EL ULTIMO CAMPO DE BATALLA DE JUAN MANUEL
FANGIO
una cosa producida por el síndrome
postvacacional de GUS
En el ciberespacio desde el 8-10-2001
I
Cuentan los libros de Historia que tras
cuatro años de sangrientos e intensísimos combates los alemanes tuvieron que
levantar la línea de defensa y abandonar Verdún; pero es mentira. Siguen allí.
Tomando el desayuno en un modesto hotel de
Verdún solo escucho conversaciones en lengua bárbara por las mesas de mi
derredor; los coches de matrícula tedesca invaden la ciudad y ni siquiera los
japoneses se hacen notar de tanto germano como abunda.
Por la entrada de la ciudad
subterranea llegan a la par un autobús cargado de jubilados alemanes y otro
lleno de jubilados anglosajones. Del Café sale un grupo más de franceses veteranos.
Se miran, se sonríen.; mezclan sus ruidosos bullicios respectivos en uno solo
multilingüal mientras entran en las trincheras. Que bueno que el tiempo pasó
para bien, pienso.
El alma vuela evocando los dramas del
pasado mientras abandono Verdún, como no, por la Via Sacra. Rememoro las
imagenes de aquellos primitivos camiones abasteciendo el frente por el mismo
lugar que ahora transito, un único "glorioso y heroico" hilo
umbilical que salvó los ejércitos franceses del desastre. Abandono la ciudad
recordando imágenes y datos que se agolpan (toda la visita fue así) en mi
mente. Por un momento el anuncio del Mcdonald de Verdún y un concesionario de
la Seat que aparecen al borde de la "sacra cuneta" me rompen el
influjo, pero enseguida recupero la ensoñación, el estado de animo, el
trance o lo que quiera que sea esta manera de sentirse.
La mañana está fria mientras entro en lo
que un cartel me dice son "Terrenos de Argonne y Verdún. Campos de
Batalla 1914-1918" y los "recuerdo" como paisaje lunar en
blanco y negro castigados hasta la saciedad por los morterazos de cuatro años
de irracional y recíproco fanatismo. Ahora los cruzo en una tranquilísima mañana
de fin de semana. Es muy temprano. Los bosques frondosos de altísimos árboles
han sustituido hace mucho tiempo los cráteres de los generales asesinos. Allí,
ahora, solo el sol pelea y triunfa sobre la bruma matinal destapando toda una
gama de tonos verdes por doquier.No hay estruendo de explosivos sino trinos de
pájaros y rumor de brisa suave sobre la vegetación. La única nota
discordante es el ronroneo de mi vehículo que, símbolo de todo esto quizás,
porta matrícula alemana (de hecho se llama Fritz según asegura su dueña)
pero es un Renault.
Viejos campos de Batalla. El tiempo pasó
por fortuna y yo parto en busca de escenarios de peleas más agradables de
evocar. Entro a la Autopista de Metz rumbo a París. La próxima aglomeración
urbana en el camino es la ciudad de Reims.
II
Las torres de la impresionante catedral gótica
de Reims me obligan a parar. Recorro sus fachadas buscando a un viejo
conocido; "el angel de la catedral de Reims", paradigma de la nueva
tendencia artística que se imponía al románico, con su característica
"sonrisa arcaica" como ejemplo de las nuevas ansias naturalistas del
estilo. Tantas veces me lo topé en clase de arte, en los famosos exámenes de
diapositivas de la facultad, que ahora tengo que ir a saludarlo. Cómo iba a
dejar de hacerlo.
Lo busco entonces, y efectivamente allí
está; como si detrás de la esquina fuera a surgir de pronto el profesor
Valdivieso dispuesto a asestarme otra vez más una de sus famosas puñaladas
verbales: "A ver, Morales, abrévieme las características de la
escultura gótica". Pero yo permanezco tranquilo porque ahora está
conmigo el viejo angel de Reims dispuesto a ayudarme ilustrando mi
respuesta. "Hola, Angel", lo saludo, "que bueno tenerte delante
al fin"; pero él se limita a sonreir "arcaicamente". Sigue
sonriendo el tio después de tantos siglos. ¿Qué sabrá él que nosotros no
sabemos?
