PERALVILLO - DAKAR / DAKAR-PERALVILLO
En un viejo Jeep y ¡en solitario!
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En la web desde el 15 de Febrero de 2008
Y por si lo enunciado en este título fuera poco, habría que añadir: ...¡y con un piloto, también "clásico", de 71 años! Esta y no otra es la historia que vamos a narrar en la presente crónica, siguiendo fielmente las impresiones que el propio protagonista de la aventura nos confió allá por diciembre de 2006, a su regreso de ese round trip africano de 9.000 kms. que le obligó a cruzar de cabo a rabo, y por dos veces, Marruecos, Sáhara Occidental, Mauritania y Senegal. El "loco" en cuestión, Pepe Romagosa Gironella, barcelonés afincado en Peralvillo y viajero impenitente - amén de reportero del diario "La Tribuna" de Ciudad Real - cuenta y no acaba sobre las peripecias por las que hubo de pasar a lo largo de su apasionante viaje. Lo primero que tenemos que aclarar, para situarnos, es que nuestro aventurero es de esos septuagenarios que piensa que un hombre no es viejo hasta que decide serlo; y que no hay por qué cruzar esa barrera si uno mantiene viva la curiosidad, el interés por conocer el mundo en que vivimos, y ese irresistible afán - que muchos creen privativo de la juventud - de experimentar sensaciones nuevas.
Pepe, como buen conocedor del mundo del volante, lo primero que hizo mientras preparaba su aventura, fue encargar una revisión a fondo de su viejo Jeep - un Bravo corto equipado con motor Perkins 4-108 - , la incorporación de un reforzado sistema de refrigeración, un snorkel, una segunda batería, un cabestrante, un juego adicional de faros y una segunda rueda de recambio; así como el montaje de un clinómetro, una brújula y un segundo control de temperatura en el salpicadero. De igual forma, se ajustaron, para hacerlos más manejables en terrenos difíciles, el sistema de acoplamiento del eje delantero y los mandos de la reductora. Puede decirse que el viejo Jeep, al salir de los talleres Muñoz de Malagón encargados del repaso, volvía a ser el joven todoterreno que un día, hace ya veinticinco años, salió de la zaragozana factoría CAF de Motor Ibérica. Casi un milagro.
Y con él, con ese vehículo amarillo y saltarín, fue con el que nuestro protagonista inició su viaje en la pintoresca aldea manchega de Peralvillo, rumbo a Algeciras, donde el ferry de turno les transportaría - a él y a su montura - hasta Ceuta, primer punto de racalada de su prevista travesía africana. El trayecto hasta el puerto de embarque lo realizó a una velocidad media de 75 kms./hora, para no disgustar a ese motor Perkins poco amante de las carreras. Y esta fue la velocidad media que el conductor consiguió mantener en los mejores tramos marroquíes; no así, obviamente, en el desierto del Sáhara ex español ni en el de Mauritania, donde las velocidades medias se reducían drásticamente a 40, e incluso, en algunas jornadas en las que arreció el harmattan y desaparecía la pista, a 20 kms por hora. De aquí que el tiempo que requirió ese viaje completo de 9.000 kms. alcanzara la friolera de 175 horas, equivalente a más de 20 jornadas de conducción (la mitad de las empleadas en todo el viaje), y a un recorrido medio de 450 kms para cada una de las largas jornadas pasadas al volante. Mucho trajín para un conductor que ya peina canas, pero que éste superaba con buen ánimo aunque hubiera tenido que pasar la noche al fresco (al frío, mejor dicho, de la noche en el desierto) o sobre una alfombra extendida en el duro suelo de una haima. La íntima satisfacción de ir dejando atrás Rabat, Safi, Agadir, Guelmine, Tan-Tan, sin accidentes que señalar, y de saberse algo más cerca de Sidi Ifni, Dakhla, Nouadhibou, Nouakchot, Rosso y del fin de la ruta en Dakar, permite combatir - según nos contaba Romagosa - la hipnótica monotonía del desierto y el peligro que ella y el traicionero harmattan conllevan para los conductores, por no hablar de esa alta probabilidad, de la que nos advierten los propios gobiernos, de ser víctimas de guerrilleros, grupos de separatistas o bandidos.
