar, podemos llegar, nosotros también, hasta las rosas del jardín. Michel Corday. ***
INTRODUCCIÓN Siendo niño, devoraba con avidez los libros de viajes. No sospechaba que un día, los azares de la vida me conducirían a escribir yo mismo las aventuras de una caravana automóvil que habría de franquear los aproximadamente 16.000 Km. que separan Pekín de París, tras haber estado al volante de uno de los autos que realizaron este fantástico raid. Si bien puedo tener algunas pretensiones de conocer los "secretos de la carburación", por contra, soy una nulidad como escritor. Sin embargo, intentaré sacar lo mejor de mí mismo para contar los episodios de esta larga travesía. Lo único que puedo certificar ante el lector es que todos los hechos contenidos en mi relato son absolutamente verídicos y sinceros. Cada vez que las circunstancias me lo permitieron, he fijado en la placa sensible los acontecimientos más interesantes, operando yo mismo con mi fiel aparato fotográfico que jamás me ha abandonado. G. Cormier. *** Capitulo 1 LOS PARTICIPANTES DEL
RAID "El Raid Pekín-Paris queda autorizado por el gobierno chino. La salida se dará el 10 de Junio. El señor Cormier, de la casa de Dion-Bouton, delegado de los participantes, preparará los aprovisionamientos mientras se dirige a Pekín por el Transiberiano" Esta era la nota que podía leerse el pasado mes de marzo en un gran periódico cotidiano de París. "¡De Pekín a Paris con unos pequeños autos! -me decían por todas partes- "¿Lograrán llegar? - ¿Que si llegarán? -respondía yo- Nuestras pequeñas 10 CV llegarán las dos. Una vuelta de manivela en Pekín y 80 días más tarde escuchareis en París, por los grandes bulevares, nuestro trac-trac-trac triunfador. - Pero deben además organizarlo todo ¡Tardará diez años! - Tranquilícense. Iremos lo bastante rápidos como para dejar asombrados incluso a toda una banda de Kirguisios. No detallaré los preparativos que siquieron, las negociaciones con los gobiernos chino y ruso, etc, etc... El 25 de abril, Collignon y yo dejamos París por la Estación del Norte con destino a San Petesburgo donde tomaríamos enseguida el Transiberiano para Moscú. Había escogido este medio de transporte, dejando al príncipe Borghese embarcarse en Nápoles con su auto italiana, porque debo admitir que no soy muy amigo del mar, y sobre todo porque necesitaba llegar lo antes posible a Pekín para mediar ante el gobierno chino y organizar la caravana de combustible que tenía que establecer, de alguna manera, nuestros puestos de aprovisionamiento a lo largo de la ruta. El viernes 17 de mayo a las 7 de la tarde llegamos a Pekín por la estación de Chien-Men. Al estar fijado el inicio del raid para el 10 de junio, disponía de 24 días para organizarlo todo. Sin tardanza, el señor Edmond Bapst, amable embajador francés, me puso en contacto con las personas en las que el gobierno chino había delegado oficialmente para ocuparse del raid Pekín-París, e inicié las conversaciones con ellos. En el segundo día de la cuarta luna del trigésimo tercer año Kouang-siu (13 de mayo de 1907), recibía la siguiente comunicación oficial: COMUNICACIÓN OFICIAL "En respuesta al despacho que vuestra Excelencia a tenido a bien dirigirme el 27 de la tercera luna (9 de mayo), solicitando le comunique los nombres de los delegados encargados de determinar, junto a los delegados del comité de la carrera de automóviles, el itinerario de la carrera, tengo el honor de haceros saber que los agentes designados son los siguientes: Por el Ministerio de Exteriores el señor Kuou-Kia-Ki, intérprete. Por el Ministerio del Interior, el señor Tchou Chou-Yuan, comisario especial; y el señor Tsiang Tch'ong-K'ien, delegado. Por la prefectura de Choun-Tien, el señor Houang-Yu, subprefecto. Estaría muy reconocido a vuestra Excelencia si avisase a los delegados de los automovilistas invitándolos, cuando hayan llegado a Pekín, a ponerse en contacto con estos señores para todo lo concerniente al establecimiento del