III
A la salida de Reims dejo la autopista y
afronto la carretera N1 en dirección a Soissons. "Debe ser por aquí, en
algún lugar a mi izquierda", me autoindico. Por estos campos el sol aún
pierde la batalla contra la fresca bruma norteña que apenas me deja ver unos
cientos de metros más allá, pero me pongo a buscar de todas formas.
La primera salida a la izquierda que me
decido a seguir termina pronto en algo así como una granja. "Volvamos
atrás, Fritz". La segunda, es una carretera estrecha sin apenas cuneta
que se prolonga en linea recta hasta perderse allá adelante en el silencio
matinal y la niebla que ahora ya empieza a disiparse.
Avanzo por esta recta lentamente, siempre
derecho, sin ni siquiera caer en la cuenta de que ya estoy en el sitio al que
quiero llegar. Incluso pienso "Joder, que recta más larga" sin
percatarme ni sospechar que no es "una recta" sino "la
recta".
Pero el despiste solo dura un instante más
porque de pronto, el borde de la ruta se abre en una gran cuneta plana y
me muestra edificios alargados flanqueando la calzada: una especie de torre de
control semiderruida, un extraño esqueleto de metal que ...¿qué diablos
es?, unos edificios techados que cuajados de desconchones como signo inequívoco
de abandono, se pronlongan hacia delante.... Paro el coche en esa especie de
cuneta ancha. Miro al otro lado de la carretera... y si: son graderíos.
Vuelvo la cabeza y me topo a mi derecha, justo a un plamo de mi nariz, con un
largo edificio abierto hacia delante, dividido en compartimentos regulares con un
pequeño muro separandolos del asfalto según la vieja usanza de las antiguas
instalaciones de este tipo. Y entonces es un escalofrío intenso que
recorriendo mi espina dorsal transforma mi epidermis en pura piel de gallina
el que padezco o disfruto cuando mi pensamiento concluye, sin lugar a dudas:
"Es aquí. Estoy parado en la línea de boxes del circuito de Reims".
La bruma se va y aprovechándolo miro hacia
atrás, al sitio por donde he venido, y ahora sí que lo reconozco: "La
recta de meta. Es la interminable recta de meta de Reims. Has venido por la
mismisima recta que tantas veces has visto en fotos y películas y ni siquiera
te has dado cuenta, gilipoyas". Hablo conmigo mismo, claro.
IV
Salgo del coche. Lo recorro todo tocándolo
incrédulo. Las tribunas dominan el otro lado de la carretera. Una pequeña al
principio; una mayor y muy alargada después. Aun con síntomas evidentes del
largo olvido, las dos siguen enteras. Sus paredes conservan un estuco claro,
sucio y erosionado, las gradas de cemento desnudo muestran todavía los números
de cada asiento en pintura azul aun bien visible, los frontales dejan adivinar
aun lo que en otro tiempo fueron coloridos anuncios de lubricantes, prensa
deportiva o carburantes en tonos ahora desvahídos y difuminados. La maleza
invade los graderíos como en otro tiempo lo hicieron los aficionados.
Otro tanto sucede a este lado de la pista.
La línea de boxes permanece deteriorada pero en pie. Los distintos
compartimentos se alinean casi intactos a ambos lados del bloque central
de Dirección de Carrera con su torre y gradas altas aun erguidas. Los marcos
metálicos de los ventanales todavía están en su sitio. Pero todo está vacío.
Solo la vegetación y la penumbra ocupan el espacio antes hiperpoblado y
bullicioso, vibrante y sonoro de los distintos stands.
Algún coche aislado recorre la carretera.
Vuelvo la vista al paso de uno de ellos. Es un Mercedes color plata que
"cruza la meta" a considerable velocidad. ¿Han sido imaginaciones
mias? ¡que me aspen si no era Rudi Caracciola quien iba al volante!.
No pienses tonterías, no desvaríes; como
diablos iba a ser... ¿y ese ruido de motor? Viene de ese Box. Si allí detrás
de los arbustos, en las sombras....¡mil demonios aparecidos! Es el mecánico
Zanardi regulando la carburación del Alfeta haciendo un ruido de mil demonios
ante la atenta mirada de Fagioli y el doctor Farina. Incluso huelo
perfectamente el aceite de ricino que le meten en el depósito. ¿Pero como
puede ser? ¿cómo pueden estar aquí?¿Y esta algarabía a mi alrededor?