Cruzar Marruecos, desde Ceuta hasta El Aaiún, constituye, al parecer, la parte más tranquila del viaje, dado el cada día mejor estado de la red de carreteras, en especial las que conectan las grandes capitales atlánticas. Incluso por rutas del interior del país, vía Marrakesh o Ouarzazate, las vías son seguras y bien pavimentadas. La travesía del Atlas, únicamente, requiere ciertas precauciones. El mayor incordio acaso sean las frecuentes detenciones que el viajero se ve obligado a realizar en plena ruta, para mostrar el pasaporte y demás documentación a los agentes de la Gendarmería Real que no cesan de salirle al paso. Pero en estos trámites los gendarmes suelen exhibir la más exquisita cortesía, tanto en el Marruecos que podríamos llamar "legal" como en ese otro país - el Sáhara Occidental - que Marruecos ha ocupado por real decreto y cuyo vasto territorio se extiende hasta la actual frontera con Mauritania.
La cosa cambia bruscamente cuando se entra en Mauritania a la altura de Cabo Blanco. A partir de ahlí, los controles policiales, militares o de cualquier otra fuerza imposible de identificar se producen constantemente, y en casi todos ellos el viajero se ve obligado a entregar alguna cantidad de dinero, o algún regalo, si en verdad pretende proseguir su viaje. Caso contrario, uno puede eternizarse en una fila de camiones e incluso pasar una larga noche en uno de esos controles. Empieza aquí la ingrata experiencia sobre la corrupción que reina en estos países y que se ceba, de forma particular, en el visitante que se aventura a cruzarlos con su vehículo. Según Romagosa, él se vió obligado a entregar un total de 350 euros hasta que llegó a Nouadhibou, junto a la frontera con Senegal, y otros 200 en los puestos fronterizos (Diama, a la ida; Rosso a la vuelta), más un infinito número de esos "cadeau" (regalo) que todo agente de esas fuerzas sistemáticamente "solicita". Cuando ya los relojes despertador, las linternas, los bolígrafos y las radios de bolsillo se hubieron terminado, Pepe tuvo que entregar dos bidones metálicos llenos de combustible (con lo que sólo le quedó uno de reserva), una barra para la inmovilización del volante, un pequeño camping gas completo y...finalmente - no había otra cosa que dar - ¡el móvil!. No son las tormentas de arena, ni el riesgo de "pisar" una de esas minas personales que aún plagan el desierto, ni la fatalidad de atascarse en la arena (cosa que le sucedió cuatro veces, permitiéndole conocer el verdadero valor de ese avance tecnológico llamado pala) lo que hace este tipo de viajes ingratos, sino - según nos aseguraba - el constante e inevitable chantaje a que el viajero se ve paradójicamente sometido ...¡por los propios agentes de la "autoridad"!. Y lo mismo que nos contó de Mauritania, le sucedió en Senegal, y eso sin cruzar Casamance, región del sur del país en la que el "cadeau", aún teniendo suerte, puede llegar a ser el mismo vehículo y todas las pertenencias de su propietario. Parece mentira que en países tercermundistas, pero que cuentan ya con buenas escuelas y universidades, sigan permitiéndose estos desmanes. Naturalmente, estas desagradables experiencias las sufre en mayor medida el viajero solitario que los que recorren estos parajes en grupo. Como esos catalanes que nuestro protagonista se encontró en pleno desierto, ocupantes de modernos todoterreno "full equipe", que hasta pudieron ofrecerle una copa de cava de una helada botella recién sacada de la mejor provista nevera. O esos ochenta vehículos envidiables, con más gepeeses que ruedas, integrantes del impresionante "Amsterdam-Dakar Rallye", con los que pernoctó en un campamento, y que - según vino informado -hacían el largo viaje para que sus ricos propietarios pudieran brincar deportivamente por las dunas y donar después todos los vehículos a una ONG holandesa radicada en Dakar, y destinar el producto de su venta a fines humanitarios.