itinerario". No insistiré mucho en las dificultades que encontramos en nuestros "vis-a-vis" con el gobierno chino, que en todo momento se oponía a que pasásemos por Mongolia, afirmando que los mongoles eran bárbaros que nos atacarían y masacrarían antes de haber recorrido 100 kilómetros. Después de habernos proporcionado pasaportes de viajeros ordinarios, en cierto momento pretendieron que se los devolviéramos, a lo que naturalmente nos negamos categóricamente. Al cabo de tres semanas de molestas gestiones, enviaban al señor Bapst una ultima carta diciendo que ellos se oponían definitivamente a nuestro paso por Mongolia porque las tribus mongolas son casi salvajes que se asustarán con los automóviles y los atacarán. Notificaban que si de todas formas insistíamos en pasar, el gobierno chino declinaba cualquier responsabilidad y que no establecerían ninguna disposición para asegurar nuestra seguridad. La respuesta del señor Bapst fue que nosotros teníamos nuestros pasaportes, que nuestra firme intención era por supuesto conservarlos y que el 10 de junio a las 8 de la mañana, irremediablemente, dejaríamos Pekín en dirección a Mongolia por la ruta de la ciudad de Kalgan y el desierto del Gobi. En ese intervalo de tiempo mientras tanto, yo había enviado la caravana de combustible que había ido depositando los bidones a lo largo del desierto, en los puestos telegráficos de Pong-Hong, Tuerín, Udde y finalmente Urga, ciudad que marca la salida del desierto. Cinco vehículos participaban en el raid: el auto italiano del príncipe Borghese, el auto holandés Spyker, decorado en tres colores y conducido por Godard; el triciclo Contal conducido por Pons, que desgraciadamente debió abandonarnos muy pronto; y finalmente los dos De Dion-Bouton montados por Collignon y yo mismo. Como viajeros en los diversos vehículos: El señor Barzini, corresponsal del periódico italiano Il Corriere della Sera El señor Longoni, corresponsal del periódico italiano Il Secolo, de Milán. El señor Jean du Taillis, corresponsal del periódico Le Matin, designado por su periódico para controlar el raid. Jean Bizac, mecánico de las fábricas de Dion-Bouton asignado al coche de Collignon. Otro mecánico debía venir conmigo en mi auto; pero ya en Pekín no estaba nada contento de él y antes de la salida lo hice repatriar a París. Pero los mecánicos expertos en automóviles no abundan por las calles de Pekín, así que me dirigí a Jean Bizac: - Bizac -le dije- Esta es la situación. ¿Aceptarias ocuparte de los dos autos durante la travesía del desierto del Gobi? Mientras yo voy a telegrafiar a París para que me envíen otro mecánico inmediatamente que nos podría estar esperando, por ejemplo, en Irkoustk. ¿Sería demasiado trabajo ocuparse de dos coches hasta que lleguemos allí? Bizac es de Bergerac, un meridional taciturno. Habla poco. Por contra, no sabe lo que es la fatiga, es insensible a todo. El calor no le incomoda lo más mínimo. Si añado que hizo su servicio militar en la marina, está todo dicho. - Me ocuparé de los dos autos -respondió- Pero no hace falta telegrafiar a París. Si puedo hacerlo durante una parte de la ruta, no veo porqué no puedo hacerlo en todo el trayecto. No retrataría bien a Bizac si no añadiera que hasta ese momento de su vida... ¡no había montado nunca en un automóvil! Empleado en la fábrica De Dion-bouton a jornada completa, se ocupaba del montaje de vehículos nuevos. Así, había visto por supuesto muchos automóviles y podía decir sin mentir que los conocía. Pero sentarse a bordo de uno de ellos y sentir el aire a gran velocidad era una sensación que todavía ignoraba. - No empiezas mal, Bizac -le había dicho yo- Para un debut, la Pekín-París ¡es un bonito debut! Bizac simplemente se encogió de hombros. No es hombre de muchos sentimentalismos. El 31 de mayo salimos todos para Tien-Tsin. Se nos había avisado que el barco que transportaba nuestros vehículos hasta esa ciudad había pasado la barra de Ta-Kou y remontaba el rio. En efecto, a