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- ¡Sujétate, Michel! - ¿Eh? ¿qué, papá? Pum - ¡Oh! La sacudida arrancó a Michel de su asiento, lo proyectó treinta centímetros en el aire y luego lo dejó caer de nuevo sobre el cojín de cuero, en medio de un estrépito de chapas y resortes chirriantes. - Pero bueno, chaval ¿dormías? Con una rodilla sobre la chapa del coche, las dos manos aplanadas contra el parabrisas, la nariz pegada al cristal, Michel se esforzaba en retomar contacto con la realidad. - Ehhhh.... bueno, un poquito - se defendió. El padre frunció el ceño. Su voz, tras sus enormes bigotes, adquirió una severidad militar: - ¡Estas de vigilancia, chavalote! ¡Uno no se duerme en el puesto de vigía! ¡Ahora no estás en el tranvía de París, estás en la carretera, en medio del campo raso, en la delantera de una máquina que avanza a 45 km a la hora! ¿Te das cuenta de lo que son 45 km a la hora? Un bólido. Un verdadero bólido. Cualquiera no es capaz de conducir a esta velocidad. Es algo que exige grandes cualidades físicas, una vista penetrante y ejercitada, reflejos rápidos como el rayo, y sobre todo una enorme sangre fría. Hace falta también un compañero vigilante, siempre atento para señalar los problemas del camino o los ruidos anormales del motor... ¡y tú vas y te duermes! Michel bajó la nariz, se rascó y respondió con una vocecita lastimera de chiquillo de siete años apunto de llorar: - Estoy cansado, papá. El padre se aplacó. - Llegaremos enseguida. Apenas en una hora, justo antes de que anochezca. Así, ni siquiera tendremos que encender las linternas de petróleo, eso que nos vamos a ahorrar. Michel se alegró. No le gustaba andar tocando las linternas que le apestaban las manos. Su padre se caló sobre la nariz las gruesas gafas protectoras tras las cuales se escondían los ojos que parecían dos peces luna en sus acuarios, se apretó la capucha de cuero alrededor de su cabeza y se aseguró que sus guantes "piel de cabra" de ajustaban bien. Michel comprendió: "¡Va a lanzarse a fondo!", se dijo con una mezcla de excitación y, hay que reconocerlo, un poco de miedo. El se volvió la visera de su gorra para atrás, sobre la nuca, como había visto hacer a los ases del volante, se apretó contra el fondo del asiento y se agarró fuerte. El padre pisó "a todo gas". El motor rugía. Los altos álamos parecían precipitarse sobre el coche para apartarse en el último momento en dos filas paralelas que se escapaban hacia atrás perdiéndose en el crepúsculo, como largos fantasmas inclinados. Petardeaban todos los cilindros del auto que trepidaba y rebotaba sobre el duro empedrado. Su solitario estrépito rompía desde lejos la paz de la tarde. Era un doble faetón Lorraine-Dietrich, una máquina ultra moderna, robusta y confortable, que dejaba muy lejos en el pasado a los conmovedores vehículos de los primeros balbuceos de la tracción mecánica. Una cabina cerrada detrás podía ofrecer a las damas dos confortables plazas. Sus delicados cutis no hubieran podido resistir el azote del viento feroz nacido de estas inauditas velocidades a las que el organismo humano no está adaptado. En esta ocasión, la cabina estaba ocupada por una gran cantidad de cajas marcadas con gruesas letras negras: "Frágil" "Manipular con precaución". Contenían un aparato fotográfico y todos los accesorios que necesitaba la práctica del difícil y voluminoso arte del cazador de imágenes. Al padre de Michel le apasionaban las nuevas técnicas. Aprovechaba los días en que cerraba su taller de artista-fotógrafo para ir a tomar clichés de hechos importantes de la actualidad. El progreso de las artes mecánicas le interesaba sobre todo. Seguía con entusiasmo el desarrollo del automovilismo y la navegación aerea, y repetía una y otra vez que la fotografía tenía que llegar a ser un elemento primordial de la información. "La imagen. Ese es el periódico del futuro" afirmaba. Aquel 24 de junio de 1906, un acontecimiento de una importancia excepcional