En cuanto al comportamiento del Jeep a lo largo del viaje, su dueño nos informó de que éste no pudo ser más brillante. Nativos y viajeros se sorprendían al ver un coche de sus características atravesando esos inhóspitos parajes con un solo ocupante...y de edad "algo" avanzada. Y, para colmo, solía ser Romagosa quien se acercaba a ofrecer ayuda al vetusto y sobrecargado camión que el viento había hecho volcar, o a ese despampanante Hammer H3, de chasis de acero, que yacía peligrosamente plantado, como haciendo el pino, en el borde de un barranco; el mismo bólido que unas horas antes le había dado un susto de muerte al adelantarle, casi rozándole (¡con lo ancho que es el desierto!) a 140 kms. por hora: ¡cien más, seguramente, que la velocidad a la que el Jeep circulaba!). Y es que no es el Sáhara un lugar para prepotentes. La Naturaleza es allí la más fuerte - nos comentaba nuestro protagonista - y hay que mostrarle respeto para que no se nos cabree.
Si bien la pala, ese prodigio tecnológico del que hablábamos, logró sacarle de tres atascos importantes, en el cuarto fue el cabestrante lo que le permitió salir del atolladero. La rueda trasera izquierda, al pasar por lo que parecía un charco de un par de metros cuadrados, se quedó encajada en un bache de medio metro de profundidad que el agua no permitía adivinar. La presencia del agua impedía drenar la zona con la pala y José, armándose de paciencia, tuvo que sacar una de las ruedas de recambio, introducirla verticalmente en una zanca que antes tuvo que cavar a varios metros por delante del charco, sujetar a ella (a uno de los orificios de la llanta) el enganche del cable, compactar la arena alrededor del neumático, y rezar para que aquel invento funcionara. Y funcionó. Nos confesó que casi había llorado de alegría al ver cómo la pequeña presión ejercida en el mando del cabestrante, lograba sacar el Jeep, centímetro a centímetro, del profundo socavón. La operación, realizada a media noche y en mitad de ningún lugar, requirió más de una hora. Pero nuestro aventurero, calado hasta los huesos como estaba y rebozado en sudor y barro como una croqueta, ocupó de nuevo su asiento ante el volante y sintió ese gozo profundo, casi telúrico, que el desierto parece deparar a cuantos se apañan solos.
Otro incidente, aunque también superado al final, fue el de aquella noche en la que decidió repostar en una estación de servicio que ya estaba cerrada. Era a la salida de Nouakchott, capital de Mauritania - según nos dijo -, durante el trayecto de ida. Al entrar en aquella gasolinera y colocar el coche frente al surtidor que se hallaba situado bajo un gran letrero que rezaba "gasoil", había podido observar que un manguito de alimentación goteaba. De modo que decidió dormir en el vehículo hasta que llegaran las seis de la mañana, hora en que la estación de servicio volvería a estar en idem, y así podría repostar y corregir la fuga del manguito. Abierta de nuevo la gasolinera a la hora prevista, el pompiste, viendo el Jeep parado frente a un surtidor, procedió a llenar el depósito con la manguera de ese surtidor. José no se había percatado de que otro rótulo más pequeño situado bajo el contador rezaba "essence", es decir, "gasolina". Se ajustó el manguito, apretándose cuidadosamente la abrazadera y cortándose con ello la pérdida de gasoil detectada la noche anterior y nuestro hombre ya pudo partir para continuar su viaje. Mas he aquí que a menos de un kilómetro el motor empezó a ratear y hubo que arrimar el coche hacia un descampado para ver lo que ocurría..., cosa que el lector de esta crónica ya habrá adivinado. Tras muchas buscas y rebuscas, y peripecias que no vienen al caso, Romagosa consiguió un mecánico mauritano dispuesto a ir hasta donde se hallaba el vehículo, y proceder al vaciado y limpieza del depósito y de todo el circuito, hasta sustituir la gasolina erróneamente introducida en ellos por combustible diesel. Cuatro largas horas llevó la operación, en la que el mecánico se mostró en extremo entendido y profesional (no olvidemos que Mauritania es un país muy pobre, y que casi todos los vehículos que por él circulan son viejos cacharros maravillosamente rehabilitados por unos hábiles mecánicos que deben de ser los mejores del mundo). Terminado el trabajo y preguntado el mauritano sobre el importe a pagar, contestó tímidamente: "un euro" (y aquí habrá que recordar que 1 euro es el salario diario de aquellos afortunados - uno de cada diez hombres - que tienen un trabajo en Mauritania y en casi todos los países de su entorno). Recibió 6 euros, el regalo de unas herramientas y el agradecimiento de por vida de nuestro español errante. Otra agradable experiencia para el recuerdo. Un recuerdo, no obstante, que en la mente de cuantos europeos visitan estos países siempre estará impregnado de cierta carga de tristeza.