las 11 de la noche atracaba en los muelles el buque alemán Admiral Von Tirpitz conteniendo las cajas que habían transportado nuestros vehículos desde Marsella a Shangai a bordo de L'Oceanien. A la mañana siguiente, 1 de junio, a las 8 y media, el triciclo Contal era descargado. Antes del mediodía, ya había desembarcado la última caja de De Dion-Bouton. Enseguida los coolis chinos llevaron todas las cajas hasta la estación de Tien-Tsin donde a las seis de la tarde ya estaban metidas en vagones. El domingo 2 de junio rodábamos hasta Pekín con los dos vagones que contenían nuestras cajas enganchados en la delantera del tren. Eran dos al menos, los que partieron con nosotros, así que cual no sería nuestro asombro cuando al llegar a Pekín nos dimos cuenta que faltaba uno de los vagones... ¡que no llegó hasta el día siguiente! El comandante Laribe, jefe de las tropas francesas en Pekín, nos envió una veintena de animosos soldados de la infantería colonial. Se bajaron las cajas y se las desmontó en la misma estación. Se hizo llegar un bidón de gasolina y poco después la Spyker marchaba camino de la legación de Holanda, mientras que las dos De Dion-Bouton y el triciclo Contal llegaban hasta el cuartel francés que debía servirles de estancia hasta su partida. Esa misma tarde llevé al señor Bapst a dar un paseo por la ciudad china ante los ojos absortos de esos bravos chinos y el estupor de las mulas que, sin embargo, no parecían asustarse lo más mínimo. El 4 de junio a las 7 de la tarde, montaba de nuevo al señor Bapst en uno de mis autos y lo conducía a la cena del Wai-Wou-Pou (Ministerio de Exteriores). Era la primera vez que un embajador llegaba a una cena oficial en automóvil. Supuso una verdadera revolución ante la puerta de palacio, cuando los soldados chinos vieron llegar este vehículo... "oficial". El comandante Laribe me dio toda clase de facilidades para procurarme conservas militares que debían sernos de gran ayuda durante la marcha. Así, puede incluir en el equipaje de nuestros vehículos caldos y potajes concentrados, legumbres concentradas, bizcochos y muchas cajas de esas excelentes conservas de buey que nuestros soldados llaman "singe" (En la actualidad, la palabra ha pasado simplemente a ser usada como "carne de lata" n. del T) . Además, hizo preparar 100 kilos de pan bizcochado con los que cargamos el fondo del auto Spyker. Desgraciadamente este pan estaba destinado a estropearse por culpa de la lluvia, de la que no pudimos protegerlo suficientemente. Debimos abandonarlo en mitad del camino y conformarnos con los bizcochos. Pudimos igualmente procurarnos gracias al comandante Laribe, dos bidones de tipo militar con su envoltorio de protección en gruesa tela azul que no nos abandonaron hasta París. Tengo que agradecer aquí no solamente la amabilidad y prestancia del comandante Laribe, cuyos servicios nos fueron tan extremadamente útiles, sino los de todos los oficiales, suboficiales y soldados del cuartel de Voyron, por la manera en que nos trataron durante nuestra estancia entre ellos. Conduje una vez mas al señor Bapst en auto, con ocasión de un ecuentro que tuvo con el príncipe K'ing, presidente del Wai-Wou-Pou, en su palacio, al que llegamos recorriendo las más estrechas y viradas calles de la capital china. Collignon y yo también ibamos con nuestros coches a reconocer la salida de Pekín y los primeros kilómetros del camino de Nankoo, pueblo que debía señalar nuestra primera etapa el día de la salida. En el trayecto nos acompañaron el comandante Laribe y el capitan Vodesal. El domingo 9 de junio nos dominaba la fiebre de la víspera de la partida. El cuartel estaba engalanado. Hubo una recepción al mediodía con concierto ofrecido por la banda del 16º Colonial. Por la noche, gran cena y recepción en la embajada de Francia, con profusa iluminación y fuegos artificiales en el jardín.
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Texto traducido y aportado desinteresadamente por Gustavo Morales