lo había incitado a cerrar su taller, a equipar cuidadosamente para un largo viaje su Lorraine-Dietrich flamante, a encajar detrás su material fotográfico y a tomar con los primeros rayos del alba la ruta del Oeste. Objetivo: Le Mans. Allí debía tener lugar los días 26 y 27 de Junio el primer Gran Premio de velocidad para vehículos automóviles organizado bajo los auspicios del Automobile Club de France, por una asociación regional completamente nueva: El Automobile Club de L'Ouest. Esta prueba internacional prometía, para los iniciados, sobrepasar tanto en emociones deportivas como en enseñanzas técnicas, todo lo que se había conocido hasta entonces en torno a las carreras de automóviles. Esto le contaba su padre a Michel queriendo sacudirle el sopor que invadía la tarde tras una larga jornada por calurosos y polvorientos caminos. - Date cuenta, chico. Entramos ahora en el lugar donde nació el automóvil. En Le Mans en 1873, hace ya 33 años que Amadeo Bollee acabó de poner a punto su primer coche sin caballos de marcha rápida, o sea, el primer automóvil. Y no te creas que era una maqueta o un juguete... que bien podía transportar a doce pasajeros a una velocidad de 40 kilómetros a la hora. Después La Sarthe ha sido siempre un centro de los deportes mecánicos. Cuando se planteó la cuestión de organizar una gran carrera de velocidad, los habitantes de Le Mans reclamaron el honor de hacerla disputar en su ciudad, y así nosotros hemos encontrado la ocasión de hacer un bonito viaje. - Si papá -respondía Michel tratando de esconder un bostezo- ¡Atención! -gritó de pronto- ¡Ahí delante! ¡Un cerdo! El padre tiró a fondo del freno de mano. los neumáticos gimieron, pero desgraciadamente el animal entró en contacto brutal con la parte de la manivela, y gracias a que el conductor, en el mismo segundo, no había bloqueado las ruedas, casi en ángulo recto, pudiendo redirigirlas enseguida y evitar por poco precipitarse contra un chopo. El vehículo se paró algunos metros más allá. Michel saltó a tierra, corrió hacia el cerdo que, sin esperar a nada ni a nadie, huía aterrado chillando y gruñendo. - ¡Estupendo papá. No le ha pasado nada! - ¿Solo te preocupas de él? ¿Es que no te das cuenta de lo que ha podido pasarnos a nosotros y a la máquina? Ya me gustaría encontrarme con el propietario de esa especie de bestia. Ya verías como le iba a enseñar a dejar sus puercos vagabundear por las carreteras. - ¡Pues no tienes que buscar muy lejos! -se oyó detrás una voz- El propietario, como tu dices, jóven, está aquí delante tuyo. Un paisano con camisa azul, boina hasta las orejas y alpargatas de cuero acababa de surgir de detrás de un seto. Llevaba una horca y rebosaba de cólera. - Si vuestro cacharro no hubiera asustado tanto a mi puerco pudiera ser que no se hubiera vuelto medio loca, pobre bestia. Deberían estar prohibidos estos chismes del infierno. Espantais los rebaños, espantais las gallinas, y a las vacas el susto puede impedirles parir. Y luego se les agria la leche del miedo que les haceis pasar con vuestros petardos de fuegos artificiales. El padre replicó: - Tengo permiso de conducir, amigo mío. Mi coche está autorizado por el Servicio de Minas. Nadie puede impedirme de rodar por cualquier carretera de Francia. Por contra, yo podría impedirle a usted que dejara a sus bestias correr por los caminos arriesgándose a matar a las personas honestas. Si el guardabosques estuviera aquí ya mismo lo estaba denunciando. El paisano soltó una carcajada. - ¡Esa es buena! Yo soy el guardabosques; y vuestro permiso yo ni sé lo que es, y vuestro Servicio de Minas... ¡mira el miedo que me da! Y enarbolando la horca como si fuera una bayoneta gritó: - Vuelve a montar en ese chisme del diablo y desaparece de aquí rápido. Su asqueroso olor a petróleo ya ha apestado bastante mi trigo y me parece que eso no puede traer nada bueno. Espero que además no nos caiga encima una tormenta ahora. La otra semana, cerca de Ferté-Bernard, apenas