En cuanto a otros sucesos no relacionados directamente con el vehículo, nuestro expedicionario nos relató dos casos en los que su seguridad personal pudo haberse visto en entredicho. El primero, ocurrido ese día en el que confundió la ruta a su entrada en Essauira, en dirección al "centre ville", y se encontró de pronto en un barrio de chabolas y embocando una calle sin salida que se hallaba plagada de individuos de la peor catadura. Súbitamente, mientras introducía la marcha atrás para retroceder, se percató de un hombre joven y de aspecto patibulario que se dirigía corriendo hacia su coche. Cuando ya había iniciado la maniobra para retroceder y salir lo antes posible de aquel lugar que nada bueno prometía, el sujeto en cuestión, que ya se hallaba junto a la ventanilla, abrió la puerta del Jeep y agarró con ambas manos por la camisa a su conductor, en un claro intento de sacarlo violentamente del coche. Sin saber muy bien cómo lo hizo, nuestro españolito logró desasirse de aquellas garras y, con la puerta todavía abierta, concluir rápidamente la maniobra y salir zumbando, cómo Dios le dio a entender, entre la muchedumbre que le cerraba el paso. Este fue, sin duda alguna, el momento más peligroso de su viaje. Porque aunque hubo un segundo caso, éste no pasó de ser un indicio de otra posible agresión que no llegó a producirse. Le ocurrió en la ciudad costera de Agadir, cuando sesteaba en el coche bajo los árboles de un parque, antes de continuar viaje. Se despertó abruptamente al oír que un hombre golpeaba con los nudillos el cristal de la ventanilla, para informarle en francés y mientras señalaba la parte baja del Jeep, que le habían pinchado las ruedas. Aunque la primera reacción de Pepe fue la de salir inmediatamente del coche, afortunadamente no lo hizo, limitándose a entreabrir la ventanilla y a hacerse repetir la noticia. El sujeto se la repitió, añadiendo algo así como "claro, se queda usted dormido, y pasan estas cosas...". Mientras escuchaba estas palabras, nuestro protagonista descubrió, reflejado en el espejo retrovisor, a un grupo de jóvenes semiocultos tras una garita del parque que observaban atentamente la escena. No precisó de nada más para arrancar de inmediato el vehículo, constatar que los neumáticos seguían operativos y en su sitio, y... poner tierra de por medio.
Con todo y estas anécdotas, nuestro comunicante quiso hacer hincapié en el hecho de que nada sería más injusto que juzgar a los africanos sólo en función de éllas. Son cosas que pueden sucederle al viajero en cualquier país, incluso en los que llamamos "desarrollados". Son más - nos insistía - los sucesos agradables y dignos de ser recordados, que esos otros que, sobre todo en países pobres, son producto de las deficientes condiciones socio-económicas, de la pésima administración de los recursos y de la subsiguiente falta de oportunidades para los jóvenes. Pesan infinitamente más en el cuaderno de viaje los frecuentes gestos de hospitalidad de los que el viajero es objeto, porque son tales gestos los que mejor muestran el lado eminentemente humano y acogedor de los oprimidos pueblos africanos.
