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Sin lugar a dudas los barn-find, que podríamos traducir como “hallazgos en el pajar”, están de plena actualidad. Publican libros especializados en el tema, se les dedica secciones fijas en las revistas de clásicos, exponen unidades en las ferias perfectamente ambientadas junto a fardos de paja o gallinas, llenos de polvo y con las ruedas sin aire…

No hay subasta de prestigio en la que no aparezca algún vehículo oxidado, aderezado con una historia singular que anime su venta. Sirva como ejemplo la recientemente celebrada por la casa Artcurial en Retromobile París, en la que la colección Baillon se vendió al completo superando todas las espectativas y sin que la gente de este mundillo pudiera explicárselo.

Después del descubrimiento, el debate esta servido: Dejarlo como se ha encontrado o restaurarlo… Encontraremos opiniones muy válidas por uno y otro lado pero, al final, la cuestión económica y el espacio donde guardarlo suelen determinar el destino del óxido.

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El museo Mahymobiles de Bélgica tiene unos cuantos clásicos polvorientos en letargo…

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En 1970 se creó el primer museo belga del motor, en la localidad de Houthalen, en Limburgo, al sureste del país; sin embargo, seguía habiendo un gran problema: ¿Qué hacer con todo lo que no cabía? El parqué móvil del Sr. Mahy no dejaba de crecer…

Ghislain Mahy “El Rescatador”

Existe un lugar que desde hace muchos años se encarga de rescatar dichas piezas olvidadas. Es el museo Mahymobiles de Bélgica, en el que se guarda una de las colecciones más grandes de Europa. La cantidad de fondos que acumula es, sencillamente, exagerada: En ella se  cuentan más de novecientos cincuenta coches, sesenta motos, una colección de bicicletas, coches de niños y algunos carros de los que iban tirados por caballos.

El iniciador de tan extenso garaje fue Ghislain Mahy, nacido en 1907 en la ciudad belga de Gante. Desde muy joven desarrolló una innata capacidad mecánica, quizá por ser hijo de una familia especializada en la fabricación de calderas de vapor. A la edad de diecisiete años construyó su primer automóvil utilizando un motor de Dixi y piezas de segunda mano; “el peor coche jamás construido”, decía siempre.

Cuatro años más tarde se las arreglaría para venderlo por un buen precio, gracias al que consiguió sus primeros ingresos para entrar en el sector de la automoción. En 1938 abrió la primera agencia de alquiler de coches de Bélgica y, posteriormente, se convirtió en agente para tres fabricantes de renombre: Nash, Simca y Fiat.

Ghislain Mahy
Bonito ejemplar de Maybach SW 38 Sport-Cabrio Spohn de 1937

Acumulación Primitiva

Tras las penurias de la II Guerra Mundial empezó la fase de acumulación: Así, a partir de su primer auto, un Ford T que le fascinaba, adquirió de un taxista un Benz de 1915 y un Fiat Limousine de 1921. Más tarde llegarían un Wanderer de 1915, un  Fondue Tipo CF de 1906 y un Rolls de 1920…

Las reliquias se almacenaban en el antiguo Circo de Invierno, situado en el centro de Gante. Aquel gigantesco edificio circular era un lugar surrealista, una obra maestra arquitectónica de 6.000 metros cuadrados en cuya planta baja se instaló un concesionario de coches y en cuyos pisos superiores e inferiores -cinco y dos, respectivamente- fue tomando forma un enorme almacén de clásicos. En cada nivel, decenas de autos se iban amontonando; mientras, otros dormían tranquilamente en las plantas subterráneas, sin ver la luz del día.

En los años de la guerra de Corea el precio de la chatarra se quintuplicó, y muchos automóviles “viejos” fueron víctima de los profesionales que a ella se dedicaban. La afición por los vehículos antiguos no estaba tan desarrollada como ahora, así que Ghislain Mahy pudo comprarlos por su valor de desguace: En pocos años aumento considerablemente su colección, y entonces empezó a acariciar la idea de crear un museo para compartir su pasión con los demás.

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Vista del Circo de Gante en 1963. (Foto cedida por Ivan Mahy)

Después de treinta años de trabajo incesante unos doscientos cincuenta coches fueron meticulosamente restaurados por Mahy y sus amigos. En 1970 se creó el primer museo belga del motor, en la localidad de Houthalen, en Limburgo, al sureste del país; sin embargo, seguía habiendo un gran problema: ¿Qué hacer con todo lo que no cabía? El parqué móvil del Sr. Mahy no dejaba de crecer…

Pese a que el museo Autoworld de Bruselas se convirtió en el hogar, desde 1986, de una cuarta parte de la colección, se hizo necesario encontrar un espacio en el que albergar otros 750 vehículos de época. Durante más de 20 años el primogénito de la familia, Ivan Mahy, buscó un inmueble lo suficientemente grande como para alojar semejante cantidad de “hierros viejos”.

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Fundación “Mahymobiles”

Finalmente, en 1997, encontró lo que tanto había buscado: Una fábrica textil abandonada en la ciudad de Leuze-en-Hainaut, cerca de la autopista entre Calais y Bruselas. El consistorio municipal apoyó la iniciativa y entonces él compró el edificio. Creó además una fundación benéfica, de nombre “Mahymobiles”, para ejecutar el museo y evitar así la dispersión o venta forzosa de la colección tras la muerte de algún familiar de importancia.