había pasado un cacharro como este, cayó una granizada como no se ha visto jamás en la memoria de los hombres. Todo quedó destrozado. Eso es lo que nos traen todos estos inventos: el fin del mundo. Ya lo creo. El padre de Michel apretaba los puños. Michel le tiró de la manga. - Papá, vamos a llegar de noche. Vámonos. - Tienes razón. Pero tanta ignorancia me saca de mis casillas. ¡En fin! Entra en el coche, chico, y tira de la anilla cuando yo te lo diga. El padre se agarró a la manivela, crispó sus músculos y, con un gran "ups" lanzó el motor con todas sus fuerzas. No pasó nada. Volvió a intentarlo. Una vez, dos veces... nada. El paisano no paraba de reir en medio de comentarios sarcásticos. - Dale, dale, muchacho; no hay nada mejor para la salud. Ah, Señor... es mucho más moderno mi viejo borrico. A él basta con decirle ¡arre! y ya sale. Mas te valdría irte solo que quedarte ahí dos o tres horas dándole... y luego cuando arranque ese cacharro os va a lanzar a todos hasta la luna por lo menos. Ya lo creo. El motor por fin se decidió. Una explosión había estremecido el aire pero no había proyectado a los pasajeros hasta la luna. Con grandes golpes del pistón el motor manifestaba ahora su alegría de vivir. El movimiento regular de las bielas comunicaba una vivaracha trepidación a toda la carrocería. El padre saltó tras el volante, se ajustó la capucha, las gafas protectoras y sus guantes de piel. El paisano, que se había alejado con un poco de miedo, se puso a saludar la salida: - ¡Buen viaje, hombre mecánico, que tengas vientos favorables! ¡Acuerdate de no volver a pasar por aquí porque podría estar esperándote en una barricada con todos los muchachos del pueblo!. ¡Compréndelo hombre mecánico: soy marchante de caballos! El padre soltó una carcajada. Una nube negra salió del tubo de escape, y mientras embragaba gritó: - ¡Hazte vendedor de coches y ganarás más dinero! Los álamos recomenzaron su loca carrera. Michel dijo: - Es la cuarta vez que nos dicen cosas desde que salimos de París. - ¡Eso no es nada, chaval! Es gente que no entiende que las máquinas son para aliviar sus penas. Pero esa clase de palurdos desaparecerá poco a poco. Era peor cuando aparecieron los primeros coches sin caballos... ¡incluso con el ferrocarril pasaba!. ¿Sabes? Cuando los primeros trenes empezaron a rodar hubo que armar a los guardabarreras con sables para que pudieran defenderse contra las bandas de energúmenos que venían a atacarlos y boicotear las vías. Hoy día todo el mundo está bien contento con el tren y nadie puede negar que aporta prosperidad incluso a las regiones más aisladas. Algún día todo el mundo tendrá su auto... incluso su aparato volador. - ¡Eso será estupendo! -aplaudió Michel.- Dime papá, ¿los corredores van igual de rápidos que nosotros? - ¡Mucho más, pequeñajo! Llegan a los cien kilómetros hora incluso más. Es sorprendente. Nadie se explica como los cuerpos pueden aguantar tales velocidades, aunque hace falta decir que son hombres excepcionales... en una palabra: campeones. - ¿Los vamos a ver de cerca? - Eso espero. Es para eso que traigo mi material. También vamos a intentar conseguir algunas buenas instantáneas. Traigo las nuevas placas ultrasensibles.... ¡espero que tu estés a la altura! - ¡Claro, papá, como siempre! Michel servía de asistente fotógrafo. Tenía las placas preparadas para cuando su padre, metido bajo un grueso trapo negro se las pedía para ir metiéndolas en el aparato. La manipulación de la enorme caja necesitaba una minuciosa habilidad y la puesta a punto necesitaba minutos. Todo aquello fascinaba a Michel que ya había descubierto su vocación: sería fotógrafo. Un badén enorme forzó los resortes de manera brutal. Michel sujetó su gorra y preguntó: - ¿Cómo pueden los corredores ir tan rápido por las carreteras? ¡Se van a matar! - Las carreras de velocidad de corren en recorridos preparados. Incluso en Le Mans, a donde vamos, parece que han usado un sistema nuevo absolutamente