Tras relatarnos las impresiones de su viaje que ya hemos anotado, Pepe quiso informarnos, para que a nuestra vez lo contáramos - a modo de aviso para navegantes - a quienes leyeran esta reseña, que la travesía fronteriza entre Mauritania a Senegal, de unos 200 kms. de recorrido por la orilla norte del delta del río Senegal, fue la experiencia más infernal del viaje; una prueba que recomienda muy seriamente evitar a todo aquel que tenga el proyecto de viajar por tierra a ese país del "río silencioso". Según él, no es posible imaginar las enormes dificultades que ese tramo - la "ruta por Diama" - encierra, y lo milagroso que se torna llegar a destino. Se trata de una senda de tierra más parecida a una montaña rusa que a un camino, que en determinadas épocas del año sufre la erosión de las fuertes lluvias y de las crecidas del río que se producen de julio a octubre. Pepe recorrió este tramo en el mes de noviembre, cuando en peores condiciones se encuentra debido a que aún no se han realizado en ella los trabajos que anualmente se acometen para volverla transitable. Eligió esta ruta para evitar las tristemente célebres trabas aduaneras del puesto fronterizo de Rosso, que habría sido la ruta más directa de entrada en Senegal, y también porque las referencias recibidas sobre el estado del camino por el delta del río - como supo tiempo después - provenían de viajeros que habían transitado por ella en esas épocas del año en que ya ha sido reparada. Total, que a nuestro compatriota le tocó ese día bailar con la más fea y hoy se considera afortunado por poder contarlo. Baste decir que el recorrido de esos temibles 200 kms. le llevaron 16 horas, incluidos algunos tramos en los que el camino desaparecía literalmente bajo el agua; otros en los que el grado de inclinación del pobre Jeep tenía que superar con mucho los límites de seguridad que marcaba el clinómetro, y otros - los peores por la noche - en los que tuvo que amontonar piedras de considerable tamaño para poder salvar profundas grietas con las cuatro ruedas pisando sobre el terreno. El hecho de que a lo largo de esa interminable travesía sólo se cruzara, y con enorme dificultad por cierto, con otro imprudente todotereno, habla por sí solo del grave error cometido. Con razón - nos comentaba - en la conocida guía de Lonely Planet dedicada a West Africa, se recomienda dejar el coche en Dakhla, o en Nouakchott, y volar desde estas ciudades a Saint Louis o a Dakar, y viceversa. En el viaje de regreso, ya a mediados de diciembre, nuestro viajero (que no "turista", como insiste siempre en aclarar) eligió cruzar el río y la frontera por Rosso. Y de esta nueva experiencia se limitó a comunicarnos que si hubiera podido rodar con una cámara oculta todos los trapicheos, chantajes y expoliaciones que se vio obligado a aguantar a los "representantes del orden", dispondría hoy del thriller más apasionante. En cualquier caso, ya nada podía ser peor que la pesadilla vivida semanas atrás en el delta del gran río.
Con respecto al Senegal, nos contó la impresión que el viajero recibe al cruzar el río y toparse abruptamente con el África negra, Atrás queda el desierto mauritano y todo es de pronto verde y exuberante. El primer contacto humano - siguió contándonos - se lo proporcionó un grupo de muchachas campesinas que salían desnudas del río, cubriéndose los senos con sus manos, y que desaparecieron riéndose divertidas de aquel europeo de blanca barba que se les aparecía montado en un no menos extraño carruaje amarillo. Nuestro viajero ya no tenía la menor duda: se encontraba, por primera vez en su vida, en el África negra; en esa parte del mundo de la que todos los humanos procedemos y a la cual, tal vez por esto (citamos aquí sus palabras), "muchos deseamos volver". El segundo contacto fue con otra campesina que cargaba con su hijo a la espalda y que le permitió amablemente que les hiciera una fotografía a los dos. Las soledades y la aridez del Sáhara quedaban ya al norte, y ahora se ofrecía a nuestro protagonista todo la magnificencia de un mundo totalmente distinto, abigarrado de color, húmedo, densamente poblado... ¡Qué gran contraste en tan poca diferencia de latitud geográfica! Tras estas primeras sensaciones, prosiguió su viaje hacia la hermosa y afrancesada Saint Louis - la Nueva Orleans de África - en cuyo celebérrimo Hôtel de la Poste pudo descansar algunos días, hacerse amigo de esos ritmos ancestrales precursores del jazz americano, y empezar a redactar, con la ayuda de las impresiones y datos anotados, esas "crónicas de Africa" que La Tribuna de Ciudad Real le había encargado
Su estancia en El Aaiún fue en especial gratificante, dado el ambiente español que aún respira la ciudad, con sus bares de castizos nombres hispanos y su inconfundible trazado urbano. Allí pudo trabar amistad con numerosos saharauis amantes de lo español, así como con XXX (estas equis son para mantener la debida confidencialidad), el útimo legionario español en este vasto territorio. ¡Hasta una fuente de jamón ibérico le fue ofrecido por este español, en el café más céntrico de la ciudad, y ante la respetuosa mirada de sus amigos saharauies! Los ojos del viejo novio de la muerte se humedecían con frecuencia al narrar a nuestro visitante esos últimos días vividos por la Legión, cuando, tras la Marcha Verde, llegó el momento de embarcar para la Península y de abandonar para siempre la ciudad. Lloraban nuestros legionarios, según XXX le contó, en esas filas que terminaban en los barcos, mientras eran insultados y abucheados por los nuevos ocupantes y las banderas de Marruecos venían rápidamente izadas en todos los fuertes, cuarteles y edificios en los que durante tantos años había ondeado al viento la enseña roja y gualda. Nunca entendieron los saharauis - y nuestro viajero pudo constatarlo claramente -que España les abandonara de aquella guisa a su suerte.
