De la papelera de David
Estareunido Henche, editor del prestigioso "The Chism", extraemos
la siguiente entrevista realizada por el mordaz reportero Gustav Mor
Allen:
EL AUTOMÓVIL EN LA HISTORIA
desde el Plío-Pleistoceno a la
Contemporaneidad
Entrevista sobre el libro homónimo mantenida
con su autor, el profesor Gustavo Morales Peña,
de la Universidad de Sevilla
de la Real Academia de la Historia (pregunten en
portería)
Carnet nº12 del club de fans de Johan Sebastian
Mastropiero
Cinturón amarillo de kárate
Declarado por su antigüedad resto de interés
histórico por la UNESCO
Doctor Honoris Causa por la Universidad
Pontificia de Roma
Persona non grata en Nueva Zelanda.
Mor Allen.- Profesor, antes de entrar en
materia, me ha llamado poderosamente la atención el hecho de que sea usted
doctor honoris causa por la Pontificia de Roma...
Gustavo Morales.- Si, bueno; ya sabe. No es ningún
secreto que en la curia romana hay más de uno con síntomas alarmantes de
chocheo; pero ¿qué quiere? A nadie le amarga un dulce. No iba a decir que
no ¿verdad?
- Eso lo explica. Pero hablando ya se su
libro, no es menos llamativo un título tan ambicioso: ¡La historia del
automóvil desde el Plio-Pleistoceno! ¿De verdad podemos remontarnos en
busca de vestigios del automóvil a épocas tan tempranas?
- Naturalmente. Como poder, podríamos
remontarnos buscando a la mismísima Era Primaria si nos apetece. Otra cosa
es que encontremos algo. En realidad el subtítulo del libro es un astuto
ardid publicitario que pretende potenciar el interés del posible lector
mediante la intriga. Pero luego por supuesto, las cosas se analizan de una
manera científica y de hecho, el primer párrafo del libro dice:
"Desde que esa especie de mono torpón que a veces llamamos
australopitecus apareció sobre la tierra allá por el Plio-Pleistoceno
medio hasta los primeros rudimentos escritos, no se tiene constancia alguna
de ningún ensayo en el campo de la locomoción automotriz". Con eso
zanjé de un plumazo toda la Prehistoria, quedandome bien satisfecho.
Soy consciente que dicho párrafo puede
desilusionar a más de un lector que, no me sorprendería, pudiera dejar en
ese momento la lectura. De hecho lo que me pudiera sorprender es que
alguien siguiese leyendo; pero no se trata de que la gente lea sino de que
la gente compre. Así de cruel y despiadado es el mundo del marketing
editorial.
- En cualquier caso, sus palabras me
permiten suponer que al menos sí encontramos alguna huella del automóvil
con la aparición de los primeros trazos escritos.
- Casi. En realiad tenemos que esperar al siglo VIII
antes de nuestra era para que esto suceda, pero como se suele decir, ¡no es
precisamente una noticia de alcance urgente! Ya llovió bastante desde
entonces.
- Y esa primera referencia es...
- Es una tablilla cerámica aparecida en pleno
corazón de lo que fue el reino de Tartessos, concretamente en un
asentamiento llamado Maar (actualmente Mariena del Alcor, en la provincia de
Sevilla, España). Esta tablilla forma parte de las miles en que se
registraron las finanzas del rey Argantonio. En una de ellas, se puede leer
el siguiente asiento contable:
"A Gustaulos se dan otros cien talentos en
oro para el carro que se mueve solo"
Esta simple frase aislada en una tediosa lista
de cuentas adquiere entonces una importancia capital en la Historia. No solo
es la primera referencia escrita a un automóvil sino que demuestra que ya
en épocas tan lejanas en España nadie hacía nada como no fuera
subvencionado por el Estado (repare en ese "otros" que indica que
el tal Gustaulos había recurrido ya antes a tan cómodo sistema de
financiación). Luego, el mismísimo Herodoto, padre de la Historia, nos
cuenta en su Kuriotikostós (libro III) que en Tiempos del rey Argantonio un
tal Gustaulos de Tarsis vendió a ciertos comerciantes fenicios un
prodigioso carro que se movía solo.
- Bueno. Pero las historias de Herodoto
no son precisamente muy fiables...
- Cierto. Herodoto era el primer historiador en
sentido moderno; pero historiador al fin y al cabo y como todos ellos,
bastante embustero. Por ese motivo, la historia de Gustaulosmóvil no tuvo
apenas crédito hasta que en los últimos años nuevos descubrimientos
arqueológicos han venido a apoyarla.
Usted sabe por supuesto que los Cartagineses
basaban su civilización en la tracidión fenicia de la que provenían. Pues
bien: en los restos de un "manual del buen comerciante" aparecido
recientemente en Cartago Nova (actual Cartagena), copia de otro incompleto
que ya se conservaba proveniente de la misma Cartago, se puede leer en
determinado capítulo:
"Cuidaos de los embaucadores Tartésicos y
sus máquinas que luego no funcionan".
Esta frase parece hacer referencia al
episodio narrado por Herodoto aunque no resulta determinante pues no se
mencionan nombres concretos. No obstante, la prueba definitiva que corrobora
la historia terminó apareciendo también en Maar, cuando ciertas obras de
acondicionamiento en la actual Mairena sacaron a la luz una estela funeraria
en la que, convenientemente transcrita, se puede leer:
"Aquí yace el gran Gustaulos de
Tarsis, cuyas prodigiosas ingles concibieron el carro que se mueve solo para
espanto y asombro de las generaciones venideras. Fue muerto por la furia
inexplicable de pérfidos fenicios".
- Perdón, profesor; ¿eso de las
ingles...?
- Ah, sí, se lo explico: Las creencias tartésicas
situaban el órgano del pensamiento humano en su aparato reproductor. Esta
es una teoría que ciertas organizaciones radicales femeninas aún no
descartaron y que, en todo caso, no parece en absoluto desencaminada cuando
se trata de analizar la conducta del varón medio español.
- Ya; pero hablamos de automóviles.
Estas pruebas que nos presenta, profesor, lo que sí parecen demostrar
es que existiera no no el Gustaulosmóvil, y fuera cual fuera el sistema que
intentaba usar para propulsarse, nunca llegó a funcionar.
- ¡Muy al contrario! Yo sostengo que si los
comerciantes fenicios realmente compraron el invento es que el aparato hacía
algo. No podemos tener la seguridad sin más datos por supuesto, pero quizás
el aparato funcionaba aunque de manera imperfecta... no sé. En cualquier
caso no vaya usted a creer que a los comerciantes fenicios se los engañaba
tan fácilmente. ¡Menudos eran!
Hasta aquí las páginas
rescatadas de la papelera del editor de "The Chism". Tal vez, si
la canícula estival sigue castigando nuestros reblandecidos sesos,
pudieramos perder el tiempo en tratar de conseguir el resto poniendonos en
contacto con Gustav Mor Allen, o de alguna otra forma. Ya veremos. Hoy la
fresca de la primera oscuridad ya nos permite salir a la calle y disfrutar
un rato, entre otras cosas, de los últimos vestigios en la contemporaneidad
de la historia automotriz.