revolucionario: han cubierto la carretera con una mixtura hirviente, pastosa; que endurece cuando se enfría y que sin embargo se queda ligera y elástica. Lo llaman alquitrán me parece. Tengo ganas de ver eso de cerca. Un rato después habían alcanzado los suburbios de Le Mans. La hostilidad de los paisanos había sido sustituida poco a poco por una divertida curiosidad y después por una evidente simpatía. Ahora, mientras la Lorraine-Dietrich avanzaba por el duro adoquinado de la vieja ciudad, empezaron de pronto a llegar ovaciones desde todos lados. - Aquí tienes gente que aprecia el progreso -dijo el padre- ¡Ya te decía yo que los Manseses llevan el automóvil en la sangre! Mientras tanto, el gentío cada vez más compacto se agolpaba alrededor del doble faetón que apenas podía avanzar a la velocidad de un caballo cojo. - ¡Que bien, papá, están todos muy contentos! Dos muchachitas le lanzaron sus ramos de flores. Algunos muchachos subieron al marchapie y uno de ellos, haciendo un giño gritó: - ¡Viva Clement! ¡Tienes que ganar, he apostado medio franco por ti! Michel se divertía cada vez más. - ¡Papá, dicen que eres Clement, el corredor de la casa Bayard! ¡Qué gracioso! - ¡No soy Clement! -gritaba el padre sin parar- ¡No soy corredor, soy fotógrafo! Pero sus potrestas se perdían en el rugido de "¡Viva Clement!" que toda la calle gritaba a una sola voz. - ¡Quisiera ir a un hotel! - Le dijo a gritos al fanático del marchapié. - Eso está hecho Señor Clement. Usted sígame que yo le llevo al hotel de los corredores. A Michel le dolía la barriga de tanto reirse. - ¡Que bien papá! Vas a poder hacer todos los retratos de corredores que quieras. - Pues mira, tienes razón. De todas manera... tampoco veo la manera de hacer otra cosa. Así, casi llevados por las masas, llegaron a un hotel de hermosa apariencia donde se abrió la puerta de la cochera dejando entrar a la Lorraine-Dietrich que pudo al fin enfriar sus bielas y cilindros. En aquella cochera convertida en garaje, reposaban ya otros automóbiles. Michele reconoció un coupé Fiat, un phaeton Peugeot, dos Renault y un viejo De Dion-Bouton. Un tipo grande vestido de manera informal aunque llevaba cuello vuelto y pajarita, con una gorra del revés inclinada hacia la nuca, observaba su entrada. Avanzó hacia ellos y dijo: - Entonces, parece que usted es el famoso Clement. ¡Estaba deseando ver cómo es en persona! - No, no -protestó el padre- Ya vale con eso. Yo no sé cómo se han creido que yo soy Clement pero si de algo estoy seguro es de que no lo soy. Yo soy artista-fotógrafo de profesión y automovilista por pasión. Este de aquí es mi hijo Michel y hemos venido para asistir al Gran Premio. El hombre de la pajarita se rió de manera sonora y ltendiendole la mano dijo: - Eso me tranquiliza, porque figurese usted que Clement soy yo. O al menos eso creía hasta hace un ratito que he empezado a escuchar que Clement estaba llegando y no he estado ya demasiado seguro. Sienta bien recuperar mi vieja identidad... pero bueno, no hablemos más. Una confusión que ha servido para conocernos. Michel, su padre y Clement llegaron al hall del hotel donde muchos personajes encopetados departían entre ellos. Michel vio agitarse muchas barbas de todas las formas, colores y tamaños. Su padre le dijo en voz baja señalandole una de ellas que era la del ministro Barthou; pero para Michel todas las barbas se parecían. Por contra, reconoció fácilmente a Nazarro, el pequeño piloto italiano de la Casa Fiat, a Szisz, de la Casa Renault y algún que otro "as" que su padre ya había retratado antes. Este le señaló a unas personas que acababan de entrar y a las que se presentó a los presentes como Georges Durand, René Pellier, Georges Carel y Gustave Singher, fundadores del Automobile Club de L'Ouest. No llevaban barba sino enormes bigotes. Reporteros llegados de todo el mundo estaban allí blandiendo una libretita y una estilográfica, ese curioso portapluma con depósito de tinta que hacía poco habían inventado en América. Todo lo que decían estos señores importantes parecía interesarles mucho; pero Michel tenía verdaderamente demasiado sueño.