También en Guelmine, la célebre "puerta del desierto" de la que durante siglos partieron las caravanas transaharianas, fue objeto Romagosa de las mayores atenciones. En esta ciudad pudo degustar, por primera vez en su viaje, la exquisita carne de camello, guisada como tagine en la casa de un hospitalario nativo; cena a la que asistieron, en honor del visitante español, varios de sus amigos. El grupo, en el que Pepe vino rápidamente integrado como un amigo más, tuvo que ir previamente a una carnicería a escoger los trozos de esa excelente carne que luego vendría guisada y degustada (con tres dedos de la mano derecha) en esa típica ceremonia gastronómica que siempre se celebra con los comensales sentados en el suelo y en torno al perol común. Concluida la cena y la grata sobremesa, se extendieron las consabidas alfombras y se sacaron mantas y cojines para, siempre al estilo musulmán, pasar la noche. Al día siguiente en el que nuestro compatriota debía proseguir viaje, sus anfitriones le acompañaron en tres vehículos hasta los límites de la ciudad para despedirle allí cortésmente mientras rogaban a Alá que siguiera protegiéndole.
Ya en ruta, nuestro protagonista no pudo menos que recordar ese refinamiento que los almorávides y más tarde los almohades nos legaron y que en esta parte del mundo sigue vivo y en plena práctica. Pensó también en el legado histórico común - el Al Andalus - que los españoles compartiremos siempre con los pueblos que un día surgieron de estas regiones - desde el río Senegal hasta el Mediterráneo - y que hoy constituye, con razón, el mayor motivo de añoranza islámica.
El resto del viaje hasta Tánger, tras todas las experiencias vividas, se tornó un paseo para nuestro expedicionario. Nuevas impresiones, no obstante, siguieron surgiéndole al paso, aquí y allá. El pastorcillo con camiseta del Barça que posó para una foto al pie de ese argán a cuya copa se habían encaramado sus cabras; la vendedora de gallinas al borde de la carretera, con los animales sujetos por las patas formando perfectas hileras; los puestos de jugosas y gigantescas granadas; y esos niños de inocente sonrisa - y la misma mirada de todos los niños del mundo - que invariablemente se acercaban a la ventanilla del Jeep en espera, tantas veces vana, de unos centavos o de un simple caramelo.
Y, a pesar de su pretensión de que él es un "viajero", nuestro hombre pagó su inevitable tributo como turista en la incomparable Djema el Fnaa, de Marrakesh, con sus cobras amaestradas, sus aguadores de estrafalaria vestimenta y obligadas fotografías a la Koutubia, bellísima antecesora de esa Giralda andalusí que es exponente, aunque muchos pretendan ignorarlo, de dos magníficas culturas que son hermanas.
Ya en cubierta del ferry que le llevaba a Tarifa, nuestro comunicante pensaba - y así quiso confiárnoslo - en Saint-Exupery, el piloto pionero de los servicios postales aéreos y celebérrimo escritor, cuyo monumento en un remoto lugar de la costa africana acababa de visitar. Pero su pensamiento no giraba en torno a sus incontabales proezas aéreas o literarias, sino que se circunscribía a esta sencilla frase que el autor de El Principito quiso dejar escrita para todos los hombres de buena voluntad: LO QUE NO SE ME PARECE NO ME OFENDE, SINO QUE ME ENRIQUECE. En esta sencilla y democrática frase debe resumirse - en opinión de Romagosa - el decálogo de todo viajero que se precie
Nota del autor: esta es la versión completa del artículo que publicó la revista "Clásicos Exclusivos" en su número de Diciembre 2007