Donde antes había matorrales ahora hay un
mar de público bullicioso, lo que antes eran ramas agitadas por el viento son
ahora brazos que enarbolan sus sombreros y pañuelos al paso de los heroes....
¿Y los heroes? ¡Han venido todos! Allí enfrente Chirón departe
tranquilamente con Collins, Benoist y Rindt; apoyado en su Bugatti
Dreyfus charla con Taruffi y Jim Clark que apoya el pie en su superbajo Lotus.
Sentados en el mureto Rodriguez, Lang y Brabham observan al viejo
Neubauer que imparte ordenes al ejército de mecánicos. Seaman charla con
Moss, hombres de Su Majestad en la corte de la estrella de tres puntas, y Von
Brauchitsch se ríe del ridículo cochecito que Von Trips alinea en la
parrilla: una cosita roja de litro y medio que parece de juguete junto a su
descomunal motor Mercedes. Wimille saluda a su afición camino de su máquina
azul con la famosa calandra de herradura. También empujan sus bólidos por la
pista hacia la salida Castelloti, los dos Hill, Divo, Campari, Rosier, Ascari....¡que
buena carrera va a ser esta!. Villoresi lo mira todo departiendo con el público
en compañía de Mclaren y el príncipe Bira; y allí en la baranda está
Musso con la mirada perdida. Parece meditar. "No salgas a correr Luigi,
por lo que más quieras no salgas a correr", le grito. No parece haberme
oido.
No soy el único que grita. Ante las risas
de Surtees y Chinetti, por el Pit Lane viene corriendo hacia mi el mismísimo
Etancelín dando voces. Su gorra se le escapó por el viento. La cazo, se la
entrego. El se la pone con la visera del revés como siempre mientras se
percata de mi llavero con el emblema del cavallino rampante.
-Grazie tante- me dice.
- Prego.
Y los altavoces anuncian el inicio de esta
genial carrera y todos los motores rugen. Y alzo la vista y allí viene
bajando las escaleras el ínclito Charles Farroux desplegando su bandera
tricolor para el comienzo y su ajedrezada para el final.
La mañana avanza. Los coches pasan ahora
con más asiduidad. Alfas, Mercedes, Audi. Unas veces parecen turismos
actuales, otras bólidos de otro tiempo... ¿quien va en cabeza?. No sé. Yo
hago fotos. Algún conductor cuyo rostro no reconozco entre tantos familiares
que están pasando se me queda mirando con cara de extrañeza. Casi puedo
adivinar lo que piensa: "¿que hará tan temprano este tio solo aquí en
medio?". Solo dice, cuando están Petulet y el Cabezón, Varzi, Sommer,
Bandini, Hawthorn, Brooks, Bonnier e incluso el gran Nuvolari.... Solo dice;
en este bullicio de gentes curiosas, y periodistas, y mecánicos; en este
estruendo de Grandes Premios mezclados y en desarrollo....
Pero sí, un simple soplo de la brisa
en mi cara basta para borrar tanta imagen agolpada y ahora que miro bien,
todo está desierto y en ruinas. Ni siquiera tengo que frotarme los ojos para
que los espiritus desaparezcan en un momento. Allí parado en medio de la línea
de boxes simplemente he debido experimentar una ensoñacion del pasado, o
quizás ha sido una aparición múltiple de los fantasmas que pueblan el
lugar... como ese Maserati que ahora avanza hacia mí y se para justo al lado.
El piloto viene serio, baja del coche profundamente exhausto y dice "se
acabó". Y todos, fantasmas o no, asentimos con una mueca de disgusto
resignado, y yo digo: Si, lástima; pero fue fantástico. Estuvo increible
campeón". Él entonces me mira y me saluda:
- Hola hombre del futuro. Me llegó el eco
de que uno por fin puede igualar mis logros.
- Solo tus números, Chueco. Solo tus números.
Y monto en el pequeño Renault y me alejo
del pasado marchando por la interminable recta de meta de Reims. Viejos campos
de batalla ahora sumidos en la quietud matinal. Ese tiempo, el implacable, el
que pasó... solo esta huella agridulce nos dejó.
Gustavo Morales
...)