****** 27 de Junio de 1906. Desde el alba Michel y su padre están instalados en un punto estratégico en plena curva. Delante de ellos, el aparato fotográfico (la cámara negra como lo llama su padre) montado sólidamente sobre tres gruesas patas de madera, apuntando su enorme objetivo al centro de la pista. Una sombrilla está fija por encima del objetivo para protegerlo del sol. Las cajas con las placas se amontonan a su alrededor. El padre está en su puesto bajo el trapo negro. Solo se le ve la parte baja de sus piernas. Michel vigila la llegada de los corredores para señalarlo con tiempo a su padre y que pueda accionar el disparador cuando el coche pase frente al objetivo. Después, rápidamente, Michel pasa por debajo del trapo negro una placa virgen y con el mismo brazo recoge la placa expuesta que le da su padre. Muchas veces algo muy interesante sucede durante el cambio de placas y entoces su padre se irrita y se escuchan un motón de improperios debajo del trapo negro que parece agitado por una furiosa tempestad.. Los espectadores de alrededor se interesan en la fotografía tanto como en la carrera. Le han puesto de apodo a su padre "el fantasma de luto". Cuando ven que el trapo se agita porque mi padre ha perdido una foto interesante le gritan: "¡eh, fantasma! ¿se te ha escapado el pajarito?" La carrera cautiva a Michel. Los coches llegan con un estruendo apocalíptico. Los neumáticos chirriando proyectan una nube de polvo y piedras. La máquina pasa en tromba (¡120 kilómetros a la hora ha dicho su padre!) y desaparece como un insecto alto de cuatro patas, haciendo brillar todos sus cobres y vivos colores. Los dos hombres que van dentro se distinguen como bolitas encasquetadas en cuero, con gruesas gafas protectoras tras las que se esconden los ojos. La carrera es muy penosa. El alquitranado, esa innovación tan deseada que tenía que constituir, según los especialistas, una revolución en el arte de hacer carreteras, ha resultado ser al final un inconveniente suplementario. Esparcido en capas demasiado delgadas y todavía casi líquido, las ruedas sin guardabarros lo proyectan sobre el rostro de los participantes cuyas gafas poco a poco se oscurecen. Cegados, los corredores terminan por desprenderse de ellas; pero entonces el alquitrán les quema cruelmente los ojos. Algunos accidente se han producido por esta causa, dejando fuera de carrera a muchos equipos. La carrera despiadada ha eliminado a las mecanicas con imperfecta puesta a punto así como a las energías humanas mal calculadas. El circuito describe un triángulo cuyos vértices son Le Mans, Saint Calais y La Ferté-Bernard. Una doble horquilla pasado Vibraye somete a dura prueba el virtuosismo y sangre fría de los corredores, además de la calidad de los frenos y el reprís de las máquinas. Los participantes deben completar doce vueltas; es decir, 1.200 Km. La Gran prueba llega ahora a su fin. De los 32 inscritos que tomaron la salida solamente once permanecen en carrera. La lucha por la victoria es excepcional hasta el final circunscrita ya solo a los Fiat, los Bayard y los Renault. Y es finalmente una Renault pilotada por Szizs la que consigue la victoria a una media horaria de 102 km/h. El padre de Michel anota cuidadosamente sus características: cuatro cilindros, 12.850 cc de cilindrada, potencia 105 CV a 1.200 rpm. Los autos Renault han aportado además de sus innegables cualidades, una nueva invención que ha contribuido a su victoria: las llantas desmontables. Su padre asegura que es un progreso capital. La gran manifestación ha terminado ya. A Michel y su padre no les queda mas que empaquetar los preciosos clichés, cargarlos en la Lorraine-Dietrich y regresar a París. Allí, bajo la luz roja del laboratorio, renacerán, en los baños de revelado, las peripecias de la apasionante carrera. |