Las obras de acondicionamiento de la nueva institución fueron un trabajo laborioso: Se necesitaron dos años y medio tan solo para trasladar los autos, algunos de los cuales no habían visto la luz del día en más de 40 años. Toneladas de piezas de repuesto, de herramientas, de material de instrucción… Cientos y cientos de cajas y contenedores acumulados durante todo aquel tiempo. También se trasladó una de las bibliotecas más importantes del continente, estimada en cuatro toneladas de libros que, sin duda, harían las delicias de los amantes de la literatura añeja como yo.

Antes de realizar a visita, hay que tener en cuenta que el museo sólo está abierto los domingos y festivos comprendidos entre el 15 de marzo y el 31 de octubre. No obstante, hacen alguna excepción para grupos mayores de 25 personas. Y dicho esto…

Una vez en la recepción toca elegir el orden de la visita, ya que el museo se divide en dos grandes zonas, la de la derecha y la de la izquierda. En este artículo empezaremos por la primera, la cual nos lleva directamente a un pasillo con una interesante colección de ciclos, desde las Draisianas hasta los famosos Rickshaw. Tras ellos, hay un balcón desde el que admirar una vista general de los coches expuestos; tienen tantos en tan poco espacio que es difícil disfrutarlos como se merecen.

Bajamos por la cafetería y empezamos, por fin, con la exposición de automóviles. Lo primero que llama la atención es que estos no están clasificados por época de fabricación, sino por el país del que proceden. Así, si hacemos la visita en sentido contrario a las agujas del reloj, nos encontraremos primero con los americanos, después con los franceses, los alemanes, ingleses, japoneses y… antes de volver al punto de partida, con los belgas; marcas como Minerva, Socobel, FN o Imperia despertarán sin duda nuestra curiosidad.

Existe también una sala consagrada a la docencia, la cual está decorada con partes de automóviles seccionadas con el objetivo de enseñar a los escolares que acuden de visita.

El final de la pasarela señala el paso a la última sección de Mahymobiles, la cual podría ser calificada como el sueño de los “cazadores” de clásicos…

Óxido y polvo, al fin

Sin embargo, sólo una vez de vuelta en la entrada tendremos la oportunidad de admirar lo que hace realmente singular de este museo. Junto antes de disfrutar de la segunda zona, la de la izquierda, un cartel nos anunciará: “Si no fuera por Ghislain Mahy, más del 80% de estos automóviles estarían achatarrados.” Accedemos pues a una especie de pasarela ascendente, y aparecen a nuestra derecha unos cinco coches polvorientos en batería; frente a ellos, motores sobre pallets…

Doblamos una esquina y, mientras seguimos avanzando, salen a nuestro encuentro una veintena de autos más. Adormecidos, predominan los grandes coches americanos de los años 50, como los Cadillac o los Chrysler, entre otros; aunque también se amontonan los de origen europeo y algún que otro anterior a la II Guerra Mundial.

Una vez hayamos alcanzado la parte superior de la galería estaremos a unos 5 metros del suelo, y junto a otra quincena más de máquinas estacionadas con el propósito de ocupar el menor espacio posible. Sujetos a la pared, constituyendo un ejemplo de decoración industrial, más de un centenar de tapacubos colgados como si de cuadros se tratasen. Son los entrantes del menú…

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El que guste de adivinar marcas y modelos, en este museo disfrutará de lo lindo

Porque el final de la pasarela señala el paso a la última sección de Mahymobiles, la cual podría ser calificada como el sueño de los “cazadores” de clásicos. Se trata una nave repleta de automóviles en estado de barnfind o hallazgo; a nuestros pies, decenas de clásicos se extienden más allá de lo que podemos ver, por todos los rincones. Gracias a los cuidados del museo la gran mayoría se conservan en un estado aceptable, nada que ver con los óxidos de la recientemente subastada colección Baillon.

Mirando bien entre las filas se pueden ver cosas tan interesantes como algún Maserati, Aston Martin o un veterano Mercedes que comparte espacio con otros viejos amigos más populares, como varios Ford T, Renault o Citroen CX. En una plataforma a nuestro nivel, una muestra de la evolución de las carrocerías centra la atención: Desde un trineo tirado por caballos hasta el más moderno NSU Ro 80.

Un atípico museo

Finalmente, en una esquina del atípico pabellón, se encuentra un bonito diorama que representa una de las famosas travesías de Citroën en los años 20; a su lado, los protagonistas de dichos viajes, un par de robustos Citröen Kegresse P17. Antes de abandonar la estancia nos paramos frente al postre, unos ventanales que permiten ver una interesante muestra de motocicletas…

En definitiva, Mahymobiles es un museo destacable por su variedad, pero sobre todo por la cantidad y condición de los más de 300 automóviles que allí se exponen. Seguramente los entusiastas echarán en falta algo más de espacio para disfrutarlos, pero nada -ni nadie- es perfecto, ¿no les parece?

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